“Por encima de la solvencia en la atención al paciente, la doctora Martínez sabía también tratar, empatizar, con personas y circunstancias. Sabía leer entre líneas, interpretar lúcidamente situaciones y caracteres, y actuar en consecuencia, gracias a unos manifiestos compromiso con su trabajo y sentido de la responsabilidad”

OPINIÓN. Ciudad Taró. Por Fernando Ramos Muñoz
Arquitecto. Creador de @sinarquitectura y @malagalab


08/10/18.
Opinión. El arquitecto y colaborador de la revista, Fernando Ramos, habla en su columna para  EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de la pediatra de su hija. Una gran doctora que sabía estar por encima de la situación en la que se encuentra la sanidad pública. Apoyándose en esa imagen fuerte de la doctora hace un reflexión personal sobre ello...

A nuestra pediatra

DESPREVENIDO y casi por casualidad, recibí la triste noticia de que había fallecido. Por desgracia, la doctora María Isabel Martínez Marín, que fuera Pediatra de mi hija en el Centro de Salud Alameda-Perchel, nos dejó hace ahora casi dos años. Tuvimos ocasión y suerte de tratarla durante cuatro años y medio, en las idas y venidas de la salud infantil y la preocupación adulta, y recibimos siempre una atención profesional, eficaz, inteligente y amable. Tanto mi hija, como yo. Me resulta difícil, la verdad, imaginar mayor capacidad para encarnar el ideal de atención que uno espera de la sanidad pública.


POR encima de eso, siendo muchísimo, por encima de la solvencia en la atención al paciente, la doctora Martínez sabía también tratar, empatizar, con personas y circunstancias. Sabía leer entre líneas, interpretar lúcidamente situaciones y caracteres, y actuar en consecuencia, gracias a unos manifiestos compromisos con su trabajo y sentido de la responsabilidad. Esos que permiten a uno ser consciente de lo mucho que queda por mejorar en los protocolos y servicios profesionales, que a veces no pueden dar respuesta porque ni siquiera contemplan la existencia de problemas no estrictamente clínicos, pero sí determinantes y de difícil solución. En sus propias palabras, sabía distinguir lo enfermizo de la enfermedad, e intentar atajarlo con agilidad y franqueza, incluso asumiendo de antemano la poca probabilidad de éxito.

EN estos días en que la medicina de familia y la pediatría andaluza se ven obligadas a reivindicar unos mínimos de condiciones laborales y recursos, que les permitan prestar adecuadamente su servicio, recuerda uno y valora especialmente a quien era capaz de dar alegre y sistemáticamente liebre por gato, como sin despeinarse, y sorteando con habilidad las evidentes carencias de la sanidad pública o impulsando su mejora en la medida de sus posibilidades. Y todo eso, envuelto en una auctoritas que desprendía con naturalidad y a borbotones mientras consolidaba la confianza del paciente.

SI bien es cierto que técnicamente se construye ciudad determinando, de vez en cuando y colectivamente, dónde y cómo ha de ubicarse el equipamiento de asistencia sanitaria, no es menos cierto que se construye, cotidiana e individualmente, una ciudad aún más sólida y duradera mediante el acto mismo de la asistencia. Tendemos así, a la manera de la Ersilia de Calvino y “..., para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad,...” [1], hilos alrededor del lugar donde se produce esa atención, y que tejen espacios, personas, circunstancias, cuidados y memorias, que tejen convivencia en definitiva, y que finalmente se constituyen en la ciudad misma y la sobreviven, “…, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.” [2]. Alrededor de esa Consulta 1, desde luego, muchos podemos dar fe de que hay tejida una enorme y muy agradecida red, ciudad cuidadora, con una poderosa memoria de la doctora Martínez.

DEL mismo modo que yo recuerdo aún a mi médico de familia, que queda entretejido en la memoria de una Calle Cuarteles con menos y peores aceras, aunque con más y mejores árboles, estoy seguro de que mi hija también recordará a su Pediatra, dentro del correspondiente telar urbano y personal.

ME ha parecido necesario, por todo eso, dedicarle una nota pública de recuerdo y agradecimiento. Siempre, conste, hemos recibido un trato y atención inmejorables en esa consulta de pediatría, a cargo de sucesivas personas; pero es justo reconocer que, al menos para mí, la doctora Martínez siempre fue la referencia, porque superaba lo ya difícil de mejorar. Quisiera que esta nota contribuyese de alguna manera a transmitir a su familia, amistades y compañeras el gran aprecio que sus pacientes le tuvimos, y que no caerá en vacío ni olvidaremos.

TERMINO con un par de referencias del médico y profesor Sherwin B. Nuland, que vienen muy al caso; cuando reflexiona sobre la muerte, concluye que “La dignidad que hay que buscar en la muerte es el aprecio de los demás por lo que ha sido en la vida” [3]; y cuando propone sobre el sistema sanitario que corresponde a nuestra sociedad, cuyos mínimos parece que hemos de seguir reivindicando aún hoy, tanto desde la profesión médica como desde el lado de los pacientes, establece que “Los poderes públicos deben apoyar el concepto de medicina de familia y asistencia primaria, que ha de constituir la base de todo sistema de salud” [4].

NO queda nada más que añadir a eso, salvo agradecer nuevamente a su, mi, nuestra Pediatra la generosa e impagable atención que nos dedicó y su esfuerzo en la mejora del sistema sanitario andaluz, esperando sinceramente que la tierra le sea leve.

[1] y [2] “Las ciudades invisibles”, Italo Calvino, 1972 / Siruela, 1994, pg. 90
[3] “Como morimos”, Sherwin B. Nuland, 1993 / Alianza, 1995, pg. 238
[4] “Como morimos”, Sherwin B. Nuland, 1993 / Alianza, 1995, pg. 243

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