OPINIÓN. Charlas con nadie
Por Manuel Camas Jimena
. Abogado

22/01/20.
Opinión. El prestigioso abogado Manuel Camas Jimena publica en su colaboración de hoy para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un divertimento, un relato personal plagado de divagaciones cotidianas: “Recordé a una entrañable amiga, que un día me comentó que recordaba de su padre sus grandes zapatos y en otro momento, que yo en algo le recordaba...

...a su padre, y cómo le agradecí la comparación, aunque siendo su padre tan contrario en sus ideas a las mías, ella insinuó que temía molestarme, pero solo provocaba en mi agradecimiento por el cariño que transmitía, pero ahora, pedaleando me sentí presuntuoso y me dio por pensar que quizás se refería solamente a los zapatos”.

Divertimento. Zapatos

Bajaba hace unos días con la bicicleta hacia el trabajo, por la pendiente inclinada que me lleva a la carretera general en El Palo, un tramo del recorrido donde ni tan siquiera he de pedalear. Empezar la mañana sintiendo el aire, el fresco de esa pequeña velocidad, viendo de cerca los árboles que sobresalen del muro del río, al fondo el mar, me reconforta y me hace sentir vivo, a gusto, mucho más que a la vuelta, porque la pequeña inclinación de la bajada se vuelve tortura de cuesta arriba, unida al cansancio de la jornada y muchas veces al roce de la dinamo que parece que no, pero hace también el avanzar más duro.


Tirada junto a una pared vi al pasar una bota marrón, con labrados, tacones, doblada la caña alta sobre sí misma. No pude remediar ensimismar mis pensamientos en ese zapato viejo arrumbado, viejo porque la piel estaba agrietada en sus puntas, pero en lo demás ni tan siquiera sucia, una bota, solo una. Seguí los seis kilómetros que hay entre la casa y el despacho pensando en zapatos. Primero lo corriente, de quién sería, parecía eran de mujer por el tacón, pero no sabría decir si más propia de una mujer joven o mayor. Imaginé quizás se la habían regalado y la alegría de recibirlas, o que las había comprado ella misma dudando si el precio era adecuado o, sin pensarlo si quiera porque le gustaba, o con dudas, no convencida sobre si eran sus botas.

Pensando eso, ya por el Paseo Marítimo, disfrutando de la vista del mar abierto y de la bahía, del azul del cielo y el mar, todos los días sorprendente y atractivo, me vino el recuerdo de un artículo de Pérez Reverte, cuando escribía en El País Semanal (o quizás era de otro autor y en otra revista), contaba que le gustaba desayunar en el Café Central, en la Plaza de la Constitución, ahora con el café más caro de Málaga y excesivamente dedicado al turista, se sentaba en las mesas de la terraza y se proponía mirar solamente los zapatos que pasaban, intentando imaginar quién iba sobre ellos, hombres, mujeres, jóvenes, mayores, porqué zapatos gastados o nuevos, porqué iban con paso rápido o lento.

De alguna forma jugaba yo esa mañana en mi bicicleta al juego que proponía el escritor, no pude remediar discutir con él, suponer que leía estas líneas, se molestaba: no dije eso, no era ese café, no es caro su precio para el lugar privilegiado que ocupa, me plagias mi idea, o eres machista o feminista, o un insulto en perfecto castellano, o una historia de tercios.

Qué divagación, pero una me llevaba a otra, y entonces recordé a un querido amigo, maestro, compañero, que varias veces en los años que compartí con él me decía, cuando estrenaba unos zapatos, que no podía dejar de imaginar cuando los compraba que podían ser esos sus últimos zapatos, los que llevaría en su entierro, qué idea más macabra, y a la vez más real, la acababa con una medio sonrisa, torcida, insinuando la broma, el humor, la provocación, riendo de la reacción que provocaba de azoro en quien lo oía, casi obligado a decirle que seguro que no eran esos sus últimos zapatos.

También recordé a una entrañable amiga, que un día me comentó que recordaba de su padre sus grandes zapatos y en otro momento, que yo en algo le recordaba a su padre, y cómo le agradecí la comparación, aunque siendo su padre tan contrario en sus ideas a las mías, ella insinuó que temía molestarme, pero solo provocaba en mi agradecimiento por el cariño que transmitía, pero ahora, pedaleando me sentí presuntuoso y me dio por pensar que quizás se refería solamente a los zapatos.

O cómo otra amiga maravillosa, de un fantástico grupo de amigos, me regaló unos zapatos por un cumpleaños y me dijo que tenía el pie pequeño, absurdamente me dio vergüenza y ahora me río recordándolo cada vez que uso esos zapatos, que efectivamente me hacen ver el pie pequeño, a diferencia de otros, los de traje, con los que me parece que soy zapatones.

O la impresión que me produjo en Lima los puestos de limpiabotas, parecían traídos de otra época o del decorado de una película, el cliente sentado en alto, casi en un altar, y ver cómo quedaban sus zapatos verdaderamente relucientes, en muchos casos incluso mejor que un zapato nuevo.

No acepto los servicios de limpiabotas, me daría mucho pudor, y sin embargo cada vez que lo ofrecen o los veo, más en Sevilla que en Málaga la verdad, recuerdo la placa del Café Gijón en Madrid, que homenajea al limpiabotas anarquista que envejeció con el franquismo limpiando zapatos en aquel lugar y ganándose el respeto y el cariño de todos con ese trabajo, tan noble como todos, y me reconcilié con los que sí usan sus servicios y limpian sus zapatos, y los lustran y los ven volver a ser nuevos, aunque seguiré sin acudir a sus servicios.

Y llegué, bajé de la bicicleta y la subí en el ascensor hasta el despacho y comenzaron asuntos mucho menos divertidos que acabaron con mi distracción.

Puede ver aquí anteriores artículos de Manuel Camas Jimena:
-16/01/20 Homenaje a Pilar de Haro
-18/12/18 La transición: 40 años
-29/10/18 Angustia
-22/03/18 Mi ciudad
-01/02/18 La reforma de la Constitución
-20/10/17 Charlas con nadie, en octubre de 2017