Relato del primer libro que escribe la jienense Ramona Ucelay, titulado ‘Por eso lloraban las niñas’

OPINIÓN. Grandes Éxitos
Por Ramona Ucelay. Escritora


26/07/18. Opinión. La escritora Ramona Ucelay estrena colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en la que semanalmente irá publicando algunos de los relatos que componen su primer libro, Por eso lloraban las niñas. El proyecto en el que se encuentra inmersa esta jienense nacida en 1978. Licenciada en Bellas Artes en 2002, jamás había escrito nada de más de trescientas palabras...

...hasta finales de 2017. Tiene un trabajo de oficina de cuarenta horas a la semana y veinticinco días de vacaciones al año.

Los vegetarianos

MI cuarto año de universidad fue maravilloso entre otras cosas, porque conseguí vivir con mi mejor amiga en un piso bastante decente, cerca de San Juan de Dios. Como era muy caro para las dos y aún sobraban dos habitaciones, lo alquilamos junto con dos hermanos más jovencitos, un chico y una chica que venían de las Cuevas del Sacromonte. De padres jipis, vegetarianos de los que tienen un huerto, no se protegen del sol ni con cremas de factor 15, y escuchan canciones de Víctor Jara. Mi amiga y yo pensamos que sus hijos serían ideales para la convivencia, parecían tranquilos y vestían tan de color violeta como sus progenitores.


NADA más mudarse, los padres de Celeste y Orión, que así se llamaban los chavales, trajeron dos cajones llenos de verdura y fruta del huerto, con un aspecto y aroma que hizo que a mi amiga y a mí se nos hiciera la boca agua. Se fueron entre lágrimas, puesto que era la primera vez que se separaban de sus retoños de diecisiete y dieciocho años. Pasaron los días y vimos como sus verduras, intactas, se iban pochando. Nos preguntábamos qué comerían esos chavales, hasta que al abrir la basura para tirarla, vi las cajitas de hamburguesa de McDonald’s, la bolsa de nuggets de pollo congelado de Mercadona, un panfleto del Kebab de la esquina y un ticket de Telepizza.


COMO mi amiga y yo sufríamos al ver esos tomates de huerta abandonados, le dijimos a la chica en una de las pocas ocasiones que tenía la puerta de su habitación semi-abierta, que “hay que ver la fruta y la verdura, que se os está pudriendo”. La muchacha nos dijo que por favor cogiéramos lo que quisiéramos de los cajones, que a ella y a su hermano no les gustaba la verdura, que estaban hartos de ella, pero que aún no se habían atrevido a contar a sus padres que ya no eran vegetarianos. Iban a tope, probando toda la inmundicia que el capitalismo les ponía por delante, y habían comido en Burger King en dos meses, más veces que yo en toda mi existencia.

NOSOTRAS dos nos alegramos de que nos diera permiso para arramblar con sus manjares de huerta, aunque ya llevábamos una semana comiéndonos a hurtadillas los tomates y los higos. Como en aquella época estábamos muy tiesas, mangábamos bastante en los supermercados e incluso a veces, una de las dos se disfrazada de embarazada para ir a comprar; al vernos tan jóvenes y con el bombo, siempre nos daban algo gratis. Una vez nos pilló un profe de la uni y tuvimos que decir que era una performance, pero eso es otra historia.

NUNCA veíamos a estos inquilinos, aunque sabíamos que estaban en casa por la música que salía de sus cuartos; ella escuchaba a Bob Marley y él, mierda ravera. Ella fumaba chocolate y a él le iban las pastis, que a veces encontrábamos desperdigadas por el sofá y por supuesto, nos las quedábamos nosotras para revenderlas por ahí.

LOS padres venían cada fin de semana con cajas de champiñones, espárragos, remolachas, zanahorias, tofu enlatado, y mucha fruta que dejaban en la cocina para mi amiga y para mí, sin ellos saberlo. No he comido más sano en mi puta vida, hacíamos el pipí morado con tanta remolacha. Celeste y Orión (parecen nombres de coña pero juro que son reales), no solo fingían ser vegetarianos, sino también una profunda simpatía entre ellos en presencia de sus padres, porque cuando éstos no estaban, rara vez cruzaban una mirada y no digamos ya una palabra, si no era para insultarse porque uno tenía la música más alta que la otra. Recuerdo una vez en que mi amiga y yo volvimos más temprano de lo habitual, y al llegar a casa, la música se oía desde el descansillo. No era Bob Marley, sino “All by myself” de Celine Dion a todo trapo con la muchacha cantando a dúo, con su pasión, su drama y sus fuera de tono correspondientes. A mi amiga y a mí nos dio un ataque de risa que hicimos lo más silencioso posible, por respeto a la adolescencia, tan llena de incongruencias.

UNOS meses más tarde se fueron del piso. Tan solo me pregunté si los padres sabrían ya que sus hijos no eran como ellos creían, y quién se iba a comer a partir de ahora las verduras y las frutas.