Relato del primer libro que escribe la jienense Ramona Ucelay titulado ‘Por eso lloraban las niñas’

OPINIÓN. Grandes Éxitos
Por Ramona Ucelay. Escritora


06/09/18. Opinión. La escritora Ramona Ucelay publica en su colaboración semanal para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un nuevo relato incluido en su primer libro, Por eso lloraban las niñas. El proyecto en el que se encuentra inmersa esta jienense licenciada en Bellas Artes...

‘Alta Alcurnia’

MI padre siempre nos ha repetido que él procede de una familia de alta alcurnia, que por las venas de sus antepasados y, por ende, por las suyas también, corre sangre azul, aria, de unicornio. Siempre habla de sus parientes, que al parecer no son los nuestros, como si fueran seres especiales con modales extremos a los que mis hermanos, mi madre o yo, jamás seremos capaces de acceder por nuestra superlativa ignorancia. Nuestra abuela paterna debía pensar lo mismo porque siempre nos miró por encima del hombro, y trataba a mi madre como a una auténtica criada solo porque no sabía leer ni escribir.


EN efecto, mi madre se sacó la primaria con treinta y dos años, justo después de sufrir el aborto del que podría haber sido mi hermano pequeño, y solo porque el médico le aconsejó que superara la depresión entreteniéndose con algo. Aprobó por los pelos, dijo estar mejor y haber aprendido algo, pero lo que más la ayudó a salir del agujero, fueron las clases de teatro que se ofrecían después de clase. Mis hermanos y yo fuimos a verla actuar al final del curso, tenía un papel protagonista como maestra y cuando hacía callar a los que interpretaban a los alumnos, hacía callar hasta al público más difícil. No he visto una actriz más impresionante en mi vida. Mi padre, que ni siquiera asistió a la obra, le ordenó que dejara las clases, y ella volvió al hogar para seguir ejerciendo su otro papel de ama de casa frustrada.

HACE unos días, en una de mis visitas rutinarias, mi padre me pidió que le creara una cuenta de correo electrónico porque mi tía, la que está un poco loca, necesitaba ponerle al tanto de unos asuntos concernientes a la muerte del tío Alfonso. Yo me preguntaba si sería Alfonso XII o algún otro Alfonso de las altas esferas. Mi padre no sabía nada de él desde que era muy pequeño, decía que debía tener tierras porque estaba siempre muy moreno, y que tal vez le había dejado una porción de terreno a cada sobrino. Yo le abrí una cuenta de Gmail y mandé un mensaje a mi tía con la dirección de mi padre. Un par de horas más tarde llegaron las ansiadas noticias. Como era el primer correo que llegaba, mi padre me pidió que lo abriera y se lo leyera, porque él no tenía ni idea de cómo hacerlo. No sabe ni hacerse el café, con eso lo digo todo.

«POR la presente…» mentí que decía el mensaje. A mí padre no le hizo gracia la broma así que me limité a leer para mí, para hacerle después un resumen, ya que está sordo como una tapia y podíamos estar ahí hasta mañana si quería que me leyera de los labios cada palabra que decía mi tía en el mensaje. También descargué el archivo que venía adjunto. Mi padre estaba seguro de que era una herencia y así era: se trataba de una multa de miles de euros que los familiares del tío Alfonso tenían que pagar. Al parecer este hombre había sido chatarrero toda su vida y cada vez que se le moría un burro, en lugar de hacer lo propio, lo descuartizaba e iba desperdigando los trozos por los distintos contenedores del pueblo, para no tener que pagar impuestos de basura o descomposición de animales o qué sé yo, no sé cómo va el tema, la verdad.

EL caso es que habían estado años tras “El padrino”, que así es como lo llamaba la policía local por la cabeza de burro que encontraron en un contenedor para papel y cartón —se ve que tampoco reciclaba—, y no habían dado con él hasta que después de registrar la casa del fallecido, habían encontrado pruebas suficientes que lo delataban. Además, sus herederos, es decir, mi padre y sus hermanos, deberían abonar otra cantidad a parte, por los servicios funerarios, puesto que el tío Alfonso no tenía hijos, ni nietos, ni seguro que cubriera su muerte. Se informaba asimismo, de otra multa que al final había quedado en un precio simbólico, y que se debía a que no había renovado el DNI, caducado desde 1996.

«TOMA alta alcurnia», acertó a decir mi madre.

PUEDE leer aquí anteriores relatos de Ramona Ucelay:
26/07/18 ‘Los vegetarianos’