“La Times Square que fascinaba al Travis de Taxi Driver (‘Todos los animales salen de noche: putas, coños malolientes, sodomitas, reinas, hadas, fumetas, yonquis. Enfermos, corrompidos. Algún día caerá un buen chaparrón y limpiará las calles de toda esta escoria’) ahora está “poblado de personajes de Disney, turistas, andamios y policía”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

05/11/19. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta-Lara comienza una colaboración habitual con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com con un comentando sobre el libro La ciudad solitaria y su autora, Olivia Laing: “Construye un relato de una mujer aislada y un ensayo de una perspicaz degustadora del arte, mientras se enreda por las pistas de la Internet, de la crítica de la...

...cultura y del psicoanálisis”.

Lectura de La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo de Olivia Laing, Capitán Swing, Madrid, 2017, traducción de Catalina Martínez Muñoz.

Quiero a una bollera de presidenta

Leer ahorita un libro que se publicó hace dos años, a la velocidad que va el mercado (y cómo se quema todo, la literatura, el bosque, el clima), parecería una actividad trasnochada, pero uno, amante demodé de los clásicos y las buenas letras, ha disfrutado con este éxito de Olivia Laing, elegido libro del año (¡aquel lejano 2017!) por muy conocidas revistas y periódicos.

Olivia Laing se vale de un truco (que puede ser autobiográfico, aunque en estos tiempos de autoficción nunca se sabe) que engancha desde la primera página al lector: atacada de un mal de amores y sola en la ciudad de NY, se ve en la necesidad de aliviar el sufrimiento. Construye, entonces, un relato de una mujer aislada y un ensayo de una perspicaz degustadora del arte, mientras se enreda por las pistas de la Internet, de la crítica de la cultura y del psicoanálisis.



Entre los artistas, a los que se acerca y disecciona, está lo mejorcito de las propuestas más potentes, radicales y humanistas de la segunda mitad del siglo XX neoyorquino: Edward Hopper (1882-1967), Henry Darger (1892-1973), Andy Warhol (1928-1987), Peter Hujar (1934-1987), Valerie Solanas (1936-1988), Klaus Nomi (1944-1983), Nan Goldin (1953), David Wojnarowicz (1954-1992), Jean-Michel Basquiat (1960-1988), Zoe Leonard (1961)… A ratos hay que dejar el escalpelo de Olivia Laing y zambullirnos por nuestra cuenta en la Red, para recordar, contemplar, escuchar, leer y enamorarse de lo que hizo ese grupo, donde hay de todo, famosos y marginales, artistas de la música, de la pintura, de la fotografía, del activismo, de la escritura… Sus respectivas biografías (con alguna excepción burguesa) ilustran hasta la saciedad el desgarro y la marginalidad, la violencia y la enfermedad, la drogadicción y el abuso. Lo que les une a todos, según Olivia Laing, es -además del dolor y la soledad expresados por sus obras- una estética del arte como reparación del sufrimiento. Al menos, así nos lo cuenta Olivia y consigue -faena de la buena literatura- contagiarnos su bien argumentada interpretación.

Olivia es una voyerista muy especial, aunque nunca deja de ejercitar un periodismo cultural de gran altura, una reportera de la gran ciudad, denunciadora de los procesos políticos de una gentrificación que también ha mordido en nuestras emociones: “¿Qué pasa con el dolor de los demás?”, se pregunta. La crónica de la plaga del sida en los años 80 (que se llevó a muchos de estos creadores) es quizá la parte más demoledora y válida de esta narración/ensayo: una reivindicación (de la sexualidad, del cuerpo y de la soledad) y una deconstrucción de la violencia que se ejercía -y se ejerce- sobre los cuerpos y los sexos y los solitarios de la comunidad LGTBIQ. Aquella ciudad, en cierto modo, ha desaparecido. La Times Square que fascinaba al Travis de Taxi Driver (“Todos los animales salen de noche: putas, coños malolientes, sodomitas, reinas, hadas, fumetas, yonquis. Enfermos, corrompidos. Algún día caerá un buen chaparrón y limpiará las calles de toda esta escoria”) ahora está “poblado de personajes de Disney, turistas, andamios y policía”.


Los artistas que interpela Olivia hablan de su propia historia, hablan de sí mismos, y construyen una obra -auténtica, sincera, nueva- que concierne, en primer lugar, a su tribu y, finalmente, a todos nosotros. Esa es la fuerza de los verdaderos artistas, también de los escritores arriesgados. Este libro proclama la capacidad del arte para curar las heridas: “mejor aún, de mostrar que no todas las heridas necesitan curarse y no todas las cicatrices son feas”.

En estos días de inminentes votaciones me ha venido a la cabeza un texto (un panfleto, un poema, un manifiesto, según diferentes opiniones) de la más joven de estos artistas, Zoe Leonard, que ha corrido mucho por las redes desde 1992: “I want a dyke for president”. Se ha traducido a muchas lenguas (incluso hay una versión muy mexicana), pero he preferido esta de Javier Sáez, que les pongo aquí para disfrute y reflexión preelectoral:


Quiero
a una bollera de presidenta. Quiero a una persona con sida como presidente/a, y quiero a un marica como vicepresidente, y quiero a alguien sin seguro médico, y quiero a alguien que se haya criado en un lugar donde la tierra estaba tan contaminada con residuos tóxicos que sin duda tendrá leucemia. Quiero a una presidenta que haya abortado con dieciséis años, y quiero un/a candidato/a que no sea el mal menor, y quiero un/a presidente/a que haya perdido a su último amante de sida, que siga viendo eso con sus ojos cada vez que se acuesta para descansar, que tuvo a su amante en sus brazos y supo que estaba muriendo. Quiero un/a presidente/a que no tenga aire acondicionado, un/a presidente/a que haya hecho cola en el hospital, en la oficina de tráfico, en los servicios sociales, y que haya estado en el paro, y a quien hayan desahuciado y que haya sido acosada sexualmente y a quien hayan dado una paliza por ser maricón, bollera o trans, y a quien hayan deportado. Quiero a alguien que haya pasado la noche entre los sepulcros, y a quien le hayan puesto una cruz en llamas en su jardín, y que haya sobrevivido a una violación. Quiero a alguien que haya estado enamorado/a y a quien hayan herido, que respete el sexo, que haya cometido errores y haya aprendido de ellos. Quiero a una mujer negra de presidenta. Quiero a alguien con la dentadura en mal estado, y con carácter, que haya comido esa comida tan mala de los hospitales, alguien que se trasvista y haya tomado drogas y haya estado en terapia. Quiero a alguien que haya sido insumiso/a. Quiero saber por qué eso no es posible. Quiero saber por qué empezamos a darnos cuenta en algún momento más adelante de que un presidente es siempre un payaso: siempre un putero y nunca una puta. Siempre un/a jefe/a y nunca un obrero/a, siempre un/a mentiroso/a, siempre un ladrón/a al que nunca pillan. [Leer AQUÍ versión en inglés]

Este poema (o lo que usted quiera que sea) de Zoe Leonard seguramente rondaba la cabeza del cineasta de Cali Luis Ospina (1949-2019), cuando el 13 de junio de 2018, también en tiempo de elecciones presidenciales, reaccionó a la pregunta de “¿Ya sabe por quién votar?” del periódico Elespectador.com con esta respuesta, armada con adjetivos prestados de Entre fantasmas (1993) del gran Fernando Vallejo:

No quiero un presidente chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante, desafiante, insultante, colérico, impúdico, irónico, ilógico, cínico, hermético, caótico, perifrástico, pleonástico, esquizofrénico, parabólico, paradójico, inservible, irreparable, irresponsable, implacable, indolente, insolente, impertinente, repelente, recurrente, maldiciente, demente, senil, pueril, brujeril, burlón, ramplón, parcial, sectario, atrabiliario, escabroso, empalagoso, tortuoso, tendencioso, rencoroso, sentencioso, verboso, cenagoso, vertiginoso, luctuoso, memorioso, caprichoso, jactancioso, ocioso, oscuro, nublado, empantanado, alucinado, desquiciado, descentrado, solapado, calculado, obstinado, atrabancado, desorbitado, iracundo, bufo, denso, impío, arcano, arcaico, repetitivo, reiterativo, exhaustivo, obsesivo, jacobino, viperino, vituperino, luciferino, ciego, sordo, necio,  obsceno, terco, torvo, gratuito, execrable, excéntrico, paranoico, infame, siniestro, perverso, relapso, pertinaz, veloz, atroz, soez, sagaz, mordaz, feliz, falaz, olvidadizo, inmoral, insensato, payaso, deslenguado e hijueputa.