“Suelo hacer una prueba, cada vez que visito una biblioteca o una librería: contar cuántos libros escritos por mujeres aparecen en un metro de libros… A veces debo repasar varios metros para que aparezca uno…”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

07/01/20. 
Opinión. El catedrático y escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de las numerosas escritoras de las que ha podido disfrutar a lo largo de su vida, a pesar de que: “El lector y la lectriz consumen de lo que oferta el Mercadona Literario, el que se publicita, el que se premia, el que ordenan sus señorías (que, no se engañen...

...casi siempre son señorones). Ahí apesebramos todos”.

Mujerería y letras

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido
Julia Uceda

El inicio, recién cumplidos los diez años, de aquel bachillerato (que duraba seis) en el instituto de mi pueblo saharaui, fue también el comienzo de mi educación formal en Literatura. La señorita Sara impartía esa asignatura, donde lo que se ejercía, sobre otras capacidades, era la memoria (bendita sea). Esta profesora procedía de Valladolid y su domicilio familiar estaba en el Pasaje Gutiérrez, un lugar polvoriento, decadente, extraño, casi siniestro, tal como se me apareció la primera vez que lo paseé en el verano de 1967 (o quizá 1968) cuando mi amigo Mohamed Mamún y yo cumplimentábamos una visita a la casa de nuestra profesora. Más adelante, a través de la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel, el Pasaje adquiriría para mí una pátina de brillo y modernismo.

La ciudad castellana fue la capital de mi formación libresca. En el preu[niversitario] del instituto Zorrilla, además de la Odisea y la Eneida (en sus lenguas originales, claro), nos hicieron leer al filósofo bajito de la cabeza cuadrada, al rector de Salamanca, al poeta enterrado en Collioure, al poeta granadino asesinado en su ciudad, a un francés de Argelia (cuya novela, que me dejó noqueado, se abría así: “Aujourd’hui maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas.”) y a otros machotes.

En ese año me habían acogido en su casa mis tíos Amalia y Julio con sus hijas, mis tres primas. Ellas leían -gracias al Círculo de Lectores- obras como Viento del Este, viento del Oeste, de la usamericana Pearl S. Buck (Premio Nobel 1938), un bestseller, que, como solía ocurrir en esos años grises, era lo que leían las familias. En las atormentadas mentes de jóvenes y adolescentes hacían estragos las historias que escribían los que habían ganado la guerra, como ese jesuita (La vida sale al encuentro) o aquel marqués (Edad prohibida), por poner dos ejemplos. Menos mal que la situación se engrasaba con el cine y las novelas de las románticas sufragistas Louisa May Alcott (Mujercitas) y Margaret Mitchell (Lo que el viento se llevó). Las mujeres siempre venían a abrir ventanas.

En la Universidad, en los setenta, compañeras, amigas y novias nos descubrieron a Simone de Beauvoir y a la volátil Erika Jong, que tenía miedo a volar, pero deconstruía sus relaciones maritales tan cruel como jocosamente. Confieso que los dos volúmenes de El segundo sexo se me resistieron entonces y preferí zambullirme en Lidia Falcón, Christiane Rochefort y otras, mientras intentaba averiguar vidas y textos de la cenetista Quica Montseny y la precocísima Hildegart Rodríguez, la virgen roja. Y todo ello, porque a lo que realmente estaba atendiendo -y me preocupaba- era a la revolución sexual y erótica. El mayo francés llegaba de manera desigual a la universidad española y su efecto era diferente según qué ciudades: una compañera que gozó en aquellos años de varias universidades (algo difícil de conseguir, pero su padre era general), al arribar a la universidad de Valladolid, me reveló que donde más se follaba era en la de Granada. A saber. Recuerdo que los libros que se leían con una sola mano eran raros y arduos de conseguir, aunque siempre podías agenciarte alguno en la trastienda de determinadas librerías (los dos volúmenes de las Obras Completas del divino marqués, edición mexicana, los adquirí en la rebotica de una de las dos librerías que había en Melilla en 1972). Pero siempre nos quedaría París, la sensualidad y el suave erotismo intelectual de las narradoras en francés; así que disfrutaba bastante con Colette, Nathalie Sarraute, Anaïs Nin, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Françoise Sagan… El encanto perfumado de estas autoras aún perdura.


Entretanto -entre incontables, amarillentos y sesudos tomos de la editorial Gredos y catedráticos muchomacho-, dentro de las aulas se leía a Teresa de Jesús, a Louise Labé, a María de Zayas y Sotomayor, a Sor Juana Inés, a Cecilia Böhl de Faber [alias Fernán Caballero], a Rosalía de Castro y a Emilia Pardo Bazán, que tenía los ovarios muy buen puestos. Estudiábamos con auténtico placer los ensayos de estupendas filólogas como María Goyri, María Rosa Lida, Margit Frenk (que aún vive) o los textos iniciales de Julia Kristeva y Susan Sontag, al tiempo que nos mercábamos el diccionario admirable de la animosa María Moliner. Fuera de los programas se leía mucha poesía social, por ejemplo, la de Ángela Figuera o la de Gloria Fuertes. Entre mis intereses de aquellos años universitarios estaba también la Antropología: con un crisantemo en la mano y una katana en la otra viajé al Japón con el libro de Ruth Benedict y, en seguida, navegué por la Polinesia con la deslumbrante Margaret Mead, para aprender del sexo de los jóvenes samoanos.

Desde entonces acá estuve visitando a un tropel de autoras que me gustaron poco o nada, pero en cambio frecuenté a otra horda que aún hoy no ha dejado de encandilarme: Montserrat Roig, Joyce Carol Oates, Ana María Matute, Harper Lee, Rosa Chacel, Fatema Mernissi, Mercé Rodoreda, Arundhati Roy, Carmen Martín Gaite, Flannery O’Connor, Sara Mesa, Patricia Highsmith, Carmen Laforet, Carson McCullers, Colombine, Murasaki Shikibu, Aurora Luque, Sofi Oksanen, María Zambrano, Jhumpa Lahiri, Cristina Cerezales, Melania Mazzucco, Julia Uceda, Leila Slimani, Carme Riera, Elsa Morante, Eunice Odio, Edna O’Brien, Blanca Varela, Ingeborg Bachmann, Mary Karr, Ida Vitale, Jean Rhys, Menchu Gutiérrez, Alice Munro, Ana Mª Navales, Marina Tsvietáieva, Caroline Alexander, Fernanda Melchor, Olivia Lang, Elena Ferrante, Lou Andreas Salomé, Concha Méndez, Lydie Salvayre, Chantal Maillard, Isak Dinesen, Margo Glantz, Irène Némirovsky, Cristina Rivera Garza, Margaret Drabble, Angelika Schrobsdorff, Sylvia Plath, Rosamond Lehmann…

Y me olvido de muchas -ya saben cómo se las [des]gasta la [des]memoria-, aunque no puedo privarme de anotar a mis siete magníficas: Safo de Lesbos, Virginia Woolf, Hannah Arendt, Natalia Ginzburg, Rosario Castellanos, Alejandra Pizarnik y Marisa Madieri.

El poder de la magia femenina se fundamenta también a través de las mujeres de papel. Mi paraíso particular está sembrado de heroínas espectaculares, desgraciadas, imaginativas, audaces, adúlteras, hermosísimas, rompedoras: Scherezade, Lolita, Emma Zunz, la papisa Juana, lady Chatterley, Pamela (digo, Shamela), la marquise de Marteuil, la lozana Aldonza, Moll Flanders, Scarlett O’Hara, Alicia, Ana Ozores, Anna Karenina, Naná, Antígona, Lara, Celestina, Lesbia (quizá trasunto de la impúdica Clodia, suma y remedo de Medea y Clitemnestra), Emma Bovary, Molly Bloom, la viciosa Juliette, la infortunada Justine, Fortunata y Jacinta... Pero esta es otra historia.


Suelo hacer una prueba, cada vez que visito una biblioteca o una librería: contar cuántos libros escritos por mujeres aparecen en un metro de libros… A veces debo repasar varios metros para que aparezca uno… Incluso a mis anaqueles los abruma una cansina mayoría de hombres… No se trata, creo, de elección ni de gusto estético, sino que es una cuestión de mercado y, por tanto, de ideología social. El lector y la lectriz consumen de lo que oferta el Mercadona Literario, el que se publicita, el que se premia, el que ordenan sus señorías (que, no se engañen, casi siempre son señorones). Ahí apesebramos todos.

Tengo oído a críticos ma[r]chitos reprochar el hecho de que existan círculos y clubes donde se programa y lee literatura escrita solo por mujeres… Si conocéis alguno de estos grupos, apuntarse.

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta