La novela Por el camino de las grullas de Cristina Cerezales Laforet describe un camino solar, de este a oeste, recorrido por personajes (amigos, compañeros de viaje, amantes de una noche) que se encuentran, se separan, se reencuentran y se pierden, sin dramatismos, con serenidad… Es una road novel, como Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967) pero con una familia muy extensa…

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

21/01/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com del libro Por el camino de las grullas, de Cristina Cerezales Lafore: “Se trata de una narración despaciosa, como el discurrir tranquilo de los caminantes y la película lenta del paisaje (los hayedos, los abedules, la tierra de campos, un camino de sirga, el románico...

...de Frómista…), donde se entrecruzan un buen puñado de andarines en busca de sí mismos”.

Por el camino de las grullas

Cristina Cerezales Laforet (Madrid, 1948), ha publicado, hasta ahora, dos libros de relatos y cinco novelas. Entre estas últimas, Música blanca (2009) es una obra rara y exquisita, muy justamente enaltecida por la crítica. Es un texto que leí hace años y, al intentar recordar el título, no estaba seguro de si era Silencio blanco o Silencio tan blanco o Silencio de nieve. Memoria resbalosa la mía. En cualquier caso, Música blanca es el título de verdad y una auténtica obra maestra. Si Cristina Cerezales no hubiera novelado en ese libro la relación -obsesiva, dolorosa- con su madre (la escritora Carmen Laforet, ya sumida en ese ruido -o silencio- tan blanco), y hubiera fraguado cualquier otro personaje desconocido, seguiría siendo una obra esencial. Pero es innegable que ha añadido al mito Carmen Laforet uno de los matices más hondos y perdurables.


Pero quería hablarles de otra novela suya, Por el camino de las grullas (2006). Cristina Cerezales sabe, desde luego, titular sus libros. El camino, como el río, es una metáfora con gran fortuna en la literatura universal. El Camino de Santiago también ha pasado a significar una metáfora de segundo grado, el camino de los caminos, la antonomasia del camino. Y la grulla es un animal totémico y muy poético. Ya desde el título se anuncia que se va a transitar por una calzada de múltiples resonancias anímicas.


Se trata de una narración despaciosa, como el discurrir tranquilo de los caminantes y la película lenta del paisaje (los hayedos, los abedules, la tierra de campos, un camino de sirga, el románico de Frómista…), donde se entrecruzan un buen puñado de andarines en busca de sí mismos. Los personajes no se privan de reflexiones muy variadas: el juego de rol, el mundo de Lovecraft, la magia del camino, la zoología y la simbología fantástica de los capiteles y canecillos románicos… Esta narradora omnisciente tiene un alma infantil, una lente microscópica que lo mismo te acerca a historias ajenas como la leyenda de Miorita y los tres pastores (moldavo, transilvano y valaco), considerada la balada nacional de Rumanía, como te introduce en la añoranza de una mujer por su ser amado, destilada en el mensaje de un haiku (Noche de viento./ Buscando tus caricias/ despierto sola.), o en otra andariega encaminada por la música (Marianela, si no me falla la memoria) que canta y enseña a cantar; igualmente, alguien se atreve con una teoría sobre la invención del apóstol Santiago, en la que mete a don Américo Castro, otro acomete una canción de Whitesnake (“I need a woman to treat me good”) y otra desgrana una copla de Jorge Manrique…

La naturaleza es un sentimiento que enriquece cada página, como la proyección de una vida interior, como el fuego que ilumina las sombras de la caverna. Es la música del paisaje: el grito de un grajo, las esquilas de las ovejas, el susurro de las ramas de un chopo… Y es el misticismo, sencillo y rotundo, de lo cotidiano: el crepúsculo, el amanecer, el rumor del arroyo, la niebla, el ruido de los coches… En este arrebato que comunica el paisaje, actúa el caos del hormiguero humano y la red pegajosa de sus relaciones, hasta el desbroce de sus almas para quitarse la túnica vieja y que emerja la mariposa, la grulla… Porque todos ellos, en estos intercambios y encuentros con otros semejantes, se irán transformando: el camino los ha iluminado. ¿Cómo no recordar ahora aquellas lecturas adolescentes como el Siddharta de Hermann Hesse? Esa filosofía del vagabundeo, la reencarnación, el eterno retorno, el uróboros, el ave fénix, el renacimiento…, todo eso parece alentar a los peregrinos a una nueva vida. El cansancio del cuerpo y la vida al aire libre hacen emerger una mente más limpia, más serena, más madura.


Hay una página con un corto diálogo, que es un perfecto autorretrato de estos caminantes:

-Estamos todos locos.
-¿Quién?
-Todos. Los que recorremos este Camino.
-¿Por qué?
-Porque buscamos un imposible.
-¿Qué buscamos?
-Nos buscamos a nosotros mismos.
-¡Qué idea tan absurda!

Las confidencias, las heridas, los deseos viejos y nuevos se abren en la interrelación de estos viajeros, exploradores de sí mismos. Cristina Cerezales aporta varias vías de conocimiento para esos seres, pero la más relevante es el arte: la música (y sus corolarios, la poesía, el baile y el silencio) y la pintura (el dibujo), antes que la palabra, son las herramientas que ponen en marcha el corazón de estos personajes fracturados por la vida. Hay muchos atormentados, como uno que acota: “Le viene el pensamiento de que los humanos nacemos y crecemos sin deudas ni culpas, hasta que empiezan a incorporar las palabras. Son las palabras las que llevan consigo el pecado original”.


El arte (la música, la pintura), como digo, se utiliza aquí como vía para el descubrimiento del yo profundo, para desatar el nudo de la existencia, de aquello que no puede verbalizarse. Se canta, se colorea, se baila para que el sentir, el pensar y la vida afloren ante los demás y ante uno mismo. Esto, que se observa a lo largo de todo el relato, también me conduce a la peripecia vital de la autora, ya que Cristina Cerezales pertenece a una saga familiar de creadores, de artistas, de letraheridos: cinco hermanos que, cultivando siempre la música del silencio, se han expresado a través de la literatura, de la pintura y de la traducción.

Hay en Por el camino de las grullas un peregrino japonés (Yoshío) que funge de hilo en este collar de personajes viandantes. Es un experto en origami que crea figuras de grulla en papel, un artificio, un símbolo, un testigo que se van transmitiendo los peregrinos, creando así una metáfora, una cadena, un camino. A él alude el título, pero también se ha querido referir al valor totémico y poético de ese animal, como sugerí antes. Cuando leía el libro y al llegar a una chica (Kira) que dibuja y es atraída por el sonido de la flauta travesera de otro chico (Colino), mi memoria traviesa recibió, entre varios flashes, uno en que Cristina Cerezales pintaba una historia y, más raro todavía, otro en que veía que esa flauta no era de cristal ni de madera, sino de hueso de ala de grulla.


Robert Graves, poeta y mitomaníaco, dedicó unas palabras a los caballos y a las grullas en un Discurso a los poetas de Hungría (Budapest, 1970), al tiempo que mencionaba una canción, aprendida en su infancia, de Zoltán Kodály (“Lejos, en las alturas, cantan las grullas”). En ese discurso también elogia la noble tradición poética de Hungría, donde se escriben veinte veces más poemas por habitante que en ningún otro país. Y concluye con este pensamiento que casi parece un eco de la rima IV de Bécquer: “Mientras aún haya grullas en Hungría (y mientras siga habiendo caballos), sin duda continuará habiendo poesía”.

Cristina Cerezales ha escrito Por el camino de las grullas como un largo poema donde todo sonido y toda cosa viviente contiene a todo el universo. Además, va a tener una segunda parte, Por tierras del silencio, que saldrá en un par de meses. Estoy deseando volver al camino.

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta