“Entre los turistas y viajeros que nos precedieron en leer las ciudades visitadas, suministrándonos mapas, guías, juicios y prejuicios, contamos con divertidos, excitantes, mínimos libros de auténticos flanêurs, paseantes que hacen de sus ciudades andadas una lectura única”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

18/02/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre escritores que retratan ciudades: “El paseante no deja de leer literariamente la ciudad cuando se topa con esas instituciones publicitarias de la leyenda de los creadores: los conservatorios, los centros docentes, las bibliotecas, los teatros, los museos,...

...las academias, las fundaciones, las casas de la cultura, los archivos, los ateneos, las librerías…”.

Leer la ciudad (I)

No construyas si puedes evitarlo
John Ruskin
Las siete lámparas de la arquitectura

Hace tiempo que disponemos de mapas de nuestras ciudades en los que, sin ser politólogos ni sociólogos, poder leer calle a calle qué ha votado cada hijo de vecina, en qué zonas habitan los ciudadanos con mayor renta, en qué barrios hay más viejos, dónde han nacido los que viven en tu manzana, etc. Cruzando, además, esos datos, al punto se sabe qué votan los ricos, los jóvenes o los extranjeros.

Entre los turistas y viajeros que nos precedieron en leer las ciudades visitadas, suministrándonos mapas, guías, juicios y prejuicios, contamos con divertidos, excitantes, mínimos libros de auténticos flanêurs, paseantes que hacen de sus ciudades andadas una lectura única y, a veces, entreveran esa lección urbana con la de otros actos lectoriales. De estos últimos, uno de los más recomendables, es Libros del paseante. París entre páginas, un delicioso paseo por París y la literatura francesa, cuya lectura celebré en un post de esta manera: Mi amigo el catedrático y traductor de francés Antonio Álvarez de la Rosa era un bailarín por los tejados de París cuando escribía Libros del paseante (2015), quiero decir que ejercía de su tocayo Gades zapateando el asfalto de esa inacabable ciudad literaria. Allí tocas un adoquín y salta la liebre de un libro. Cien libros que vuelan y que Antonio agavilla en un volumen: este libro de libros, que releo en este verano, en mi habitación, mientras paseo por París.

Esta clase de andarines nos enseñan a leer una ciudad como un libro. ¿Pero cómo leen los libros una ciudad? ¿Y cómo aparece una ciudad en un relato, en qué calles sucede una novela, qué tipo de espacios citadinos retrata? Hay un incisivo y sugerente estudio de Franco Moretti (Atlas de la novela europea 1800-1900, Trama, Madrid, 2001, traducción de Mario Merlino), en el que aborda esta cuestión y la ilustra con un centenar de mapas, gráficos y cuadros. Aunque se centra en las grandes potencias novelísticas del XIX, Inglaterra y Francia (y, por tanto, los lugares estelares serán París y Londres), hay muchas partes del estudio de Moretti que pueden valer para cualquier acercamiento a la novela desde el punto de vista de la geografía. Asimismo, rastrea el desarrollo del canon en ese siglo con unas estadísticas entresacadas de repertorios y catálogos de las circulating libraries y de los cabinets de lecture, mostrando la recepción de novelas en las diferentes literaturas europeas y su difusión a través de las traducciones: una de las ideas que se desprenden de esas tendencias es la insularidad literaria de Inglaterra. Ese brexit novelesco ya era patente entonces y un apunte sobre las traducciones al inglés lo demuestran: La cartuja de Parma se traduce 62 años después de su aparición; Rojo y negro, 70 años; Madame Bovary, 29; Los Buddenbrook, 23 años (y en Nueva York); las primera grandes novelas rusas (Eugenio Oneguin, Las almas muertas, Oblomov, Padres e hijos) tuvieron que esperar una media de 43 años para aparecer en inglés. Moretti casi se escandaliza: “en 1869, la gigantesca biblioteca de Mudie’s, en New Oxford Street, no tenía nada en inglés de Voltaire, Diderot, Pushkin o Balzac (no tenía tampoco el Werther, Las afinidades electivas y Los tres mosqueteros)”. Estos anglos siempre han sido muy de su isla, aunque en su descargo podamos recordar que fueron los primeros en traducir una obra cumbre del XIX español, La Regenta… solo cien años después de que se publicara en 1884.


Pero volvamos al tema de leer una ciudad como un libro y cómo los libros leen una ciudad. Después de haber estado mucho tiempo fuera de Málaga (que, según las últimas estadísticas, es una ciudad de más de medio millón de cadáveres, digo, de habitantes), leí una divertida novelita de Pablo Aranda, Desprendimiento de rutina (2003); desde los tiempos en que Emilio Prados y Manuel Altolaguirre iban a bañarse al Peñón del Cuervo, como que esta parte oriental de Málaga no había sido muy leída y el jocoso Aranda lo hacía ahora con kilos de ironía. Por estas calles, paseos y márgenes orientales de El Palo, me encontraba a veces con Paco Chica que lee y platica con los poetas malagueños entre México y Málaga, y un poco más allá, en la playa de la Araña, veía al poeta Salvador López Becerra que, vigilante del amanecer, nunca deja de leer las dos orillas de este mar.

Al occidente malagueño, donde la gente de la revista Litoral -entre ellos, José María Hinojosa- acudía en 1930 a encontrarse con los deslumbrantes Dalí y Gala, un pueblecito blanco de pescadores se convertiría en el territorio fabuloso de Torremolinos tres décadas más tarde, leído por otra novela mitomaníaca, Pez Espada (2011), de Alfredo Taján. Torremolinos fue un tiempo dorado y unas maneras libertarias, una isla, un paraíso, rodeado de otro tiempo de plomo y grisura, según lo leyeron tantos, entre ellos, James A. Michener (Hijos de Torremolinos, The Drifters, 1971) o Juan Goytisolo (La isla, 1961). Cuando la fiesta acabó, Torremolinos seguiría siendo terra poética, habitada por la presencia en sus calles del grandísimo Pablo García Baena.

La ciudad de Málaga, en sus ámbitos más cotidianos, ha sido muy bien releída y novelizada por las obras de Antonio Soler, según me cuentan los ya creciditos chaveas de su barrio. De la misma manera que quien mejor leyó las cosas del campo fue Antonio Muñoz Rojas, el mar es de María Victoria Atencia (“Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:/comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas”) y todo el azul de nubes y ángeles pertenece a Pérez Estrada. Claro que cuando uno medinea por el cemento de la ciudad y empieza a contar las palmeras, se sonríe y va evidenciando la microteoría del majarón malagueño, según sostiene Alfonso Vázquez, diligente lector de la hora presente de esta complicada ciudad. Y si un atardecer te refugias con un cóctel, que no te falte la música de la poesía de Aurora Luque, carpe diem, carpe vesperum, carpe noctem, carpe mare, carpe verbum, carpe amorem…

El paseante no deja de leer literariamente la ciudad cuando se topa con esas instituciones publicitarias de la leyenda de los creadores: los conservatorios, los centros docentes, las bibliotecas, los teatros, los museos, las academias, las fundaciones, las casas de la cultura, los archivos, los ateneos, las librerías… No existen, que yo sepa, casas natales de escritores en Málaga, como Picasso tiene la suya, si exceptuamos la del premodernista Salvador Rueda, cantor de la vendimia y de los campos de la Axarquía, cuya casa se exhibe en Benaque, junto al municipio de Macharaviaya, la villa de los Gálvez. Tampoco hay muchas fundaciones que acojan el legado de grandes escritores: están la de María Zambrano en Vélez y las de Rafael Pérez Estrada y Manuel Alcántara en Málaga, además de la Casa de la Cultura Gerald Brenan en Alhaurín el Grande. La ruta literaria de la sedicente ciudad de los museos se completa con el Ateneo, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Centro Cultural María Victoria Atencia y el CAL (Centro Andaluz de las Letras).

[Continuará…]

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta