El miedo es más fuerte que mi resistencia porque me hace vulnerable, me convierte en alguien pequeño y débil, me paraliza y me ancla a los pies de quien me lo provoca, como un círculo vicioso”

O
PINIÓN. La vuelta a la tortilla. Por Noemí Juaní
Profesional de la gestión

25/11/22. Opinión. Noemí Juaní, profesional de la alta gestión en empresas e instituciones, en esta colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, en este 25N que conmemoramos, escribe un relato sobre el miedo: “Alguien pensaría que eso no tiene sentido, que, cuando quieren hacerte daño, no te advierten, pero no es verdad. Yo sé que el aviso forma parte de la intimidación (“Ya estoy...

...llegando y no vas a poder huir”). Sé que es una prueba evidente de su dominio sobre mí. Sé que eso lo empodera, pero, pese a ello, no va a ser suficiente para calmarle”.

Miedo

Silba anunciando su llegada. Lo hace desde la calle a unos veinte metros del portal de entrada. Le queda recorrer ese espacio y después las escaleras hasta la segunda planta porque en casa no hay ascensor. Durante todo ese trayecto silbará unas cuantas veces más y lo hará siempre con la misma cadencia: un pitido corto y uno muy, muy largo.

No recuerdo cuándo empezó a hacerlo ni por qué. Es posible que, al principio, fuera un gesto cariñoso (“Ya estoy llegando, amor”) al que yo reaccionaba con ilusión (“Ya llega mi amor”), pero, ahora, oírlo me hiela la sangre. Ha perdido demasiadas veces ese primigenio sentido transformándose en un ultimátum (“Ya estoy llegando, ahora te vas a enterar”). Alguien pensaría que eso no tiene sentido, que, cuando quieren hacerte daño, no te advierten, pero no es verdad. Yo sé que el aviso forma parte de la intimidación (“Ya estoy llegando y no vas a poder huir”). Sé que es una prueba evidente de su dominio sobre mí. Sé que eso lo empodera, pero, pese a ello, no va a ser suficiente para calmarle.

Miro a mi alrededor. Está todo recogido. A contraluz, el suelo está reluciente. En la cocina, sobre el fuego, todavía se mantiene caliente la comida. He hecho estofado sabiendo que es uno de sus platos favoritos.

Oigo las llaves en la cerradura y contengo la respiración. Me obligo a ir con la mejor de mis sonrisas e intento que mi voz suene alegre al recibirle. No hay suerte. Su mirada hosca es suficiente para saber que está de mal humor.

Apenas me dirige la palabra y yo intento tener una conversación distendida que eche lejos esos nubarrones que casi visualizo sobre su cabeza. Cuando ha acabado el almuerzo creo haberlo conseguido y empiezo a relajarme. Él se va a la cocina y yo me distraigo con las imágenes de la televisión.

Nada es para siempre. Unos minutos más tarde oigo su grito ordenándome que vaya hacia donde está. El tono es suficientemente elocuente, pero como solo deja transcurrir breves segundos para volverme a llamar subiendo todavía más los decibelios de su voz exigente, no hay duda de que la aparente paz se acaba de evaporar. No sé si es por algo que yo he dicho o por algo que yo he hecho. Da lo mismo.


Mis intestinos se hacen mantequilla, mi corazón se dispara en una taquicardia infinita y mis piernas tiemblan mientras avanzan hacia su destino. Sé que las reacciones que mi cuerpo está sintiendo son un mecanismo atávico que debería tener como objetivo huir y, sin embargo, debo dirigirme hasta el origen de los gritos porque cualquier intento de esconderme, de retrasarlo o de escapar multiplica su ira, su rabia y su fuerza.

Su ceño se ha fruncido, aunque de manera desigual y uno de sus ojos parece más grande y redondo; la nariz se ha arrugado y unas líneas marcadas y profundas bajan hasta la boca que, de forma asimétrica con la parte superior de su cara, muestra solo un lado de sus dientes.

Son los mismos rasgos de quien me dice que me quiere más que a su propia vida, pero están desfigurados y ya no hay ni un solo rastro de cariño.

Intento quedarme a una distancia en la que su brazo o su pierna no me alcance, pero me exige que me acerque más.

Ambos sabemos que esa orden solo tiene un objetivo: pegarme con comodidad y que lo lógico sería negarse. No puedo. Su poder se manifiesta más claramente en ese mandamiento que en el golpe en sí y yo solo atino a balbucear que no he hecho nada, aunque ni siquiera sé de qué me acusa y tampoco importa.

El primer impacto llega en forma de bofetada, el segundo es un puñetazo en la cabeza. Sin darme cuenta me protejo con los brazos y eso provoca que se dañe con mis codos. Craso error. Arrecia el ataque. Me tira de los pelos, me lanza contra la pared, me da una patada y me pisa la mano. Dejo de darme cuenta del resto de lesiones y también pierdo el sentido del tiempo, aunque sigo oyendo su voz “te voy a matar”, “te voy a reventar”...

Los golpes cesan y se deja caer en una silla cercana. La furia es extenuante, pero todavía tiene fuerzas para seguir insultándome de veinte formas distintas. Poco a poco, el discurso cambia y se transforma en angustia. Me dice que soy la causa de sus males y que no puede soportarlo más. Coge un cuchillo y se lo pone sobre el estómago culpándome de su infortunio. No es la primera vez que lo hace. Yo sé que no será fácil clavárselo porque hace ya un tiempo, cuanto se enteró mi suegro, encontró lo que le pareció una solución: cortar todas las puntas. Pero, más allá de la incomodidad que supuso, la Navidad pasada, tener que mentir a la familia sobre el porqué de la mutilación en todos los cuchillos de la casa, yo sigo temblando cada vez que le veo hacerlo.

No sé si me aterroriza más que cumpla su promesa y se lo clave o que reinicie la espiral de violencia con ese instrumento en sus manos. No sería la primera vez que me lo tira, pero sí podría ser la primera que lo hiciera con puntería.

Debo pedir perdón. Una y otra vez. Prometer que me portaré bien. Acercarme y besarle. Decirle que le quiero mucho, que nunca le dejaré.

Me odio a mí misma por hacerlo, pero lo hago. El miedo es más fuerte que mi resistencia porque me hace vulnerable, me convierte en alguien pequeño y débil, me paraliza y me ancla a los pies de quien me lo provoca, como un círculo vicioso, como un líquido pegajoso del que no te puedes deshacer.

Mañana los vecinos me mirarán con lástima porque lo habrán oído todo y se preguntarán por qué no hago nada para evitarlo. No pueden entenderlo. Cómo van a hacerlo si para ellos el miedo, como mucho, forma parte de una distracción lúdica yendo al cine a ver películas de terror o a algún parque de atracciones a subir a alguna máquina infernal. No saben qué es vivirlo a diario, que su origen provenga de quien dice amarte, que esté instalado hasta en el último rincón de tu hogar y que, por todo eso, forme parte de tu ser. Pero eso no evitará que me juzguen y yo solo sentiré vergüenza.

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