El escepticismo ante un mundo en el que no necesites ir con la cartera rebosante de billetes debe ser similar al que expresaron los soldados del imperio romano la primera vez que les pagaron con unas moneditas de metal en lugar de con su ración de sal”

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PINIÓN. La vuelta a la tortilla. Por Noemí Juaní
Profesional de la gestión

01/12/22. Opinión. Noemí Juaní, profesional de la alta gestión en empresas e instituciones, en esta colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el dinero: “En 2021 el Banco de España hizo un estudio y descubrió que la mayoría de los ciudadanos que tienen entre 25 y 65 años prefieren, sin lugar a duda, el pago mediante tarjeta de crédito por encima del pago en efectivo...

...Mientras que ese dato se invierte totalmente en los mayores de 65 años y los menores de 25”.

Ludismo siglo XXI

Volví a recibir esta semana un meme que me advertía de los riesgos que comporta para la humanidad el pagar con tarjeta de crédito frente a lo que llamamos “efectivo”. Me lo envía un buen amigo con el comparto agradables charlas y apasionadas discusiones sin que nunca llegue la sangre al río.

Como es la tercera vez que me llega algo parecido, imagino que hay toda una corriente de opinión muy combativa contra la desaparición de la moneda o el billete de curso legal y he investigado un poco.

En 2021 el Banco de España hizo un estudio y descubrió que la mayoría de los ciudadanos que tienen entre 25 y 65 años prefieren, sin lugar a duda, el pago mediante tarjeta de crédito por encima del pago en efectivo. Mientras que ese dato se invierte totalmente en los mayores de 65 años y los menores de 25.  Sin embargo, estos últimos no cuentan, porque un poquito más abajo, otra estadística muestra que el 90% de esta franja de edad más joven acaba sacando ese dinero en efectivo de un cajero, ergo utilizan la tarjeta bancaria, al fin y al cabo.

Estos datos no van a convencer a nadie ni van a impedir que este movimiento, que tanto me recuerda al llamado ludismo del siglo XIX, siga con su tarea; aunque, por fortuna, no lo van a hacer rompiendo cajeros automáticos como sí hicieron sus predecesores con las pobres máquinas trilladoras.

El escepticismo ante un mundo en el que no necesites ir con la cartera rebosante de billetes debe ser similar al que expresaron los soldados del imperio romano la primera vez que les pagaron con unas moneditas de metal en lugar de con su ración de sal. Imaginémonoslos levantando la ceja y pensando “Si hombre. A ver con qué voy a conservar a partir de ahora el pescado para que pueda comérmelo dentro de 20 días sin irme por la pata abajo. Me voy a fiar yo de esta chapita con la cara del emperador para que mañana un Brutus cualquiera me lo cambie y me diga que eso ya no vale”.

Pero al final, la moneda se impuso y cuando los ricos amasaron tantas que se hacía complicado transportarlas en el bolsillo a alguien se le ocurrió pintar en un papel unos dibujitos con unos números y dejar la calderilla para el resto de los mortales. Así debió nacer el billete: un objeto que, por sí mismo, no tiene ningún valor. Sin embargo, sigue teniendo presencia, ocupa un espacio y por tanto una relevancia que le otorga veracidad.


Hace años me explicaron que en un pueblo pequeño de la España vaciada en la que, por no haber, no había ni banco; el servicio financiero lo prestaba un señor que se llegaba al bar-colmado una vez al mes y atendía la larga cola de los pensionistas con abnegada paciencia. La mayoría de las transacciones consistían en que el cliente solicitaba que le fuera abonada su mensualidad y, una vez contaba los billetitos uno a uno para verificar que allí estaban, solía volverlos a entregar casi íntegros al señor pidiéndole que los guardase en su cuenta de ahorro.

Lo más curioso de la anécdota es cómo el escéptico usuario acaba cayendo de cuatro patas y confiando ciegamente en toda la estructura bancaria.

Hoy en día, también algunos se muestran sumamente desconfiados ante los cambios tecnológicos que marcarán los próximos años y que pueden reducir la batalla contra el pago electrónico a una anécdota sin importancia: metaverso, gemelos virtuales, hiperconectividad, o las superapps son solo algunas posibilidades, pero la velocidad y alcance con la que se suceden estas innovaciones pueden hacer difícil de imaginar qué futuro tenemos ante nosotros y esa incertidumbre nos puede llevar a pretender, absurdamente, ponerle puertas al campo.

Más allá de una discusión en la que, seguramente, se puedan poner en la balanza tantos riesgos como ventajas a cada una de esas novedades; y tantas pérdidas como ganancias, lo que a mí si me sobrecoge, es ser consciente de que, pese a las denuncias que alertan de sociedades construidas sobre el distanciamiento social o el aislamiento, en realidad, lo que estamos creando es un entorno cada vez más interdependiente.

Miro a mi alrededor. Observo con qué trabajo. A qué me dedico en mi tiempo libre o cómo me relaciono y me sorprendo de la cantidad de cosas que he integrado en mi vida y que, sin embargo, no tengo ni idea de cómo funcionan o sería incapaz de crearlas yo sola. No estoy hablando solo de que no podría desplazarme en coche si a no sé cuantos kilómetros de mi no hubiera alguien extrayendo petróleo, o de que no podría hablar con mis hijas a diario si no tuviera un teléfono móvil en mi bolsillo con una tecnología que hace tiempo dejé de intentar comprender; es que tampoco sabría cómo elaborar la tela con la que está cosida mi camisa o deleitarme con una onza de chocolate procesada desde un cacao que, maldita sea, resulta que ni siquiera es dulce.

Así que, voy a hacer como el centurión romano que aceptó las monedas, pero no dejó de llamarle salario. Es decir, voy a adaptarme a lo que viene y a sacarle el máximo partido. Eso sí, quizás dedique mis esfuerzos críticos a buscar la manera de que, también en lugares remotos al sur, todo el mundo tenga acceso a los avances de la humanidad.

Tal vez de esta forma no tenga que volver a ver a tres personas apiñadas en la pala del timón de un petrolero nigeriano sabiendo que estuvieron allí durante once días jugándose la vida para venir al primer mundo. Eso sí creo que es un verdadero riesgo para la humanidad.

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