Agricultores y ganaderos afrontan costes de producción como carburantes, energía, fertilizantes y materias primas que suponen el 70% de la producción y son los que asumen el mayor riesgo ante las incertidumbres del clima”

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PINIÓN. La vuelta a la tortilla. Por Noemí Juaní
Profesional de la gestión

15/02/24. Opinión. Noemí Juaní, profesional de la alta gestión en empresas e instituciones, en esta colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre la protesta de los agricultores: “La cadena de valor en este sector en el que además de nuestros agricultores, están los mayoristas y los distribuidores, está muy tensionada y el resultado final es que los precios diferenciales alcanzan...

...valores estratosféricos. Así lo dicen los datos recogidos en el índice IPOD (Índice de precios en origen y destino de los alimentos) elaborado por la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG)”.

Oh la la mon amour

El mundo está lleno de paradojas. Por ejemplo, la que hace que celebremos el día de los enamorados, un 14 de febrero, la misma fatídica fecha en la que, al parecer, a un tal Valentín (después santo) le cortaron la cabeza por desobedecer al emperador.

Yo querría proponer que el 14 de febrero fuera un día en el que los medios de comunicación se unieran a la celebración y buscaran encabezar sus portadas con mensajes de amor.

Es verdad que, para ello, sería necesario encontrar noticias propicias, pero también podrían permitirse ciertas licencias en la interpretación y valoración de la realidad.

Por ejemplo, ver la convocatoria de los agricultores y su llamada a bloquear Sevilla como una llamada a confraternizar entre andaluces, relatar ese momento en el que los manifestantes del campo zarandeaban un coche de la guardia civil como un intento de elevar el vehículo y procesionarlo con adoración y respeto, o la pedrada que recibió otro miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad como un acto pasional algo desbordado.

No sería algo tan extraño viniendo de la profesión del periodismo, a fin de cuentas, muchos de ellos se dedican en sus ratos libres a la creación novelística y que se permitan ciertas licencias en el sacrosanto ámbito de las noticias un día tan señalado en nuestro calendario, sería perdonado e incluso aplaudido, como lo hacemos cada 28 de diciembre.

Ya sería algo más peligroso que el relato lo asumiera algún que otro ilustrísimo señor porque podría considerar que organizar “una serie de actos violentos y disturbios” en los que resulten heridos policías “por el lanzamiento de objetos” o los daños a bienes incendiados o a las personas que se vieran “atrapadas por el bloqueo” de alguna vía de comunicación pudieran ser constitutivos de "delitos graves contra la vida o la integridad física, la libertad, la integridad moral (…) o el patrimonio” e incluso de “delitos de terrorismo”  dado que podía pretenderse “desestabilizar gravemente el funcionamiento de las instituciones políticas o de las estructuras económicas o sociales del Estado”  a la vista de que se eliminó el requisito de que detrás de cada acto de terrorismo tenga que existir una organización terrorista.

Pero no hace falta que nos pongamos creativos. A fin de cuentas, nuestros agricultores no han llegado a los extremos de los franceses que, cuando bloquearon Paris, pronosticaron: “Sucederá de forma natural. Los parisinos van a pasar hambre. El objetivo es matar de hambre a los parisinos. Eso es todo”.


Nuestra gente no pretende llevarnos a la inanición, pero sí los tenemos un tanto exasperados porque la cadena de valor en este sector en el que además de nuestros agricultores, están los mayoristas y los distribuidores, está muy tensionada y el resultado final es que los precios diferenciales alcanzan valores estratosféricos. Así lo dicen los datos recogidos en el índice IPOD (Índice de precios en origen y destino de los alimentos) elaborado por la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), en el que algunos productos llegan a encarecerse hasta un 800% y sin embargo, en paralelo, agricultores y ganaderos afrontan costes de producción como carburantes, energía, fertilizantes y materias primas que suponen el 70% de la producción y son los que asumen el mayor riesgo ante las incertidumbres del clima.

Así las cosas y como seguimos con la resaca del día de los enamorados, no es de extrañar que nos embargue un sentimiento de profunda solidaridad que olvide que la agricultura sólo representa el 1,4% del PIB de la UE y el 4,2% del empleo de la UE por lo que, ante la evidencia de esos números, nos dure poquito ese compañerismo (ya sabemos lo que pasa: aquí suele tener más razón el que más pesa) Además, se nos puede ir de un plumazo la poca empatía que nos queda sin sabemos que este sector recibe aproximadamente el 30% del presupuesto de la UE.

Pero, no escuchar las reivindicaciones de este sector minoritario seria casi tanto como condenarnos a consumir de por vida, plátanos costarricenses en lugar de plátanos de Canarias.

De nuevo aquí los números cantan. Mientras la fruta que importamos la pagamos en promedio a 1,59 euros el kilo, la que exportamos nos la pagan a 1,55. Y me he entretenido a buscar cuánto extranjero me meto en la boca gracias a mi dieta supuestamente mediterránea.

Pues bien, no es de extrañar lo de las piñas, los aguacates o los kiwis, pese a que en mis recorridos en bici por la Axarquía solo veo esas plantaciones; pero ¿sabían que lo que más importamos son patatas, guisantes, garbanzos, alubias, judías, higos, naranjas, limones, manzanas o peras?  Y ya de paso, ¿saben a qué países se lo compramos? Pues a Costa Rica, Marruecos y Perú.

Bueno, en un mundo globalizado, no debería espantarnos esa posibilidad, a excepción de que venga otra pandemia y nos pase como con las mascarillas. Pero, el problema es que todos esos números nos distraen de los motivos que están detrás de toda la bronca que se ha armado no solo en España, sino en toda Europa (pese a que, si escuchamos a algún que otro político de la oposición, la culpa sigue siendo de Pedro Sánchez).

Todo empezó con las medidas de apoyo a la economía ucraniana y que, por si alguien lo ha olvidado sigue en guerra con Rusia. En esos momentos, fueron un grupo de granjeros en Hungría y en Polonia los que salieron a las calles para protestar contra las importaciones libres de impuestos de productos ucranianos.

A partir de ahí, se fueron sumando otras cuestiones como la inflación en general y la de los combustibles en particular (por cierto, que nuestro campo es el responsable del 14,3% de las emisiones de gases de efecto invernadero de la UE); pero la gota que colmó el vaso fueron los cambios legislativos conocidos también como Green Deal.

Se trata de una serie de medidas que pretenden descarbonizar y digitalizar la economía europea con un objetivo: lograr la neutralidad climática para 2050.

Entre otras menudencias sin importancia, está la reducción de pesticidas químicos que, al parecer, causan contaminación del suelo, el agua y el aire, así como la pérdida de biodiversidad, y tienen un impacto negativo en la salud humana y el medio ambiente.

Según un informe presentado por Amigos de la Tierra y la Red Europea, el uso de estos químicos se ha incrementado un 80% en todo el planeta desde 1990. Entre los pesticidas más vendidos en el mundo (dato de 2020) están el glifosato (841.000.000 dólares), el tiametoxam (242.000.000) y el glufosinato (227.000.000).

El primero es el herbicida más utilizado en España y en el conjunto del planeta y una agencia de la ONU (la de Investigación sobre el cáncer -IARC) lo ha clasificado como probable cancerígeno. El tiametoxam ya está prohibido en la UE por su toxicidad para las abejas.

Pero el mejor es el glufosinato que presenta efectos adversos sobre las funciones sexuales y la fertilidad, según la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas.

Como a la UE no se le ha ocurrido más solución para atender las legítimas reivindicaciones de los agricultores, que renunciar a ese objetivo y por tanto permitir que sigan salpimentando las frutas y verduras con productos varios, no conseguiremos nada de lo que nos proponíamos con la Agenda 2030 o los famosos ODS (objetivos de desarrollo sostenible) que tan orgullosamente lucen algunos políticos con un pin en la solapa; pero sí vamos a conseguir, al menos que podamos hacer el amor libremente sin temor a embarazos no deseados.

Así que, quizá eso genere la queja de alguna farmacéutica dedicada a la producción de condones o pastillas anticonceptivas, pero podrán dirigir su industria a paliar los efectos del cáncer. Y problema solucionado.

Al menos hasta junio, en el que vuelve a haber elecciones europeas y con un poco de suerte no se cumplen los pronósticos de las encuestas y se hacen con la mayoría los partidos de ultraderecha.

Si así fuera, se acabó cualquier atisbo de hablar de cambio climático y quizás, en lugar de celebrar el día de San Valentín un 14 de febrero, volvemos a las fiestas paganas de Lupercales, en la que los hombres sacrificaban una cabra y un perro para después azotar a las mujeres con sus pieles. Creían que esto ayudaría a su fertilidad

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