Por la mañana, Rosa se prohíbe llorar. Tiene un brillo en los ojos que se parece más a esperanza que a lamento

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


26/10/22. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘La Tortuga y El Zorro’, de Silvana Centurión, Licenciada...

...en Fantasía (Instagram Silcentury).

La Tortuga y El Zorro

Rosa está harta de que Marcos le trate como a una tonta; lleva una hora con la comida en el fuego, lista para servir y ni rastro de él, tal vez en media hora le llame, y le diga que no puede venir.


Rosa mira por la ventana, ve pasar a Tania la vecina, con un andar ligero escandaloso que balancea las veintinueve curvas pronunciadas que lleva encima. “Seguro que va al bar a tomarse una cañita, tal vez a encontrarse con Marcos, el infeliz no llevó babero, ya me tocará lavarle el calzoncillo mojado al muy guarro”.

Rosa se retira de la ventana, cuelga el delantal y deja caer el cuerpo en la silla, con lágrimas empapa la falda, pero en este caso no es de placer. Al menos ahora sabe por qué le cuesta tanto tomar decisiones y reaccionar con rapidez ante los maltratos de Marcos. La psicóloga le es de gran ayuda, le ha hecho entender que no puede culpar a su madre por no tratarle bien desde pequeña; en aquel tiempo, el trastorno de velocidad de procesamiento lento no se trataba como una dificultad.


Cuando conoció a Marcos, ella tenía la frescura y la belleza de la adolescencia, él siempre tan potente y pasional; ahí no le molestaba la lentitud de Rosa.

–Tú eres serena y yo fogoso —palabras de Marcos al quitarle con ímpetu aquel vestido suave de florecillas rojas.

Con los años, la lentitud  de Rosa comenzó a fastidiarle.

—¡Basta de llorar! Tienen razón mis amigos, cuando dicen que acerté con el apodo que te puse de La tortuga” porque eso es lo que eres, una maldita tortuga-.

Ante la falta de reacción, Rosa tiene el lagrimal bastante usado. Rosa escucha una conversación y algunas risas; en el espacio que hay entre  la persiana a la cortina, puede ver a Marcos de manoteos y arrumacos graciosos, para despedirse de Tania que sigue su camino; dejando una estela de caricias juguetonas que se niegan a un adiós.

Marcos, al entrar, se encuentra a Rosa en la cocina.

—¿Vas a comer? —le pregunta ella.
—No, estoy satisfecho, come tú.
—Ya he comido —responde ella, con voz suave.
—¡Vaya milagro, la tortuga se ha anticipado! Prepárame un café.

Rosa, sin pronunciar palabra, se dirige a la mesada en busca de la cafetera: él con movimientos rápidos y secos, se para detrás de ella y la aborda con su cuerpo. Con las manos le coge las nalgas regordetas y mientras le chupetea el cuello, cambia de posición las manos cual dos garras y las posa sobre los pechos voluminosos.

—Ay quita hombre, qué me haces daño!

Ella se aparta con ganas de destrozarle la taza de café en cien pedazos, dándole golpes sobre la cabeza.

—¡Claro vete para la habitación! Ahí es donde voy a enseñarte cómo se menea una mujer en mis brazos —grita con un aliento adormecido tras siete copas.

Por la mañana, Rosa se prohíbe llorar. Tiene un brillo en los ojos que se parece más a esperanza que a lamento. Suena el teléfono, ella se apresura y atiende.

—De acuerdo, a las once en mi puerta.


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Marcos llega temprano, el reloj marca las catorce en punto. Los zorros tienen ese instinto cuando una presa se les escabulle.

Entra sigilosamente como si fuera a encontrar a Rosa in fraganti sin la comida lista y sin el whisky a la roca que le suele pedir.

—¡Rosa, ponme una copa! —grita Marcos mientras tira las llave sobre la mesa del comedor. En ese momento ve una carta, que dice:

Para: El Zorro.
Como verás, yo también te he puesto un mote. Dejo esta carta para comunicarte que he encontrado una roca en el mar donde ir a derramar mis lágrimas. Te aconsejo que no me busques, porque estoy bajo la protección de un grupo social, con profesionales que me apoyan.
He optado por no hacer una denuncia de los maltratos diarios recibidos por tu parte.
En la tarjeta adjunta, están los datos del abogado que llevará a cabo nuestro divorcio. Sin más que agregar porque  el tiempo apremia y aun debo terminar mis maletas; me despido hoy con cuarenta añ
os de retraso. Decisión que tendría haber tomado, aquel día que me diste el primer empujón.
ROSA”
.


Marcos estruja la carta y con rabia aprieta los dientes.

–¡Maldita tortuga!