Cuando regresaran tendría que estar atenta, pero por ahora podía disfrutar tranquila del placer que encontraba al recorrer el edificio prácticamente desierto”

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


09/11/22. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘Los vigilantes nocturnos. 1’, de Queta Bermejo...

Los vigilantes nocturnos. 1

La noche era oscura, sin luna. Las nubes cubrían el cielo. El bochorno sería asfixiante, pero no le importaba el calor, de hecho, lo agradecía. Lo que no soportaba era el frío.


Sabía que la noche sería larga, las ventanas abiertas de todo el vecindario presagiaban una competencia feroz, pero ella estaba concentrada en su ronda.

Los pasillos estaban desiertos a esas horas, lo estarían así en las semanas siguientes. La mayoría de los habitantes de la urbanización estaban fuera de vacaciones, aunque todavía quedaban algunos, motivo por el cual ella tenía que realizar esas rondas de vigilancia. Esos pocos que quedaban pronto volverían a casa: tras la cena en familia en una terraza, o tras una fiesta con una buena borrachera. Cuando regresaran tendría que estar atenta, pero por ahora podía disfrutar tranquila del placer que encontraba al recorrer el edificio prácticamente desierto. Le gustaba esa sensación, la soledad, el silencio. Nunca había sido de las que necesitaban estar rodeada de los suyos, como polillas que se arriman a cualquier bombilla incandescente.

La primera ronda fue como esperaba, muy tranquila, pero al volver una de las esquinas, casi se chocó con el compañero de turno.

—¡Hola, guapa! — le dijo al verla.
— ¡Hola Tigre! ¿Has hecho alguna ronda completa hoy?
— Sí, la planta de arriba. Si ibas a pasarte por allí ahora no te molestes, no queda nadie. ¿Luego qué haces? Yo en un rato me iré a picar algo. Te lo digo por si te apetece apuntarte.
— Sí, me apunto — y calculando —, dame treinta minutos.

Fueron pasando los minutos y de improviso notó algo, un ligero aroma en la distancia. Su experiencia y capacidad le informaron antes que el resto de sus sentidos que alguien entraba en el edificio. Se lo confirmó el sonido de unas llaves cayendo al suelo, rompiendo el silencio. Podría ser un vecino, pero tal vez no.


Sin prisa, pero con cierto nerviosismo se aproximó al origen del aroma que impregnaba el ambiente. Se movió rápida y ágil, se podría decir que seguía un rastro, como lo haría un galgo en una cacería.

El aroma la embriagaba, era muy dulzón. Se mezclaban el olor de un perfume atrayente y una pesada fragancia a sudor agrio. Con decisión llegó a la fuente misma, el objetivo estaba en su radio de acción.

Muy cerca de allí se encontró a Tigre. Era obvio que actuarían juntos, rápidos y silenciosos, perfectamente coordinados, como si de un mismo cuerpo se tratase. Un baile sensual, un tango en la noche. Su víctima no pudo hacer nada, ni siquiera los oyó llegar, tras una acometida silenciosa por dos flancos, solo tuvo una ligera sensación, cierto escozor que sin embargo fue suficiente para que un reflejo tónico involuntario activara su mano.

Notó el movimiento, y supo que ocurriría lo peor. Iba hacia Tigre. Y ocurrió, pese a sus gritos la mano alcanzó por completo al hasta ese momento satisfecho Tigre. Murió aplastado, con su hemolinfa mezclada con la sangre de su víctima, ahora verdugo. Y allí quedó por unos segundos, hasta que ésta asqueada limpió sus restos con repugnancia, gritando:

— ¡Maldito mosquito! ¡Uno menos!

Ella salió volando por la ventana abierta. Triste, habiendo perdido a un compañero, pero sabiendo que así era la vida, y así de salvajes eran los humanos.