Desde niño, Marcial, soñaba con ser militar. Su padre, capitán de navío, se había encargado desde el nacimiento de que el ansiado varón, después de cinco hembras, fuese la imagen y semejanza de sus sueños y deseos

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


16/11/22. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘En blanco y negro', de Coral Suero Méndez...

En blanco y negro

Desde niño, Marcial, soñaba con ser militar. Su padre, capitán de navío, se había encargado desde el nacimiento de que el ansiado varón, después de cinco hembras, fuese la imagen y semejanza de sus sueños y deseos.


Fue así como, ya en la cuna, su primer juguete fue una espada de cartón y cuando sus pasos comenzaron a ser firmes, un soldadito de plomo que, con los años, creció junto con Marcial hasta convertirse en teniente/capitán de un ejército de fusileros, conductores, artilleros y oficiales, todos ellos unidos bajo la enseña del Regimiento Real de Artillería.

El entusiasmo que Marcial mostraba cuando su padre le permitía acompañarle al Don Pelayo, lo llenaba de satisfacción. Allí sentado sobre el armario que custodiaba la bandera de combate, sentía su vida plena viendo al pequeño jugar entre cañones. ¡Al fin! un heredero para aquella tardía vocación marinera que se había convertido en el eje de su vida.

El Don Pelayo era la estrella de la flota española. Entre buques, destructores y cruceros, destacaba este acorazado como una potente máquina de guerra con 105 metros de eslora, numerosos cañones y cuatro torres independientes. Su actuación al atravesar el Atlántico para acudir en defensa de las posiciones españolas, tanto en Cuba, como en Filipinas, había sido la última esperanza de una España colonial que agonizaba. Pero a pesar de que el bloqueo del acorazado en Santiago de Cuba, había impedido siquiera que sus armas pudieran entrar en combate, tanto el barco como su padre, don Pascual, se habían ganado el respeto y la admiración de sus compañeros y superiores, siendo éste ascendido a almirante.

En aquel ambiente militar y bélico, que había impregnado la infancia y adolescencia de Marcial, sin embargo, el contrapunto había sido siempre la dulzura callada de su madre y sus lecciones durante los largos períodos que su padre pasaba en alta mar.

Todos los días, el profesor Emeterio, acudía a la casa grande para cultivar el espíritu de los niños con lecciones de Aritmética, Geografía e Historia. Pero lo que Marcial esperaba ansiosamente eran las deliciosas tardes sentados en el jardín, bajo el cenador cubierto de glicinias, escuchando las lecturas de su madre y contemplando las láminas coloreadas que acompañaban a la palabra escrita.

Con el tiempo, y mientras su madre y sus hermanas continuaban contando aquellas fabulosas historias, a Marcial le fue permitido dedicarse a colorear lienzos de papel en los que el tema principal eran sus soldaditos de plomo. Los pintaba de todos los colores, azules, rojos, amarillos, verdes y hasta negros. Creaba con ellos arco iris de colores similares a los de las banderas que su padre le había enseñado desde la infancia y los soldados, poco a poco, fueron cobrando vida, adquiriendo matices diferentes con gestos de alegría, dolor o placer, en función del estado de ánimo de su creador.

Llegó así la adolescencia y finalizada su enseñanza académica particular, Don Pascual vio llegada la oportunidad de iniciar a su hijo en la carrera militar, enviando al muchacho a la instrucción en la Escuela Naval de Cádiz. Marcial, obediente a los deseos de su padre, no puso objeción alguna y dispuesto a seguir sus pasos se lanzó por la senda marcada por su predecesor.

Cádiz, la tacita de plata, ciudad de luz bañada por el mar, fue para Marcial un descubrimiento. Allí, en sus calles, descubre los mil matices del atardecer y sus dibujos se inundan de dorados, violetas, rosados y ocres. Durante las clases de dibujo en la Escuela Naval, los profesores alaban su técnica perfecta en los diseños de los materiales de guerra, pero a Marcial la vida se le inunda de color y sus dibujos traspasan los muros del cuartel y llegan a la ciudad, donde son cada vez mas apreciados por los periódicos locales, con los que inicia una colaboración semanal bajo el seudónimo de Gadir.

Y entonces sucede; el ambiente bélico almibarado que había sido su infancia y su adolescencia desaparece para dar paso a la más dramática realidad: la guerra. Una guerra auténtica, de las de verdad, de las de la lucha de hermano con hermano, de vecino con vecino y de amigo convertido en enemigo.

Aquí no hay barcos, ni cañones ni mar. Pero si soldados, no de plomo, ni de papel, soldados de carne y hueso. Y hay bombas, bombas que caen desde el aire y que los desgajan, los despedazan y borran de sus rostros los gestos de alegría para dibujar el dolor.

Marcial, testigo silencioso de aquella pesadilla, es uno de ellos, uno de sus soldados. No es capitán, ni almirante, no tiene cañones ni barco, inmerso en las trincheras, se aferra al único arma que le queda  para sobrevivir, su cuaderno de tapas desgastadas y un lápiz al que apenas le queda mina, con el que dibuja y descubre al mundo los horrores de la guerra.


“La guerra es como la vida: un combate que se pierde siempre”