Fátima se peinaba su larga y negra melena mientras lo miraba de reojos. Desde el comienzo de la guerra apenas hablaban, el silencio se había interpuesto entre los dos”

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


30/11/22. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘Salida sin retorno’, de Conchi Collado Lobato...

Salida sin retorno

Alí entró en la casa con el pelo revuelto, las aristas de su cuerpo joven se dejaban ver a través de su camisa de cuadros. Con una guita sujetaba el vaquero a su cintura. Se sentó en una silla de anea, en la cocina, apoyó el codo en el respaldo y encendió la radio, pegando el oído a la misma. Fátima se peinaba su larga y negra melena mientras lo miraba de reojos. Desde el comienzo de la guerra apenas hablaban, el silencio se había interpuesto entre los dos.


Tras las revueltas del 2011, el trabajo de ambos era esporádico. Habían tenido una tienda de comestibles que atendían entre los dos, pero tuvieron que cerrarla, los proveedores no le servían. Los rebeldes entraban y se llevaban lo que querían sin ninguna retribución, pensando que aquello les pertenecía. El pueblo exigía la salida de Bashar al Asad, apenas quedaban libertades. Todo eran enfrentamientos entre las tropas del gobierno y la oposición.

Su barrio estaba casi demolido por las bombas. Una de ellas había derribado un museo que había enfrente de su casa; el techo había caído encima de los cuadros los cuales, tenían los marcos rotos y los lienzos volaban con el viento, como hojas de otoño, siendo atropellados por los vehículos de los insurrectos sin que nadie se opusiera. Las escuelas permanecían cerradas, mientras los niños, que se quedaban solos porque sus padres estaban desaparecidos, formaban pandillas para refugiarse, como los lobos que actúan en manadas.


Tanto Fátima como su marido deseaban ser padres, pero el momento no era el más apropiado. Los dos eran jóvenes, algún día podrían serlo, cuando todo acabara y volviera la normalidad a sus vidas. Llevaban días comiendo higos y chumbos de un campo que tenían cerca de su casa.

—¿Qué piensas Alí? Tengo mucho miedo, no sé nada de mi familia, ni de la tuya. ¿Cuándo acabará todo esto? —dijo Fátima entrelazando las manos.

Alí apagó la radio y se asomó a la ventana, la calle estaba solitaria. Solo vio a un anciano que hurgaba entre los escombros del museo. Miró a su mujer con una mueca de satisfacción mientras sacaba del bolsillo unos billetes.

—¿Qué es eso? —dijo alarmada con lágrimas en los ojos.
—Mañana saldremos para Grecia —cerró la ventana y se sentó frente a ella.
—¿Mañana? No he hecho ningún equipaje —dijo con voz entrecortada.
—¿Crees que nos dejarán llevarnos algo? —la miró a los ojos—. Nos marcharemos por la noche, cuando nadie nos oiga.
—¡Yo no quiero irme, esto acabará algún día!
—Ese día ya no estaremos aquí. O nos vamos mañana noche o posiblemente cuando acabe todo el conflicto estemos muertos. Nuestra vida vale poco para nuestros gobernantes, además —bajó la voz— he pagado por los billetes 900.000 libras sirias.

Fátima comenzó a llorar dando vueltas por la cocina. Alí se levantó y la rodeó con sus brazos. Ella se apoyó en su pecho y secó sus lágrimas.

—Tengo mucho miedo por todo lo que está pasando, Alí.


Al día siguiente, Fátima, entre sus pertenencias, guardó un cuchillo en la mochila. Su marido cerró los postigos y cuando llegó la tregua de disparos, salieron de su casa en silencio. Ella envuelta en su hiyab y él con una chaqueta raída por el uso. El viento soplaba y ellos se cubrían la cara para evitar el polvo irrespirable de la calle. Cuando giraron por la esquina de una casa semiderruida, escucharon el llanto de un niño. Fátima prestó atención unos segundos.

—Alí, no podemos irnos sin saber qué le pasa a ese pequeño —se sujetó el velo—, parece que está solo.
—¡No, tenemos que seguir nuestro camino! Solo llevamos dos billetes y ese niño no podrá venir con nosotros, además tendrá a sus padres —levantó la mano para indicarle que continuara.
—¡Vamos a entrar, por favor!  ¡Quizás podamos hacer algo por él! —juntó las manos y se la llevó a la boca.

Tras la insistencia de su mujer dejó la mochila en el suelo y entró solo en la casa. El niño estaba sentado en el suelo salpicado de sangre, con los ojos rojos del llanto y la nariz llena de mocos. Sus padres estaban tendidos a su lado, como marionetas. Se quitó la chaqueta, lo envolvió y salió a la calle.

Fátima sonrió y sus bonitos dientes salieron a la luz, como hacía tiempo que no los lucía. Lo atrajo a sus brazos, le limpió la cara y el pequeño se relajó. No sabía qué pasaría con él, solo sabía que le pertenecía como pertenece el brazo o la pierna a un ser humano. Se lo llevaron a la orilla del mar junto a la patera que los esperaba. El patrón les pidió los billetes y Alí se los entregó meditabundo.

—¡Estos son dos y venís tres!—dijo el hombre barbudo.
—El pequeño lo llevaré sentado en mis piernas, no ocupará ningún asiento —contestó Fátima con mohín de tristeza.
El hombre barbudo los miró y se encogió de hombros. —Lo siento, tendréis que pagarme su parte, de lo contrario, lo tiro por la borda —sacudió las manos.
—¡No Alí, no lo permitas! ¡El niño tiene que venir con nosotros!— al mismo tiempo que suplicaba apretó al niño contra su pecho.

Alí sacó unas libras sirias de la cartera, las cuales eran insuficientes para pagar el pasaje del pequeño. Fátima rogaba que los dejara pasar, sin embargo, el dueño de la barca no cesaba en su empeño. Los refugiados se empujaban unos a otros para lograr sentarse, ya que eran más de cuarenta y no había asientos para todos. Algunos tenían que ir de pie. Ellos se miraban sin saber qué hacer ante aquella situación, o perdían el dinero y se marchaban con el pequeño o lo abandonaban a su suerte, pero sabían que la vida en  el país era irrespirable y tendría el mismo futuro que tuvieron sus padres.  Alá no se lo perdonaría jamás. Tras unos minutos de ruego sin contemplaciones, Alí tuvo una idea:

—Fátima vete con el niño, yo me iré en otro momento, cuando haya ahorrado lo suficiente para salir de aquí —levantó los hombros y abrió las manos.
—¡No Alí, no me iré sola!
—Este hombre no acepta al pequeño sin cobrar su parte — hablaba en voz baja y la empujaba suavemente para que subiera con el niño—. Cuando llegues a Grecia le dices a mi primo que se ponga en contacto conmigo —le dio un apretón en el brazo y al mismo tiempo le dejó caer en el bolsillo el dinero que le quedaba.

Las lágrimas de Fátima caían como agua en una fuente, mientras su marido le ayudaba a subir y a ponerse los chalecos salvavidas. Después de acomodarlos se bajo de la patera para verlos zarpar. La barca bailaba al son del viento.

—¡Buen viaje y hasta pronto! —levantó la mano para decir adiós, hasta que la barca desapareció de su vista en una noche donde las linternas eran la única luz que llevaban. Se alejó con la cabeza gacha.

Fátima se secó sus lágrimas. Con el velo rodeó al niño en su regazo hasta que éste se durmió. Pasadas unas horas de trayecto, se oyó una voz que pedía auxilio. La gente se alarmó y el patrón se vio obligado a socorrer a aquel naúfrago. La patera se acercó hasta que el hombre pudo subir por la proa. Una vez en la cubierta, se sacudió el agua de la ropa, se quitó la chaqueta mojada y se quedó en mangas de camisa, a continuación, se sacó del bolsillo un cuchillo y le exigió al jefe de la embarcación el dinero de todos con la amenaza de tirarlo por la borda. Fátima observó cómo los pasajeros se habían quedado paralizados sin saber qué hacer.


El pirata estaba de espaldas, cuando ella sacó el cuchillo de su mochila, lo escondió dentro de la manga, dejó al pequeño en los brazos de otra compañera y se levantó. Dio unos pasos entre la gente, hasta que se acercó al despiadado y se lo clavó en la espalda. Éste tiró el suyo al suelo y la sangre brotaba como un manantial. Los pasajeros se asustaron, pero el jefe, con la ayuda de dos refugiados grandotes, lo tiró al agua. La barca se movió como un tiovivo, mientras los pasajeros aplaudieron la hazaña. Fátima, después de limpiarse las manos, volvió a su asiento y cogió al niño que lloraba asustado por el escándalo, tenía hambre y ella, con sus manos temblorosas, buscó en su mochila y encontró unos higos secos. Los partió y se los acercó a la boca para que el niño los lamiera, como el arroyo lame la arena, ya que solo tenía dos dientes.

Alí, antes de llegar a su domicilio, pasó por el museo derruido. Encontró unos cuadros que podía restaurar y se los llevó a su casa. Por el camino oyó un cruce de disparos, pero los sorteó. Dejó los cuadros en la entrada y encendió la luz. El silencio y la soledad fueron sus compañeros en su hogar, un hogar vacío para él, sin la compañía de su esposa.

Pasaba los días confinado, reparando uno a uno los cuadros que se trajo del museo. A un amigo le vendió varios, pero no le dio el dinero que él esperaba y tuvo que seguir reparando cuadros hasta reunir el importe del pasaje.

Fátima hacía un mes que había llegado a la isla de Lesbos y le comunicó que le gustaba aquella tierra. Él quería estar con ella para alejarse de aquel lugar y vivir en paz, la violencia solo se había hecho para los violentos y él no lo era.

La noche que decidió salir de su país, recogió sus pertenencias y la guardó en la mochila. En su cartera guardó una foto de Fátima, pero antes la miró y sonrió con la esperanza de verla pronto, de sentirla en sus brazos y oír su voz. La luna estaba en cuarto menguante y apenas veía nada, las luces de la calle estaban apagadas. Tropezó con algo y cayó al suelo. Comprobó que era un cuerpo inerte víctima de los disparos, con lo que no pudo socorrerle.

Cuando llegó a la orilla soplaba un viento frío que le hizo cerrarse la chaqueta. Encontró cobijo al lado de una roca. Se tumbó en la arena, le encantaba observar el cielo con el guiño de las estrellas.

Pasado un tiempo, encendió la linterna para ver el reloj y confirmar la hora de la salida. Le extrañó que no hubiera nadie más esperando. Oyó un disparo y apagó la linterna, pero el siguiente estampido le atravesó el abdomen. Mientras la sangre brotaba de su vientre y el dolor le cortaba la respiración, pensó en todo lo que dejaba atrás: su esperanza perdida, sus deseos incumplidos con tan solo veintidós años, sus ilusiones rotas, todo mientras la barca se iría sin él, igual que la vez anterior. La diferencia era, que antes tenía esperanza e ilusión por subir y ahora le faltaban las fuerzas. Su destino era quedarse en aquella tierra maldita donde todo era destrucción. Alá lo había querido y las olas arrastraron su mochila al mar.