Se retira pronto, cojea con una pierna y arrastra el alma; le sigo con la mirada, me doy cuenta de que enfila hacia otra habitación pequeña; al instante, para mi asombro, escucho el sonido de la llave del contador. Apagón”

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


08/11/23. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘Purificación’, de Silvana Centurión, Licenciada en Fantasía...

Purificación

Aquí hay gato encerrado, lo presiento en el aire, tal vez por el olor que emana de las paredes. Pero ya he dado mi palabra y necesito el trabajo. Controlo la respiración.  “Tranquila, todo va estar bien”

En el periódico decía: “se necesita chica acompañante para persona mayor a tiempo completo”. Trabajo perfecto para una joven con necesidad de techo y comida.

Elsa es una señora amable, la casa es grande y está bastante mal cuidada, por no decir sucia y desordenada.


Dejo el petate con mis cosas en una de las habitaciones de la planta de arriba. Intento abrir la ventana que da a la terraza; de inmediato me ataca un perro raquítico y sarnoso con intención de meterse a la cama. Forcejeo con el animal para que regrese al balcón; histérica cierro el cristal y el endemoniado golpea la puerta, enfurecido.

Respiro y me auto convenzo, “es solo un perro”

—¡Calla la boca, cuatro patas!— le ordeno con autoridad.
—Lo recogí de la calle, lo tengo ahí porque es buen centinela. —grita Elsa desde abajo.

Para poder dormir en un espacio medianamente agradable, hago limpieza; saco tres cajas llenas de diferentes artículos. La anciana también necesita un meneo importante; esa mujer requiere tres días de remojo para poder cortarle las uñas. Si horas antes me muestra esa parte del cuerpo, hubiera rechazado el trabajo; ninguna mujer que esté en sus cabales puede llevar aquellas garras por pies. Elsa sonríe con exageración, me genera una extraña inquietud. Para colmo, cuando bajo a la cocina me dice: “no tengo comida hecha, ¿quieres fruta?”. “Que no sea una manzana “, pienso. Intento ordenar la despensa, fruta podrida, comida con mohos, el ambiente está tan espeso que me produce arcadas con ganas de vomitar.

La casa se encuentra ubicada a las afuera de la ciudad. Para hacer la compra lo más cercano está a media hora. “Si te apetece coge el coche,” sugiere ella.

Hicimos la lista juntas. Al final tuve que salir en una bicicleta vieja, el automóvil no arrancó. Con tal de cambiar un poco de aire estaba dispuesta a hacerle todos los recados del mundo.


Estoy en el salón y veo una sombra que baja las escaleras, se asemeja a un cuerpo humano, pero escurridizo; silueta difuminada que desaparece.

Al instante viene Elsa con la característica carcajada, un jajá con la garganta cerrada y la sonrisa eterna.

—Es hora de ir a la cama, por hoy es bastante; te he dejado una vela en la habitación por si hay apagón, aquí es muy frecuente.

Se retira pronto, cojea con una pierna y arrastra el alma; le sigo con la mirada, me doy cuenta de que enfila hacia otra habitación pequeña; al instante, para mi asombro, escucho el sonido de la llave del contador. Apagón.

Entonces lo confirmo, “esta mujer está loca”.

¿Y si yo también pierdo el norte? Tengo un sueldo; no puedo dejar que el miedo y la paranoia me quiten este beneficio, si él está conmigo quién contra mi. Por algún motivo estoy aquí y voy a quedarme; la casa me gusta y Elsa está sola, o por lo menos eso me ha comentado.

No puedo conciliar el sueño, demasiadas cosas para un solo día. La vela alumbra un tercio de la habitación, leo un versículo: salmo cuatro, ocho.

—¡Basta ya, cuatro patas! —Grito harta de escuchar al animal aullar detrás de la puerta.

El perro protesta por la pérdida del espacio que antes era suyo, lo siento por él; he venido para quedarme.

Así fue que a la mañana siguiente le coloco una correa y le pongo un bozal; tardamos cuarenta minutos en llegar a la veterinaria más cercana; el perro fue vacunado por primera vez. Elsa ve la factura y se encoge de hombros, le parece demasiado dinero para un animal, “antes teníamos cinco y ninguno con documento.”

Comienzo un nuevo día; Elsa baja al sótano, lugar donde no quiere que yo toque nada.  Aprovecho ara abrir las ventanas del salón, a la casa le hace falta una buena ventilación. A pesar de que mi nariz está más familiarizada con el ambiente, no dejo de percibir ese tufo inquietante. Al subir la anciana y ver aquello abierto se altera y comienza a cerrar todo. Según ella, el viento trae polvo y estropea los muebles. Mi paciencia entra en acción y tranquiliza a la mujer; le doy la razón y le explico que es recomendable ventilar la casa, entre unos quince y veinte minutos, para ahuyentar los malos espíritus. Esa versión le agrada y me autoriza para hacerlo de vez en cuando.

—Ten cuidado Puri, no dejes todo abierto —Me advierte, ya que el marido desapareció hace un año; según ella la abandonó para regresar a la tierra natal. Le pregunto si ha dado cuenta a la policía y me responde: “no hace falta, no tenía papeles”.

Yo encuentro vida en cada armario, saco objetos y cacharros antiguos. Acondiciono la máquina de escribir y prosigo con mi libro; Elsa se acerca, me observa. La pobre cada día se moviliza con más dificultad.

—Te vas acortar la vista de tanto escribir— se ríe de forma mecánica.

En el jardín, cuatro patas y yo disfrutamos de una brisa placentera.

—Aquí el único documentado eres tú, el cadáver que descansa en el baúl del sótano y yo no podemos decir lo mismo.

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