“Varios medios de comunicación españoles y gran parte de sus profesionales se están dedicando a difundir, de forma irresponsable, los mensajes de la ultraderecha. No sé si esto obedece a desidia profesional, a ignorancia histórica, o a falta de sensibilidad social. Ojala la historia no se lo reclame

OPINIÓN. ¿Me quieren oír? Por Dardo Gómez

Periodista

10/06/21. Opinión. El conocido periodista Dardo Gómez reflexiona en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la difusión de los mensajes de la ultraderecha: “Quienes hacen de portavoces de ese odio no perciben que la ultraderecha es enemiga de la convivencia civilizada y que los partidos que la representan son la expresión de esa peste que asoló Europa en la primera mitad del siglo pasado y que...

...llevó a los crematorios nazis y a las fosas de las cunetas españolas a millones de personas por el mero hecho de ser lo que eran”.

Aviso para navegantes: No hay que dar de comer a las ratas

En España siempre estamos saliendo de algún proceso electoral, para entrar en otro, ya sean estatales, autonómicos o internos de partidos. Por lo mismo, este artículo se me ha demorado. No quería que los desconfiados de siempre o envenenados por la falsa política creyeran que me estaba sumando a la campaña de algún partido o de algún político.


En absoluto; este es el inicio de mi campaña; solitaria, honesta y que, con seguridad, será mal interpretada o despreciada por algunos. Si quieren, pueden verla como un clamor sordo y sin altavoces que va dirigido a quienes, desde los medios de comunicación o de las organizaciones de comunicadores, no se han dado cuenta de que gran parte de nuestros medios y muchos de sus profesionales están abriendo las puertas de nuestra ciudadanía a la peste de la ultraderecha.

El 2 de abril de 2021, unos salvajes arrojaron un ‘molotov’ dentro de la sede de Unidas Podemos en Cartagena; antes, ya se habían producido acosos y algunas agresiones a dirigentes de la izquierda populista, más los despreciables mensajes de odio contra más de un colectivo social, pero para mí, este ataque significaba un punto de inflexión en la escalada fascista española.

Sin que sea santo de mi devoción, coincido con la deducción de Pablo Echenique, de que este ataque bárbaro era “la consecuencia natural de normalizar los discursos de odio en el parlamento y en algunos medios de comunicación. En Estados Unidos, el terrorismo de ultraderecha es muy habitual y tuvo la misma evolución".

Como he tenido la desgracia de vivir una situación similar hace más de cuarenta años en el Río de la Plata, yo también reconocía esa misma “evolución” a la española que ya se venía produciendo en varios países europeos. Comprendí de inmediato que había que salir al paso de este peligro y que los medios de comunicación y los periodistas debían ser los primeros en asumir esa responsabilidad. Me he equivocado.

Personas que no son sospechosas de padecer la enfermedad del odio me sorprendieron diciendo que no había para tanto, que era una anécdota más de los conflictos políticos del sainete español. Algunos medios y cadenas se sumaron a calificar de invasores a unos miles de niños desarrapados y ateridos de frío que llegaron a una playa española; hubo periodistas que se llenaron de ardor guerrero ante esa imagen dolorosa.

Es difícil de explicar si la difusión de esos crueles mensajes inhumanos, sin caer en el peligro que encierran, obedece a mera desidia profesional, a pura ignorancia histórica, a falta de sensibilidad social o a una escasa visión del riesgo que esas ideas representan para toda sociedad.

Quienes hacen de portavoces de ese odio no perciben que la ultraderecha es enemiga de la convivencia civilizada y que los partidos que la representan son la expresión de esa peste que asoló Europa en la primera mitad del siglo pasado y que llevó a los crematorios nazis y a las fosas de las cunetas españolas a millones de personas por el mero hecho de ser lo que eran. Como cada uno de nosotros.

Es una cuestión de salud pública

Sarah Ulrich, corresponsal del periódico alemán TAZ de Sajonia señalaba en una entrevista sobre el tratamiento que en España se daba a Vox: "Creo que los medios en Alemania han entendido, en gran medida, que AfD es un partido fascista que difunde contenido de extrema derecha y no simplemente populista [...] Aun así, hay medios que todavía los invitan y tratan como interlocutores legítimos a pesar de algunas de sus declaraciones. Esto tiene consecuencias fatales, porque este discurso de derecha extrema moldea la opinión pública e influye en ella". Esto, que ocurre en un país donde los negacionistas del Holocausto germano pueden ser llevados ante la justicia, es mucho más peligroso en España donde la democracia carece de protecciones legales contra quienes tildan, por ejemplo, de revanchista la Ley de Memoria Histórica, incluso en sede parlamentaria, y donde se pueden cantar públicamente marchas de triste memoria franquista con total impunidad.

En plena campaña electoral madrileña la justicia española se empeñó en no ver delito en una propaganda que usaba la mentira para estigmatizar a personas migrantes; es posible que a ese magistrado se le haya saltado algún punto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), por ejemplo el que señala que: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía”.

Claro está que los negacionistas de la libertad ponen en duda la validez de estos derechos; los cuales fueron creados -precisamente- para que no se volvieran a repetir nunca más los delitos de lesa humanidad cometidos por los ancestros ideológicos de esta ultraderecha.


No son la voz de los trabajadores

Hoy, estos neofascistas se presentan como defensores de los trabajadores; aunque nieguen que exista la clase obrera y estén contra los sindicatos y los convenios colectivos.


Como señalaba en las últimas semanas el sindicato UGT francés: “El racismo y las ideas de extrema derecha siempre han ido en contra de los intereses del mundo laboral y de los trabajadores. El racismo es un crimen, hay que combatirlo con la máxima energía y condenarlo como tal.
Oponerse a los pueblos, dividir a los trabajadores, exacerbar las tensiones con mentiras y fake news, como la relación entre inmigración y delincuencia, inmigración y terrorismo, etc. Estas son las armas de quienes quieren distraer a los trabajadores de las causas reales de la crisis social: políticas liberales que rompen los servicios públicos, destruyen nuestro sistema de protección social, favorecen el aumento de dividendos para los accionistas en lugar de los salarios de los empleados”.

Esta realidad reconocida y admitida por todas las gentes sensatas del planeta no son percibidas ni tenidas en cuenta por gran parte de los medios de comunicación españoles que abren sus páginas, micrófonos y cámaras a este discurso de la maldad y que escudan esta acción malévola en una supuesta equidistancia objetiva frente a otras opciones ideológicas. Excusa falsa de toda falsedad.


Las dictaduras rioplatenses, que exterminaron y desaparecieron a cientos de miles de mujeres, varones, ancianos y niños, dieron a los medios bobalicones como los nuestros la teoría de los dos demonios. Con ella justificaban el genocidio de Estado por la existencia de la guerrilla y los medios guardaban esa equidistancia como si la presencia de la guerrilla pudiera justificar el exterminio de todos aquellos que simpatizaran con las izquierdas.

Luego cayeron en el saco de ese exterminio trabajadores de sus redacciones, amigos de éstos, sus hijos por participar de una huelga estudiantil por la rebaja de un bono de transporte, sindicalistas que no admitían recortes salariales y una larga lista de seres humanos muertos por el simple antojo de los “defensores de la patria”.

El que no quiera ver que no vea y espere...

Estas actitudes negacionistas se amparan en la comodidad mezquina de creer que no vale la pena meterse cuando le pegan al vecino, de sostener que si los molotov son solo para los de Podemos no es inquietante, que si insultan y amenazan a periodistas es porque éstos se lo habrán buscado y además, no son del medio que yo leo... Pobres incautos.


“La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera...”. Así, con apenas una rata comienza la peste que arrasa a las gentes de Orán en la novela de Albert Camus.

En el relato de La peste, algunas gentes comienzan negando la existencia de ratas en su entorno, otras piensan que son apenas una anécdota o una excepción que no puede inquietar; sin embargo, las ratas -que aspiran a no ser una excepción- siguen apareciendo por todas partes hasta que la muerte se apropia de la ciudad.

El doctor Rieux, alter ego de Camus en la novela, razona: “Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: ‘Esto no puede durar, es demasiado estúpido’. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo.
Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones.”

Así la peste fue creciendo y el doctor Rieux, que junto con otros se dedica a luchar contra ella y a salvar vidas, comprueba día tras día como las buenas gentes: “Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”.


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