Si los dibujos a los que nos tiene acostumbrados el viñetista malagueño son extraordinarios, sus sensibles textos nos descubren lo que habita en realidad en el interior de este gran artista visual: un payaso y un niño eternos

Charlie Rivel, Pinito del Oro, Arturo Castilla, Daja Tarto y Ramón Gómez de la Serna son los protagonistas de los dibujos de Idígoras

22/10/20. 
Opinión. El conocido humorista gráfico Ángel Idígoras, que firma todos los días sus viñetas en los diarios Sur de Málaga y El Mundo, ha dibujado a cinco personajes emblemáticos del antiguo Circo Price madrileño y ha escrito sus semblanzas para el catálogo virtual de la obra de teatro Mil Novecientos Setenta Sombreros, una producción de la actual empresa del Price para homenajear al derribado circo...

...Charlie Rivel, Pinito del Oro, Arturo Castilla, Daja Tarto y Ramón Gómez de la Serna son los protagonistas. La función es una producción del Teatro Circo Price que recuerda la desaparición del antiguo en 1970. Con una idea original de Aránzazu Riosalido, coescrita con Pepe Viyuela y dirigida por Hernán Gené, esta creación reúne a artistas de circo, teatro, magia y música en directo. Es una información de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com.

Ángel Idígoras comenta a EL OBSERVADOR: “El Teatro Circo Price hace una obra de teatro, pero con actuaciones de circo, que rememora el 50 aniversario del derrumbe del antiguo Circo Price, que era un circo estable, una especie de teatro de Madrid que fue muy famoso en su época. Por él han pasado las mayores figuras españolas del circo. Antes era un espectáculo mucho más popular que ahora. A raíz de esta obra, me pidieron dos dibujos y un texto de cinco personajes emblemáticos para el catálogo virtual”, declara el artista.

La función recuerda la desaparición del antiguo teatro que tuvo lugar en el año 1970, un importante espacio para el circo y la música durante casi cien años, pero también la vida y la resistencia de un género escénico que se reinventa cada siglo. Esta obra reúne a artistas de las múltiples disciplinas que pasaron por la arena del Price: magia, música, teatro y sobre todo circo. Allí sonaron las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, el famoso aullido de Charlie Rivel, los vuelos de las grandes trapecistas o la invención de un chiste: "¿Qué le dijo...?".

EL OBSERVADOR publica los dibujos y los textos que Ángel Idígoras ha realizado a cinco grandes presencias escénicas, a cinco personajes emblemáticos, con dos viñetas por cabeza y una glosa recordatoria de cada uno de ellos para el catálogo virtual de la obra. Si los dibujos a los que nos tiene acostumbrados el viñetista malagueño son extraordinarios, sus sensibles textos nos descubren lo que habita en realidad en el interior de este artista visual: un payaso y un niño eternos.

Charlie Rivel (1896-1983)



Todos los Rivel se dedicaron al circo. Pere, desde el trapecio, y Mª Luisa, desde el alambre, se enamoraron en las alturas y, cuando bajaron, tuvieron payasos. Uno de esos hijos, Josep, les salió con la nariz cuadrada y respondón. Al crecer dejó la troupe y comenzó su carrera en solitario homenajeando a Charlot con su nombre artístico. Su personaje era un niño en cuerpo de hombre, que lloraba apuntando a la luna y para el que subir a una silla era casi alpinismo. Una leyenda de la ternura, un poeta de la risa que dejó las huellas de sus zapatones en el serrín de las pistas de todo el planeta.


Arturo Castilla (1916-1996)



-¿Qué le dijo el cura al monaguillo?

-No abras tanto la boca que se te agita la campanilla
Con este tipo de chascarrillos alcanzaron los Hermanos CAPE, que ni se apellidaban Cape ni eran hermanos, fama mundial. Uno de esos cuatro payasos era Arturo Castilla, que quiso combatir las miserias de la época con la risa. Dijo adiós a sus amigos cuando estos marcharon a América porque un sueño no le dejaba dormir: Cubrir España con una carpa de circo para que todos la disfrutaran. Primero, el Circo Americano, que parecía americano de verdad. Allí, se asoció con Feijóo, con quien más tarde coloreó Madrid con el Price, el más imposible todavía. La cuadratura del circo. El siguió soñando incluso cuando un banco, cómo no, compró su circo.

Pinito del Oro (1931-2017)



Hay nombres que son premonitorios. Imaginen si no a Mª Cristina del Pino Segura apoyada en el trapecio con la cabeza, haciendo el pino, y tan segura que nunca quiso la protección de la red. La canaria Pinito del Oro, en cuyo árbol genealógico  se ataba la carpa, se subió al trapecio al fallecer su hermana y ya no se bajó hasta la última  función  del Price. Entre ambas fechas contempló desde las alturas los más importantes circos del mundo. Tres veces le venció la fuerza de la gravedad. Tres veces se superó a sí misma y a Newton para que los espectadores la buscaran como a las otras estrellas, las del cielo, mirando hacia arriba.


Daja Tarto (1904-1988)



El más estrambótico de los artistas españoles fue el conquense Gonzalo Mena Tortajada. Tras un fracasado intento de pasar a la historia como el torero Arenillas de Cuenca, vislumbró que su destino era el de ser fakir hindú. El nombre no fue problema, bailó las letras de su segundo apellido y encontró el menos manchego de Daja-Tarto. Empezó desayunando pequeños piezas metales, merendando cristales y cenando hormigón. Luego pasó a proezas como subir escaleras con sables como peldaños, enterrarse en el coso taurino mientras duraba la corrida -la muerte se frotaba las manos si se retrasaba el final del festejo- o incluso crucificarse en directo. Quien le vio en el Price quedó maravillado con este personaje, que bien podría haber sido imaginado por Sherezade.


Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)



Ramón tenía un circo por cerebro, sus pensamientos daban volatines y sus palabras, piruetas. Cada una de sus frases es una patada en la espinilla a lo convencional, una zancadilla a lo académico. Sus libros son modernos treinta o cuarenta modas después de su muerte.  Sus greguerías - metáfora más humor- son ventanas abiertas para que entre la brisa y, con ella, la posibilidad de que la vida imite al circo, el arte del que se enamoró y que le hizo subirse al trapecio en sus conferencias, para que sus frases dieran saltos mortales sin red.


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