Aún no he perdido la esperanza -aunque la tengo un poco despistada por los cerros de Úbeda o más allá- en que el actual Gobierno de la nación no se deje ni comprar ni amedrentar por los que no quieren que nada cambie, que sean valientes y se decidan a acometer los cambios que necesita nuestro sistema económico y productivo

OPINIÓN. Tribuna Abierta. Por Antonio Somoza
Periodista


19/01/21. Opinión. El periodista Antonio Somoza escribe en esta Tribuna Abierta para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la situación sanitaria y económica, en la que llevamos casi un año: “En nuestro país, el Gobierno de PSOE y UP, de momento, se ha limitado a hacer algunas declaraciones de intenciones que enseguida se han visto acalladas por la acción de empresarios y políticos de derechas...

...que les han acusado de tratar de imponer un modelo económico y social basado en la ideología, como si sus planteamientos no estuvieran afectados por una ideología depredadora y suicida”.

No es ideología, es supervivencia

Ya está aquí la tercera ola de la pandemia, y viene pegando fuerte. Tras el estrepitoso fracaso de las campañas “Salvar el verano” y “Salvar la Navidad”, enfrentamos unas semanas o meses inciertos en los que la actitud irresponsable de la mayoría de la clase política y de una parte importante de la ciudadanía la vamos a tener que pagar, la estamos pagando, en vidas humanas. En los primeros 15 días de 2021 se han contabilizado 2.477 fallecimientos por la pandemia y todo hace indicar que esta cifra va a crecer exponencialmente en las próximas semanas. No se trata de hacer comparaciones, pero sería bueno recordar que la Covid-19 ha matado en apenas dos semanas al triple de españoles que los que asesinó ETA en cuarenta años de actividad terrorista. Y, sin embargo, una parte nada despreciable de personas ponen en duda la existencia de la enfermedad o, al menos, se resisten a renunciar a ninguno de sus caprichos, al grito de “libertad”, aunque esos caprichos pongan en riesgo su propia viva o la de miles de compatriotas.


¿Cómo es posible que tantas personas muestren una actitud tan insolidaria e incluso suicida en una situación de tanto riesgo? A mi juicio se debe a una combinación letal de factores propios de la enfermedad y factores externos de tipo social y político. Entre los primeros, cabe destacar la gran cantidad de asintomáticos y la especial incidencia y gravedad que genera en personas mayores. Estas dos características propias del virus, que lo hacen especialmente peligroso y difícil de combatir, multiplican sus efectos por el bombardeo de noticias falsas procedentes de grupos negacionistas y por la irracional actuación de la mayoría de los políticos. En unos casos esta actuación de los políticos está determinada por las presiones de grupos de interés y, en otros, por miserables cálculos electores.

Es evidente que las imprescindibles medidas sociales para contener la pandemia suponen un esfuerzo, una renuncia a importantes derechos fundamentales. Y si las reticencias que podemos tener todos a renunciar a derechos que consideramos normales, se ven abonadas por discursos negacionistas o por mensajes políticos contradictorios; es normal que buena parte de la población, sobre todo la que menos expuesta está a los efectos más graves de la enfermedad, termine haciendo suyos los mensajes que les resulten más cómodos.

El bombardeo de mensajes negacionistas en las redes sociales es grave, muy grave, pero como decía en mi anterior artículo en El Observador, es más grave el eco que se hacen de los bulos los medios de comunicación convencionales y el papel de los partidos políticos de extrema derecha y derecha extrema difundiendo mentiras creadas por otros, cuando no, creando su propia realidad paralela para obtener réditos políticos miserables. A fecha de hoy, todos los políticos tienen una parte de responsabilidad en la situación que afrontamos y, su actitud, no me hace ser nada optimista  de cara a encontrar soluciones duraderas ante la realidad que se nos presenta tras la pandemia. En los meses de abril y mayo del año pasado, con la primera ola azotando fuerte, y sin un conocimiento claro del origen y las características de la enfermedad, al Gobierno no le quedaba más remedio que improvisar; ahora mismo la responsabilidad gubernamental me parece mucho mayor que entonces.

Puedo entender que cuando se logró doblegar la curva de contagios y fallecimientos se tratara de “salvar el verano”, de salvar la economía, a pesar de las dificultades que conllevaba el reto en una economía como la española demasiado dependiente del turismo de masas. Para ello, los políticos nos pasaron parte de la responsabilidad a la ciudadanía para que mantuviéramos unas pautas de comportamiento sensatas, mensaje que caló bien en buena parte de la población, pero que fue totalmente ignorado por demasiadas personas que se lanzaron a celebrar la nueva normalidad como si no hubiera un mañana. Lo que me resulta más complicado de entender es que, en plena segunda ola de contagios, la estrategia de todos los políticos se centrara en “salvar la Navidad” con los mismos esquemas con los que se fracasó en verano. Como era de esperar, el resultado de aplicar las misma medidas que en verano nos ha dado idénticos resultados..., en realidad los resultados han sido peores porque la Navidad, por su propia naturaleza, invita a más contactos personales que el verano y, además, el resultado que ahora afrontamos lo hacemos con una sociedad desencantada, desorientada y con unos sanitarios totalmente exhaustos.

Pero el problema no termina aquí. Es posible que en los próximos meses, con la aplicación masiva de vacunas, la pandemia de la Covid-19 termine por ser controlada y se supere la crisis actual y llegue el momento de la reactivación económica y social. La pregunta que deberíamos hacernos todos es que camino seguiremos cuando ese modelo llegue. ¿Volveremos al modelo de desarrollo que nos ha traído hasta aquí para repetir el mismo escenario en 20, 10 o 5 años? ¿O seremos capaces de aprender de nuestros errores y buscar un modelo de vida y de desarrollo más humano y sostenible?

La opinión de los expertos

Aunque a día de hoy no hay certezas absolutas sobre los motivos que nos han traído hasta aquí, muchos científicos apuntan que el origen de esta pandemia está directamente ligado a la actuación depredadora del hombre con la naturaleza. Esa actitud está detrás del cambio climático, en general y de los desequilibrios de hábitats naturales generados por una explotación masiva de los recursos naturales en bosques subtropicales. Si no cambiamos ese esquema de funcionamiento no sería raro que nuevas pandemias de origen zoonótico azoten a la humanidad o que el deshielo de zonas de taiga liberen bacterias o agentes infecciosos contra los que no tenemos remedios efectivos.

La explosión del turismo de masas y la deslocalización de la producción de alimentos, con el consiguiente incremento de vuelos transoceánicos, además de incrementar los niveles de contaminación y su efecto en el cambio climático; han contribuido a acelerar de manera exponencial la expansión de las pandemias, en el primero de los casos, y puede suponer una seria amenaza de desabastecimiento, en el segundo.

Por otra parte, la desigualdad social y el hacinamiento de personas en urbes cada vez más pobladas son dos de los factores que más han influido en la transmisión de la pandemia y en la gravedad de la misma y un escollo insalvable para acometer medidas de contención una vez que la epidemia está entre nosotros. Millones de personas se ven obligadas a vivir hacinadas en casas de tamaño mínimo en los barrios pobres de las grandes ciudades y, además, se ven obligadas a buscarse la vida porque no tienen ingresos distintos a los que les proporciona una actividad laboral precaria y sin ningún tipo de regulación. Todas estas personas son carne de cañón ante contagios masivos.

Finalmente, también hay un consenso bastante amplio entre la comunidad científica para determinar que, una vez que afrontamos una pandemia, las mejores defensas de que disponemos se encuentran en la Ciencia, para la obtención de remedios y vacunas, y en el fortalecimiento de los sistemas de salud para toda la población y no sólo para quienes se la puedan pagar. La falta de recursos sanitarios en los meses de marzo, abril y mayo del año pasado fueron sangrantes, aunque se podrían disculpar por lo inesperado de la situación. Bastante menos disculpable es la ausencia de rastreadores y la debilitación de la red de asistencia primaria de final del verano que propició la llegada de la segunda ola. Y es totalmente inexcusable que los políticos sigan sin reforzar los sistemas sanitarios para afrontar una tercera ola que, según las proyecciones, va a ser peor que la primera, a pesar de que los equipos médicos dispongan de mucha más información sobre la enfermedad de la que disponían en la primavera de 2020. Los expertos llevan desde principios de diciembre recomendando un confinamiento breve y estricto para evitar un nuevo estallido, pero los políticos estaban demasiado ocupados en “salvar la Navidad” y no oyeron sus recomendaciones.

La respuesta política

La respuesta política, a todos los niveles y sea cual sea su color político ha estado más mediatizada por los grupos de presión empresarial que por las recomendaciones de los expertos y que por las necesidades de la ciudadanía a la que deberían representar y defender. Y mucho me temo que, salvo que las personas de pie exijamos un cambio de rumbo radical en nuestra manera de relacionarnos con el planeta y con nosotros mismos, una vez superada la crisis sanitaria volverán a aplicar las mismas políticas que nos han traído hasta aquí, esperando obtener resultados diferentes. De locos.

Los políticos son plenamente conscientes de que tenemos que cambiar el rumbo para evitar vernos de nuevo ante el precipicio o en el fondo del abismo. Lo reconocieron expresamente con la aprobación del Acuerdo de París, firmado por 196 países en 2016 para la reducción de emisiones contaminantes, y lo han vuelto a reconocer en plena pandemia con el Pacto Verde Europeo que liga la utilización de fondos europeos al desarrollo de políticas de desarrollo sostenible, no contaminante. Lo tienen claro, pero, de momento, sólo en el papel ya que cuando llega la hora de aplicar políticas concretas, los grupos de presión del automóvil, el turismo, las compañías energéticas o de armamento, entre otros tienen recursos suficientes para comprar o doblegar a los gobiernos.

En nuestro país, el Gobierno de PSOE y UP, de momento, se ha limitado a hacer algunas declaraciones de intenciones que enseguida se han visto acalladas por la acción de empresarios y políticos de derechas que les han acusado de tratar de imponer un modelo económico y social basado en la ideología, como si sus planteamientos no estuvieran afectados por una ideología depredadora y suicida. Todas las protestas empresariales y políticas han tenido un notable seguimiento por parte de los medios de comunicación que apenas dejan espacio para difundir ninguna propuesta que amenace la situación de privilegio de los poderosos. A día de hoy, buena parte de la ciudadanía no ha tenido la posibilidad de conocer la urgencia de la situación y mucho menos de debatir si hay salidas distintas a la crisis.

De hecho, el actual gobierno ha tenido que recular en sus tímidas críticas al sector del turismo de masas, de la industria del automóvil y de las explotaciones agrarias en nuestro país y no han sido capaces de modificar las condiciones en los pobres, nacionales e inmigrantes, que recogen las cosechas en nuestros campos; ni han cambiado nada o casi nada las contrataciones en el sector de la hostelería; ni han sabido poner coto a la especulación con las viviendas ni de compra ni de alquiler; ni siquiera han sido capaces de cortar los abusos de las compañías energéticas que condenan a los más humildes a vivir pasando frío o completamente a oscuras, sin ningún tipo de remordimiento.

Aunque parezca imposible luchar contra semejantes gigantes; de vez en cuando hay iniciativas populares que hacen tambalear este entramado de intereses egoístas. Recientemente, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha aceptado una demanda promovida por 6 niños y jóvenes portugueses contra los 33 gobiernos de la UE por el incumplimiento reiterado de los compromisos del Acuerdo de París. Podéis ver un pequeño resumen de este hito en este video. Los tribunales supremos de Francia y Países Bajos ya han fallado en contra de sus gobiernos por iniciativas similares y en España, el Gobierno de PSOE y UP tendrá que responder ante los tribunales por la insuficiente ambición mostrada en su propuesta de Ley de Cambio Climático, tras una demanda presentada por Greenpeace, Ecologistas en Acción e Intermón Oxfam.

Y, ahora, cuando lo peor de la crisis sanitaria pase y comiencen a repartirse los fondos del Pacto Verde Europeo para la reconstrucción, se planteará una dura lucha política e ideológica para ver que destino se da a esos fondos. O estamos muy vigilantes o buena parte de ese dinero, esencial para nuestra supervivencia, terminará engrosando las cuentas corrientes de quienes más se han beneficiado de un modelo de desarrollo que nos ha traído hasta aquí. No hay más que ver las propuestas de destacados políticos de la derecha y la falta de reacción de la izquierda para que nos temamos lo peor. Hablan de reflotar un sector turístico sobredimensionado, de recuperar y multiplicar infraestructuras de transportes convencionales o de recuperar Madrid de los efectos de la nevada y se olvidan, una y otra vez, de modelos alternativos de producción energética, de fomentar la producción de alimentos a nivel local, de superar o, al menos, aminorar las desigualdades, de reforzar los sistemas públicos de Sanidad, Educación o Transporte.

Sólo nombrar estas posibilidades te valen una inmediata descalificación por parte de la derecha y una campaña mediática despiadada para resguardar los privilegios de los de siempre. En Málaga, ciudad y provincia, y en el conjunto de Andalucía el caso es sangrante. Toda la legislación que ha salido de la Junta en el último año va encaminada a facilitar aún más el modelo de turismo de masas que no sabemos si alguna vez volverá a ser lo que fue. Es increíble que en una ciudad como Málaga, con la mayoría de hoteles cerrados y con la hostelería en crisis por falta de clientela, nuestros políticos locales sólo piensen en utilizar los fondos COVID para hacer nuevas infraestructuras, puentes y túneles, que den mejor acceso a los nuevos hoteles rascacielos.

Tratad de recordar un sólo proyecto municipal que se aparte de esta línea. A mi, por más que pienso, los únicos proyectos que me vienen a la cabeza son el rascacielos del puerto para construir un hotel, las torres del Bosque Urbano, para construir más hoteles, el Hotel de Moneo junto a Atarazanas y el centro de hostelería gourmet de la plaza de la Merced.

Aún no he perdido la esperanza -aunque la tengo un poco despistada por los cerros de Úbeda o más allá- en que el actual Gobierno de la nación no se deje ni comprar ni amedrentar por los que no quieren que nada cambie, que sean valientes y se decidan a acometer los cambios que necesita nuestro sistema económico y productivo. Y, si no lo hacen ellos, que nosotros -malagueños, andaluces, españoles- nos inspiremos en los 6 jóvenes portugueses para lograrlo. No es ideología, es mera supervivencia.

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