Claro que estoy deseando que finalice esta pesadilla y podamos retomar el control de nuestras vidas, pero lo que no tengo tan claro es que desee volver a la normalidad de febrero de 2020 y, aunque lo deseara, no se si el planeta lo iba a resistir/permitir

OPINIÓN. Tribuna Abierta. Por Antonio Somoza
Periodista


02/02/21. Opinión. El periodista Antonio Somoza escribe en esta Tribuna Abierta para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre el futuro post pandemia: “Las manifestaciones y protestas para exigir una mayor implicación de todos para frenar el cambio climático se habían multiplicado por todos los continentes. Y la pandemia no es más que otra señal de alarma para que despertemos, para que introduzcamos cambios...

...en la “normalidad” que hagan posible que la Tierra siga siendo un planeta habitable para nuestros descendientes”.

¿Antes muertos que sencillos?

Esta pandemia que nos asola terminará más pronto que tarde. Lo deseamos, lo anhelamos... y si nos despistamos, ya se encargan los medios de comunicación de recordárnoslo.


-“Recuperar la normalidad”.
-“Volver a tomar cañas con los amigos”.
-“Hacer algún viaje a Kenia, Laponia, La Patagonia o Vietnam”.
-“¿Vietnam?... ¡Que antiguo!... ahora lo que mola son los cruceros por los mares de China y Filipinas con piratas incluidos”.
-“Y poder volver a los centros comerciales”.
-“Y, y, y....”

Ojo, que yo también estoy harto de las normas cambiantes, de las limitaciones al movimiento, de las mascarillas, de la frustración, de la incertidumbre, de la falta de empatía, del odio, de la enfermedad y de la muerte. Claro que estoy deseando que finalice esta pesadilla y podamos retomar el control de nuestras vidas, pero lo que no tengo tan claro es que desee volver a la normalidad de febrero de 2020 y, aunque lo deseara, no se si el planeta lo iba a resistir/permitir.

Aunque aún es pronto para asegurar nada, todo parece indicar que la enfermedad es una zoonosis que se generó por el salto del virus de especies animales salvajes al ser humano y evolucionó rápidamente, en un tiempo récord, a pandemia mundial por la facilidad de desplazamientos masivos por motivos laborales o de ocio. Tanto el origen como la rápida difusión de la enfermedad están íntimamente relacionados con esa “normalidad” que dejamos atrás hace apenas un año.

La aparición de zoonosis están íntimamente ligadas a los procesos de degradación de hábitats naturales en zonas de bosques tropicales y subtropicales, cada vez más amenazados por un sistema de producción agropecuaria que está arrasando selvas y bosques en Asia, África y Latinoamérica para disponer de más superficie para el cultivo intensivo de soja, palma y otras especies de interés agroindustrial o para extender las cabañas ganaderas hasta el infinito y más allá. El destino final de esa producción agraria y ganadera no es la alimentación de las poblaciones próximas, que siguen y seguirán pasando hambre y necesidad. El destino final es surtir a las grandes industrias alimentarias de materias primas para abastecer a los mercados del mundo desarrollado de alimentos procesados con aditivos, en muchos casos adictivos, que nos apartan de una dieta equilibrada y sana para las personas e insostenible para el medio ambiente.

La rápida transmisión de la pandemia, por otra parte, está íntimamente relacionada con la cantidad de vuelos transoceánicos por motivos laborales o de ocio que veíamos como algo natural en la “normalidad” previa al estallido de la pandemia. Los viajes de trabajo se han multiplicado exponencialmente con la deslocalización de empresas, muchas de ellas radicadas en el primer mundo, que han llevado la producción a países lejanos en los que los trabajadores cobran sueldos propios del s.XIX y no tienen ningún derecho laboral. El transporte por barco o por avión de los productos elaborados en la otra parte del globo terráqueo para ser vendidos en centros comerciales y en las calles Larios de todas las ciudades de occidente a precios del s.XXI hace que se disparen los beneficios de esas empresas; mientras que las personas que trabajan para estas firmas en India, China, Vietnam, Bangla Desh, Brasil, Perú, R.D. del Congo o Etiopia siguen haciéndolo en condiciones de semi exclavitud, con unos sueldos miserables y sin derechos laborales.

Otro tanto cabría decir de los viajes transoceánicos por motivos turísticos. El turismo de masas, del que en Málaga, Andalucía y España participamos como viajeros y como receptores de visitantes, es difícilmente sostenible por el gasto energético y la contaminación que se genera en el aire y en el mar por la explosión de vuelos y cruceros. Y, además, conlleva una perdida del sentido originario de una actividad, el viaje, que a lo largo de la historia ha sido vehículo para la difusión de la cultura y para el conocimiento de otras realidades sociales de las que, en ocasiones, extraíamos enseñanzas y, en otras, aportábamos visiones alternativas de la realidad. Hoy en día, la motivación del viaje es mayoritariamente otra. No interesa interactuar con personas de otras razas y otras culturas, de hecho muchos paquetes turísticos están pensados para que el viajero no salga siquiera de las instalaciones del hotel. En muchos casos, el objetivo de los turistas es más de postureo..., compartir una aurora boreal desde Islandia, sacarse un selfie ante el Perito Moreno o compartir un video desde Hobbiton, la aldea/parque temático de los hobbits en Nueva Zelanda. El placer por el viaje no está en el camino, ni siquiera en el destino; el placer reside en infundir envidia en su circulo de influencia que no puede sufragarse un viaje a las antípodas o una semana de barra libre en un hotel de lujo de Yucatán.

Y no se trata de compartir nada con los habitantes de nuestro lugar de destino (no hay escalas intermedias en esta nueva manera de viajar, no se hace camino al andar). Los usuarios de este modelo turístico, aspiran a viajar a lugares exóticos, pero no demasiado, en los que poder reproducir los mismos comportamientos que mantienen en sus países de origen: el turismo de borrachera, el de los grandes resorts con todo incluido, el tour relámpago para acaparar selfies en los lugares más pintorescos, sin tiempo para la reflexión, para el contacto directo con los lugareños..., ese es el modelo de turismo que hemos creado y  cuya recuperación inmediata es una de las aspiraciones de esa”normalidad” añorada.

Antes de que estallara la pandemia, buena parte de la ciudadanía, especialmente los más jóvenes, se había comenzando a movilizar para exigir a las autoridades un cambio de rumbo en nuestra manera de relacionarnos con el planeta. Las manifestaciones y protestas para exigir una mayor implicación de todos para frenar el cambio climático se habían multiplicado por todos los continentes. Y la pandemia no es más que otra señal de alarma para que despertemos, para que introduzcamos cambios en la “normalidad” que hagan posible que la Tierra siga siendo un planeta habitable para nuestros descendientes.

La pandemia, surgida en hábitats naturales degradados por la avaricia de los ricos y la necesidad de los pobres y extendida rápidamente por efecto de los viajes transoceánicos, se ha valido de la desigualdad para desarrollar todo su potencial letal y, además, ha servido de alimento para generar nuevas desigualdades y ahondar las existentes. Es cierto que el virus puede infectar a cualquiera, pero no es menos cierto que las posibilidades de contagio se multiplican si vives hacinado en una infravivienda que si disfrutas de una casa unifamiliar con espacio y hasta jardín. También tienes mayor riesgo de enfermar si tienes un trabajo presencial que te obliga a coger todos los días el metro que si puedes desarrollar tus tareas desde casa gracias al teletrabajo. Las posibilidades de contagio se multiplican si, además, no tienes una relación laboral digna y te ves obligado a ir a trabajar a diario, aunque no te encuentres bien, porque el sustento de tu familia depende de tus ingresos cada jornada. Y, en el caso de enfermar, los menos favorecidos de la sociedad necesitan que funcione la sanidad pública, mientras que los poderosos tienen recursos para tener una buena asistencia médica.

La desigualdad, que nos asola en nuestros pueblos, barrios o ciudades, se amplifica aún más, si tenemos en cuenta el planeta en su conjunto. A las desigualdades entre personas, se suma otra entre países que agrava aún más el problema. El escaso tejido sanitario público en países de África, Asia y Latinoamérica y las dificultades que pueden tener para acceder a la vacuna, ponen a millones de seres humanos en una situación de riesgo extremo de empobrecimiento severo, enfermedad y muerte.

La situación es complicada, pero reversible. Hay conocimiento, hay imaginación, hay recursos (aunque mal repartidos) y sólo hace falta saber si hay voluntad cívica para buscar una “normalidad” alternativa a la que nos ha traído hasta aquí. El conocimiento, la imaginación humana y los recursos naturales y tecnológicos nos permitirían asegurar una calidad de vida digna para todos los seres humanos; sin esquilmar los recursos naturales. Evidentemente, no todos los habitantes del planeta podemos cambiar de móvil todos los años, ni viajar todos a las antípodas, ni cambiar de coche, ni caer rendidos a la moda cada estación del año. Una “normalidad” con futuro nos obligaría a moderar nuestro espíritu consumista a fomentar la colaboración entre iguales, a potenciar todos los recursos sanitarios, educativos, energéticos y asistenciales para que den cobertura a toda la población.

Y aquí es donde surge la duda... ¿Antes muertos qué sencillos?

¿Estamos dispuestos a renunciar a algo para dar un respiro al planeta? ¿O nos sumergimos por completo en la normalidad pre pandemia? ¿Nos pedimos un chuletón de vaca brasileña o unas verduras de Coín a la parrilla? ¿Frenamos o aceleramos?

La opción del frenazo no supone una vuelta a las cavernas, simplemente un acto para acometer de una manera más prudente el cambio de dirección que requiere el sistema para navegar en armonía con el planeta. No hay que renunciar a las ventajas de la tecnología, ni a los avances científicos, pero hay que apostar por enfocarlos de manera prioritaria al bien común. No se trata de volver a cosechar con la hoz, ni a recuperar las cadenas humanas de montaje de maquinaria. Todo avance que evite a los seres humanos realizar trabajos penosos o alienantes debería ser utilizado, pero los benefiicios obtenidos por la automatización de puestos de trabajo, no puede beneficiar sólo al empresario y dejar en la estacada a todos los trabajadores que dependen de ese oficio para subsistir. La generación de riqueza debería servir para mejorar las condiciones de vida de todos y no sólo para engrosar la fortuna de unos pocos.

No se si será un sueño, pero a mi gustaría que cuando recuperemos la normalidad, además de tomar unas cervezas, nos preocupemos por exigir el fortalecimiento de los servicios públicos vitales, nos replanteemos el viaje de 10 días a la Conchinchina, luchemos por una fiscalidad más justa, vivamos con un ritmo soportable para el planeta. Formemos cooperativas de producción energética limpia, de asistencia domiciliaria, de reparacaión de averías;  fomentemos el comercio de proximidad, recuperemos el espíritu de los viajes como caudal inagotable de conocimientos en el destino..., y en el camino que hemos recorrido. Y si, podremos hacer fotos con el teléfono, aunque no estaría de más plantearnos ¿en qué condiciones se explota el coltan que nos permite capturar y compartir ese momento?

Al tiempo que amoldamos nuestro modo de vida a la “normalidad” que debería ser, hay que exigir a los políticos una defensa a ultranza y un refuerzo de los sistemas públicos de Sanidad y Asistencia. La Salud de los seres humanos no puede ser una mercancía; ni en la asistencia primaria, ni en la producción farmacéutica, ni en ningún nivel de la Sanidad; ni de la Educación; ni en el acceso a una vivienda digna; ni pensiones suficientes, ni ningún otro derecho fundamental de las personas. Los derechos humanos son eso, derechos y no un tipo de mercancía al que puedes acceder o no en función de tus ingresos.

Pero, ¿hay recursos para eso? Para eso y para más; por ejemplo para instaurar una Renta Básica Universal. El problema es que los recursos están repartidos de manera muy desigual y como decía antes esta desigualdad se ha agravado durante la pandemia. En estos doce últimos meses, mientras millones de personas se infectaban y morían, mientras decenas o cientos de millones en todo el planeta se arruinaban; mientras todos hemos vivido con el corazón en un puño, unos pocos aumentaban sus ganancias y añadían ceros a unas fortunas obscenas, que nunca se podrán gastar por más años que vivan. Justo antes de la crisis la capacidad de generar riqueza en el mundo había alcanzado las mayores de cotas de la historia, pero con el problema de que esa riqueza se acumula en pocas manos, mientras la mayoría de la población afronta un presente y un futuro descorazonador.

Para lograr financiación para la promoción de la ciencia, para el fortalecimiento de los servicios públicos, para asegurar las pensiones, para el ejercicio de los derechos fundamentales habría que dar la vuelta a la legislación europea, nacional o regional que permite la existencia de paraísos fiscales o la radicación en los mismos de empresas que comercian en nuestros países. Ni los clásicos Andorra, Gibraltar ni los de nuevo cuño como Holanda o Irlanda, ni los caseros, como la Comunidad de Madrid u otras comunidades con regímenes forales. Desde Europa se deberían establecer una armonización fiscal para todo el territorio de la Unión y una obligatoriedad para las compañías de tributar en el país en el que ha realizado el negocio.

Ya puestos, la misma Unión Europea podría legislar en beneficio de sus propios trabajadores y de los explotados en talleres lejanos y aprobar una norma anti “dumping social y ambiental” que impida hacer negocios en suelo europeo a las empresas que no tengan contratados a sus trabajadores en unas condiciones mínimas de dignidad o desarrollen procesos no respetuosos con el medio ambiente. Y los ingentes beneficios que proporciona la explotación humana no van al país en el que se producen las mercaderías ni en el que se consumen. En su mayor parte se desvían a estos lugares mágicos en los que los “muchimillonarios” atan los perros con longanizas. Bastaría con que todos estos fondos escondidos vieran la luz y que las normas obligaran a la proporcionalidad fiscal que pregona la Constitución. Sólo con eso, todas estas iniciativas, que pueden ser básicas para la supervivencia, se podrían acometer y los ricos seguirían siéndolo, pero un poco menos.

Es preciso reivindicar el papel que juegan los impuestos, sobre todo los directos y proporcionales, en la cohesión de las sociedades, en la posibilidad de proporcionar a la ciudadanía derechos fundamentales para su desarrollo como persona. Hay que reivindicar el papel de la cooperación y la solidaridad en el avance de las sociedades humanas frente a la tendencia neo darwinista de supervivencia de los fuertes. Y los mensajes que recibe la población no van siempre por ese camino. Junto a los mensajes de ampliar derechos y ayudas y rebajar impuestos, simultáneamente; propias de políticos populistas, hay una tendencia a ver como normal que las personas más privilegiadas que, en muchos casos, sirven de modelo social, establezcan su residencia en un paraíso fiscal. Antes eran deportistas o estrellas del espectáculo y ahora son youtubers e influencers los que se van a vivir a Andorra para no declarar impuestos en España “porque hay demasiados políticos y cobran mucho”. Curiosamente no se preguntan si en su país hay suficiente personal sanitario, suficientes bomberos, suficientes maestros. Eso no. Yo puedo estar de acuerdo con la letra de su disculpa. Efectivamente hay demasiados políticos, demasiados chiringuitos de todo tipo desde la Casa Real hasta oficinas locales a la medida de los amigos y cobran demasiado, pero no por ello dejo de pagar impuestos. En todo caso, lucho y protesto para que mis impuestos se dediquen a lo que considero imprescindible.

Los youtuberes e influencers que se han ido a vivir a Andorra, no. Ellos prefieren buscar la manida escusa de los políticos y no ayudar con una parte de sus millonarios ingresos a mejorar la red de asistencia social que puede salvar la vida a sus “followers”. Porque los ingresos de estos nuevos fenómenos, nacidos al abrigo de las redes sociales, vienen de su capacidad de convencer a sus seguidores que la felicidad está en el consumo de los productos que venden sus empresas patrocinadoras. Su nivel de vida depende estrechamente de su habilidad para convencer a sus seguidores -ahora sin interrogaciones- de que “antes muertos que sencillos”.

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