“El innegable aumento de la desigualdad en nuestras sociedades impide que el factor esfuerzo y mérito personal sea decisivo en la mejora de las condiciones individuales y de las familias

OPINIÓN. Charlas con nadie

Por Manuel Camas
. Abogado

09/11/21.
Opinión. El conocido abogado Manuel Camas escribe su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la meritocracia, o la ausencia de ella: “La verdad es que nuestro éxito y nuestro futuro dependen casi siempre fundamentalmente de la posición social, de nuestro entorno familiar, de la herencia y los contactos, lo podemos matizar con algo de suerte y...

...el esfuerzo personal, pero con escasas excepciones”.

Meritocracia

Los mileniales se han dado cuenta de que la meritocracia no existe y no importa lo duro que trabajes.


Este titular me dejó impresionado, es el de una entrevista publicada el pasado 25 de octubre, en SModa, Trabajo, El País, realizada por Noelia Ramírez a Anne Helen Petersen, autora del ensayo <Cómo los millennials se han convertido en la generación quemada>.

La entrevista se realiza con motivo de la publicación del libro No puedo (Capitán Swing, 2021), una exhaustiva investigación y análisis que pone contexto al cansancio generacional, que ofrece claves, y muchos datos, para entender de qué hablamos cuando hablamos de generación quemada.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la meritocracia es el sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales.

El concepto es aplicado en un sentido amplio a toda la estructura de poder social, la idea de meritocracia está relacionada con la distribución de bienes y beneficios basada en el talento y esfuerzo individual, constituyendo un principio que legitima la distribución desigual de los recursos en sociedades modernas (JC Castillo y otros, Csic).

Según Wikipedia, las jerarquías son conquistadas por el mérito, y hay un predominio de valores asociados a la valoración de la capacidad individual frente a los demás y por tanto del espíritu competitivo.

Encuentro en La Vanguardia una taxonomía de las generaciones que me resulta curiosa y que se justifica según el propio artículo (15 de julio de 2018) en que tener información sobre un colectivo, y sobre cómo este interactúa o reacciona a los sucesos económicos, sociales o tecnológicos que ocurren a su alrededor, es una herramienta muy valiosa.

Así clasifican las generaciones, en función de una circunstancia histórica y le otorgan un rasgo característico:

La Silent Generation, los niños de la guerra, los nacidos entre 1930 y 1948, afectados por conflictos bélicos tienen como rasgo característico extendido, según esa clasificación, la austeridad.

Los que pertenecemos al Baby Boom, nacidos entre 1949 y 1968, en circunstancias de paz y explosión demográfica, nos caracteriza la ambición.

La Generación X, fruto de la crisis del petróleo y de la transición política en España, nacidos entre 1969 y 1980, según ese análisis tienen obsesión por el éxito.

Los millennials, entre 1981 y 1993 están marcados por el inicio de la digitalización y su característica, insisto nuevamente, según ese estudio, es la frustración.

La Generación Z, entre 1994 y 2010, afectados por la expansión masiva de internet, se caracterizan por la irreverencia.

Supongo que a todo esto se puede aplicar lo de los horóscopos, por ponerle algo de humor, especialmente a la generación de la frustración de la que hablamos, podría tener ascendiente de obsesión por el éxito o de influencias irreverentes.

El trabajo que refiero al inicio de este artículo nos habla de los que están ahora entre los 28 y 40 años, la entrevistada manifiesta:

<Creo que los mileniales se han dado cuenta de que no importa cuán duro trabajes y si has seguido el camino que debías, las cosas pueden cambiar muy rápido y serás reemplazado a no ser que provengas de una familia muy rica y poderosa. Puedes haber ido a los mejores colegios, habértelo currado muchísimo, conseguir un empleo y trabajar duro, pero eso no te garantiza éxito o estabilidad. Y esto tiene poco o nada que ver con el individuo y más con los sistemas que le han puesto en esa posición de vulnerabilidad>.

La conversación sobre la meritocracia está en plena ebullición. Expresa su  crisis el filósofo de la Universidad de Harvard Michael Sandel, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018 y autor del libro La tiranía del mérito (Debate): <Aquellos que han llegado a la cima creen que su éxito es obra suya, evidencia de su mérito superior, y que los que quedan atrás merecen igualmente su destino>.

La verdad es que nuestro éxito y nuestro futuro dependen casi siempre fundamentalmente de la posición social, de nuestro entorno familiar, de la herencia y los contactos, lo podemos matizar con algo de suerte y el esfuerzo personal, pero con escasas excepciones.

Según Sandel, <Hoy en día, no obstante, los países con mayor movilidad tienden a ser también aquellos con mayor igualdad. La capacidad de ascender, al parecer, no depende tanto del deseo de salir de la pobreza como del acceso a la educación, la sanidad y otros recursos que preparan a las personas para tener éxito en el mundo laboral. (…) La fe estadounidense en que, si trabaja y tiene talento, cualquiera puede ascender socialmente ya no encaja con los hechos observados sobre el terreno. Esto tal vez explica por qué la retórica de las oportunidades ha dejado de tener la fuerza inspiradora de antaño. La movilidad ya no puede compensar la desigualdad. Toda respuesta seria a la brecha entre ricos y pobres debe tener muy en cuenta las desigualdades de poder y riqueza, y no conformarse simplemente con el proyecto de ayudar a las personas a luchar por subir una escalera cuyos peldaños están cada vez más separados entre sí>.

El innegable aumento de la desigualdad en nuestras sociedades impide que el factor esfuerzo y mérito personal sea decisivo en la mejora de las condiciones individuales y de las familias y lo que es peor, el que no consigue ascender socialmente y mejorar acaba sufriendo un estigma social de fracaso que es injusto.

Quizás debamos buscar en esas reflexiones el origen de la frustración y tras ella de los populismos.

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