Camas cree que la idea de Unamuno sobre la guerra “puede ser traída a la vida cotidiana para aquellos casos en los que la mera imposición, aunque sea la de la mayoría, no es suficiente”

OPINIÓN. Charlas con nadie

Por Manuel Camas
. Abogado

16/11/21.
Opinión. El conocido abogado Manuel Camas escribe su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre los consensos: “Las grandes cuestiones, la Constitución, pero no solo ella, también toda la arquitectura jurídica esencial que la rodea, estatutos de autonomía y su financiación, nombramientos de órganos constitucionales, sistema electoral, etc., no deben...

...ser alterados sin grandes consensos, así lo exige la propia Constitución, pero sobre todo lo exige el sentido común”.

Venceréis, pero no convenceréis

<Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho>. Según la historia que varias generaciones de españoles han aprendido, así terminó Miguel de Unamuno su interpelación al general José Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Así se redimió el intelectual vasco de su apoyo a los golpistas, y así se convirtió en símbolo de la democracia contra la dictadura.


Lo escribía Sergio del Molino, autor, entre otros, del ensayo <La España vacía> (2016), en el diario El País el 9 de mayo de 2018, haciendo una recensión del trabajo del historiador Severiano Delgado Cruz sobre este episodio, en el que se concluye que nunca sucedió lo que se relata.

La frase, icónica, la puso nuevamente de moda la película de Alejandro Amenábar, <Mientras dure la guerra> (2019) que incorpora la supuesta escena de enfrentamiento de don Miguel Unamuno con el general sublevado Millán Astray.

Ni lo acontecido en la película, ni lo relatado por Hugh Thomas en su célebre monografía, The Spanish Civil War (1961) tiene una base realmente cierta, procede de un artículo Unamuno’s Last Lecture, publicado en Gran Bretaña, en 1941, por Luis Portillo, en la revista literaria, Horizons.

Lo sucedido aquel día en el Paraninfo, donde no estaba Luis Portillo, con toda probabilidad se produjo en un contexto bélico, exaltado y cutre, de vociferación y frases entrecortadas; solamente hay que observar las fotografías, que sí existen, tomadas de la salida de Unamuno del lugar, para ver el tipo de público e imaginarlo todo.

La frase, sin embargo, sí la pronunció el rector Miguel de Unamuno en otras ocasiones <Tenéis que tener en cuenta que vencer no es convencer y conquistar no es convertir>.

Unamuno saliendo del paraninfo de la Universidad de Salamanca después de su enfrentamiento con Millán Astray

Al margen del salvajismo de las guerras, la idea puede ser traída a la vida cotidiana para aquellos casos en los que la mera imposición, aunque sea la de la mayoría, no es suficiente.

La cuestión me vino a la mente en un almuerzo con un amigo que no entendía cómo no se abordaban modificaciones constitucionales, entre otras por ejemplo, optar por la República, para él resultaba evidente dada la justicia intelectual de sus argumentos.

Las grandes cuestiones, la Constitución, pero no solo ella, también toda la arquitectura jurídica esencial que la rodea, estatutos de autonomía y su financiación, nombramientos de órganos constitucionales, sistema electoral, etc., no deben ser alterados sin grandes consensos, así lo exige la propia Constitución, pero sobre todo lo exige el sentido común.

Las consecuencias son malas cuando esos consensos se quiebran, lo que desgraciadamente ocurre con más frecuencia de la que a veces nos damos cuenta.

Ejemplos de consenso roto fue el nuevo Estatuto de Cataluña declarado parcialmente inconstitucional. El Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, cargado de voluntarismo y buenismo, en un ciclo que él lidera, de cambios trascendentes para nuestra sociedad en materia de igualdad (matrimonio homosexual, dependencia), presionado por Pascual Maragall, comete el error de sacar adelante un Estatuto con las mayorías que en ese momento proporcionaba el nacionalismo catalán y el PSC, mayoría más que suficiente tanto en Cataluña como en las Cortes para aprobarlo en aquella coyuntura. Se tocó así una pieza esencial del engranaje de nuestra arquitectura constitucional sin contar con el Partido Popular, de hecho, aunque las mayorías lo permitieron, se rompió el consenso, de aquellos barros vienen parte de los lodos que aún hoy sufrimos.

Frente al cambio que el nuevo Estatuto suponía, la falta de diálogo y consenso generó que se pusiera enfrente una parte sustancial de la sociedad, marginada en Cataluña y en el resto del Estado de la negociación de esos cambios.

Lo mismo ocurrió, aunque adulterando la naturaleza del consenso, con la renovación de órganos constitucionales, esta vez auspiciada por Aznar, aceptada por Zapatero en la oposición. Se adultera su elección porque se acepta que consenso significa tú pones los tuyos, yo <me pongo una pinza en la nariz> y viceversa. Consenso en esos contextos de elección de magistrados del Tribunal Constitucional o de vocales del Consejo General del Poder Judicial, significa ponerse las dos partes en la línea de lo admisible para ambas.

Comentando hace años estas cuestiones con un amigo magistrado, me advertía acertadamente que las propuestas nada tienen que ver con la independencia, sino con las ideas. Obviamente cada uno propone personas con ideas cercanas a las suyas y normalmente los elegidos se comportan de manera consecuente con lo que piensan.

Es evidente, así debe ser y así es, precisamente por eso es importante también que se vayan renovando los cargos designados, de manera atenuada, según cambian las mayorías políticas. Sin embargo, desgraciadamente el sistema, por falta de consensos reales, lo hemos ido pervirtiendo hasta tener que taparnos la nariz.

En estos días vemos que los grandes partidos son incapaces de encontrar entre jueces y magistrados, Universidad, abogados, letrados de la administración de justicia, abogacía del estado, letrados de las Cortes, y demás altos cuerpos jurídicos del Estado, cuatro personas, obviamente con ideología y pensamiento propio, pero sin sombras de dudas sobre que no sean <partidarios>.

Mejor convencer, así vamos hacia adelante, convencer, exponer y confrontar argumentos, ceder cuando los argumentos del otro son válidos, esforzarse en comprender al otro, que casi siempre tiene alguna razón, así todos ganamos.

Puede ver aquí anteriores artículos de Manuel Camas