Pasamos del miedo a la euforia, del respeto al enemigo invisible a pasarnos las normas por el arco de nuestra locura

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


28/05/20. Opinión. El programador informático Francisco Palacios continúa con su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com con un artículo sobre las diferentes fases de la crisis del coronavirus: “A la par, la tensión política subía a un ritmo superior, adelantándonos por derecha e izquierda. En un intento de sacar rédito político de los momentos más oscuros de la Historia reciente, no ha importado...

...nada ni nadie, se han creado trincheras donde debería haber sólo puentes y nos han metido en ellas a empujones. Porque estás conmigo o contra mí”.

La Escalera de Penrose

La escalera de Penrose es una de esas maravillas con las que las Matemáticas engañan a nuestros pobres y limitados sentidos. Es una ilusión óptica en la que una escalera cerrada nos da la sensación de siempre bajar o subir sin fin, según el sentido en el que vayamos girando en ella.


Llevamos tres meses dando vueltas en esta escalera. Al principio, giramos descendiendo hasta la puerta misma del infierno, sumando víctimas en cada peldaño, aislándonos contra nuestra propia naturaleza de animales sociales, convirtiéndonos en islas separadas, cercanas pero al tiempo lejanas. Cada giro parecía que nos hundía más y más, en una bajada sin límite que ponía a prueba nuestras fuerzas.

Sin embargo, esa bajada al Averno nos hizo ser conscientes de que podíamos vivir sin tanto objeto superfluo, sin tanto gasto inútil, y nos puso delante de nuestras narices lo realmente importante: la familia, los amigos, las personas a las que queremos, o a las que queremos querer. Sobrevivimos con las videoconferencias, con las llamadas, sacarinas de la vida real, del tacto, de la cercanía y el calor humano.

Llegó el ansiado día y giramos sobre nuestros talones. Era el momento de volver a ascender, de salir de nuestros agujeros para volver a notar el sol y el aire fresco en la cara, para dejar de envidiar a los que tenían terraza. Lo hicimos con restricciones, necesarias e imprescindibles para no volver a caer rodando por la dichosa escalera. Paseamos, corrimos, hicimos deporte y fuimos a la peluquería para dejar atrás el reflejo de nuestro confinamiento en el espejo.

A la par, la tensión política subía a un ritmo superior, adelantándonos por derecha e izquierda. En un intento de sacar rédito político de los momentos más oscuros de la Historia reciente, no ha importado nada ni nadie, se han creado trincheras donde debería haber sólo puentes y nos han metido en ellas a empujones. Porque estás conmigo o contra mí. Porque creen que esto no es más que una carrera, cuando todos vamos pedaleando en el mismo tándem, y el palo que uno de ellos meta en las ruedas nos hace caer a todos.

Seguimos ascendiendo hacia la misma falsa sensación de libertad que teníamos antes de la pandemia. Una libertad que nos obliga a consumir, a viajar o a recibir viajeros, a agolparnos sin poder seguir las más mínimas recomendaciones de seguridad. Volvemos a nuestras jaulas de oro, con la diferencia de que, ahora, además de jugarnos el bolsillo, nos jugamos la vida. Volvemos a anteponer lo accesorio a lo imprescindible, lo económico a lo vital, el vil metal a la vida.

Rendimos homenajes hipócritas a quienes luchan cada día por salvarnos la vida, y a la vez les hacemos llorar con nuestro comportamiento insensato e insensible. Pasamos del miedo a la euforia, del respeto al enemigo invisible a pasarnos las normas por el arco de nuestra locura.

No somos conscientes de que un ligero traspiés nos puede llevar a una cama de hospital, a pasar semanas en coma inducido, a vivir pegado a un respirador sin saber si volveremos a despertar de ese sueño en el que se nos sumerge. Y todo, ¿por qué? ¿Por posturear al borde del mar, haciendo lo mismo que podrías hacer en casa? ¿Por protestar, buscando una libertad que nadie te ha quitado? ¿Por un baño, una tapa, una caña? Parece que no nos enteramos de que el mal sigue ahí, agazapado, esperando el momento en que te relajes, para adueñarse de tu vida y la de los tuyos, para convertirte en un número más, una muesca en su contabilidad oscura y negra.

Quizás sea el momento de pararnos en la escalera, y mirar dónde estamos, y sobre todo, dónde queremos llegar. Si todo este esfuerzo sólo sirve para volver al mismo lugar del que partimos, poca enseñanza habremos sacado de esta pesadilla, y correremos el riesgo de volver a tropezar con la misma piedra una y otra vez, con la esperanza de convertirla en arena pero sin entender que antes habremos caído de nuevo, rodando, rodando, y probablemente más profundamente.

Puede leer aquí anteriores artículos de Francisco Palacios:
- 14/05/20 La paguita

- 07/05/20 Lo andaluz molesta
- 30/04/20 Desescalando
- 23/04/20 Política de la pesadumbre
- 16/04/20 La hipocresía en tiempos del coronavirus
- 13/04/20 Cosas que sí, cosas que no
- 02/04/20 Ni héroes, ni limosnas, ni salvapatrias
- 26/03/20 Lo mejor y lo peor
- 19/03/20 Y si…
- 12/03/20 Histeria colectiva
- 05/03/20 Machitos ibéricos
- 27/02/20 El nuevo andalucismo
- 20/02/20 Déjame pensar, te dejo cabrearte
- 13/02/20 Liberticidas
- 06/02/20 Presos, inhabilitados, condenados
- 30/01/20 La nación vaciada
- 23/01/20 La agenda del embustero
- 16/01/20 No ni ná
- 09/01/20 Ranciocinio

- 19/12/19 Peloteros y sus pelotas
- 12/12/19 Presos de las palabras
- 05/12/19 Otro 4D
- 28/11/19 1028
- 21/11/19 Reptiles en el fondo
- 14/11/19 Pedro y el lobo
- 07/11/19 El bueno, el feo, el malo, el más malo y el peor
- 30/10/19 Los ‘templaitos’
- 24/10/19 Cojos a la carrera
- 17/10/19 El malaguita