Nuestro mantra siempre ha de ser el mismo: Andalucía es nuestra Nación, D. Blas Infante es el Padre de nuestra Patria

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


09/07/20. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre el andalucismo: “Es un andalucismo nuevo, que debe ser claramente de izquierdas, abandonando esa indefinición que tanto nos costó en el pasado, esa transversalidad sin sentido que no aporta nada positivo, tan solo el despiste y la desorientación...

...del votante. Nació de la defensa del jornalero, de la pobreza intrínseca e imposible de romper de un pueblo oprimido bajo la mano férrea de un centralismo que nos convirtió en una colonia interior y que nos robó, y sigue robando, nuestras señas de identidad”.

El Rebrote

Cada día lo tengo más claro. Las circunstancias están contribuyendo, de alguna oscura manera, a que haya un rebrote. No del covid, que para eso no hacen falta extrañas circunstancias sino un buen número de carajotes, y de esos tenemos para exportar. No, me refiero al andalucismo.


A pesar de los intentos de años de socialistas y populares de apropiarse del mensaje de D. Blas Infante, vaciarlo de contenido y convertirlo poco más que en una postal folclórica, como todos los referentes andaluces, a pesar de los negacionistas de la extrema derecha, tengo la sensación de que revive y resurge de las cenizas del ostracismo en las que llevaba sumido los últimos años. Aguanta en algunos municipios en los que hasta llega a tener el gobierno en sus manos, y sobre esa base vuelve a coger fuerzas.

Me baso en lo que suelo leer a diario en redes sociales; gente de todos los lugares del Estado que, ante todo lo que huela a un movimiento nacionalista con raíces andaluzas, responde con fuerza inusitada, con una rebeldía y una violencia que no observo ante otros nacionalismos como el catalán o el vasco. Y esa respuesta no puede venir nada más que del miedo, el terror a una fuerza proveniente del Sur, un viento que llegue a Madrid y llene 61 escaños de acento andaluz, con dueños andaluces y sin un amo madrileño que los mueva a su antojo. Un pánico que sobrecoge y que saca lo más rancio del españolismo más conservador y tardofranquista. El mismo pánico que puso todos los palos posibles en las ruedas para que Andalucía no fuera nacionalidad histórica, y que este Pueblo supo romper en las calles, costando, incluso, la vida de uno de los nuestros.

Es un andalucismo nuevo, que debe ser claramente de izquierdas, abandonando esa indefinición que tanto nos costó en el pasado, esa transversalidad sin sentido que no aporta nada positivo, tan solo el despiste y la desorientación del votante. Nació de la defensa del jornalero, de la pobreza intrínseca e imposible de romper de un pueblo oprimido bajo la mano férrea de un centralismo que nos convirtió en una colonia interior y que nos robó, y sigue robando, nuestras señas de identidad. Y ahora debe mirar también al estudiante que emigra, al autónomo que lucha por abrir el cierre cada día, a los profesionales que estan peor pagados, simplemente, por trabajar aquí. Ellos son los nuevos jornaleros.

El andalucismo es de izquierdas o no es. Como tal, debe reivindicar lo que nos une a todos, que no es más que el alegato a favor de las clases bajas y medias andaluzas, la protección de nuestros recursos naturales frente a las empresas que lo expolian y anteponen sus intereses bastardos sobre nuestra riqueza natural. Tiene que dejar atrás la visión romántica de los verdes valles y los pueblos blancos, que Susana Díaz usa para hablar de la Arbonaida, cuando en realidad su origen está en los omeyas. Pero eso sería demasiado para una socialista. Lógico.

El nuevo andalucismo ha de ser ecologista, feminista, defensor de los derechos de todos. Tiene que luchar contra el robo y el dumping fiscal al que nos someten otras comunidades que se nutren de los beneficios de las empresas radicadas en nuestro territorio y que, a la vez, nos llaman subsidiados, cuando lo son ellos. Debe reivindicar el andaluz como lengua, confrontándose con todos aquellos lentos de cerebro que no son capaces de entendernos, de tacharnos de paletos por nuestro acento, unos paletos que, mal que les pese, saben distinguir un cocodrilo de una lagartija gorda. Una etiqueta que se nos cuelga por ser pobres, no por otro motivo.

El nuevo andalucismo no debe dejar atrás el acervo cultural que nos ha definido durante siglos, pero tiene que avanzar, y añadir a su base los nuevos creadores, raperos, grafiteros, poetas, actores, que hacen del ser andaluz una bandera y no un estigma.

Su factor más determinante pasa obligatoriamente por la única subordinación al Pueblo Andaluz, porque un Poder Andaluz o emana de Andalucía o no es más que una herramienta para obtener unos resultados que, a corto y medio plazo, no nos aportan nada.

La lucha es ardua y más complicada, si cabe, que en el pasado. No solamente se enfrenta al inmovilismo de los partidos centralistas de toda la vida. Ahora ha venido a sumarse la ultra derecha, que califica a D. Blas de traidor, subnormal y otras lindezas. Entiendo que ladrón mantiene su creencia de que todos son de su condición, pero eso no debe restarnos ni un ápice a la hora de respetar y hacer respetar su memoria. Con argumentos. Con memoria. Con orgullo.

Que no nos tiemble el pulso. No nos perdamos en antiguas rencillas de tiempos pasados que nos llevaron y podrían volvernos a llevar a disolvernos y convertirnos, de nuevo, en algo residual y anecdótico. Busquemos lo que nos iguala, centremos nuestra perspectiva y nuestro objetivo, construyamos una herramienta sólida con andaluces, para andaluces y por los andaluces. Que digan lo que quieran sobre nosotros, nuestras ideas o nuestra base ideológica. Nuestro mantra siempre ha de ser el mismo: Andalucía es nuestra Nación, D. Blas Infante es el Padre de nuestra Patria. Y que rabien, se rasguen las vestiduras, muerdan y ladren. Será señal de que vamos por el buen camino.

VIVA ANDALUCÍA LIBRE

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