“Una sociedad formada por ciudadanos que lo han tenido todo y que, a la mínima dificultad, en lugar de empatizar con el vecino, exige primero lo suyo, después lo suyo y, si queda algo, que sea para él

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


17/12/20. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre la sociedad española: “Discutíamos acerca de la cantidad de negacionistas, gente que se salta las normas para prevenir la pandemia, conspiranoicos y demás fauna que ha asomado la patita desde marzo hasta hoy, llegando a la conclusión de...

...que el culpable no era ni el falso liberalismo, ni el auge de la extrema derecha. Para nada. La culpa la tiene que hemos construido una sociedad de niños malcriados”.

Malcriados

Mi buen amigo Álvaro, compañero de fatigas, militancias y tapas, tiene esa especial habilidad a la hora de analizar la realidad, a la que disecciona con escalpelo, como buen hijo de la tierra de Averroes.


En una de nuestras charlas, discutíamos acerca de la cantidad de negacionistas, gente que se salta las normas para prevenir la pandemia, conspiranoicos y demás fauna que ha asomado la patita desde marzo hasta hoy, llegando a la conclusión de que el culpable no era ni el falso liberalismo, ni el auge de la extrema derecha. Para nada. La culpa la tiene que hemos construido una sociedad de niños malcriados.

No, no hablo de adolescentes amantes del trap ni me restrinjo a este país. Hablo de la sociedad en su conjunto, en todos sus estratos sociales, laborales, económicos y culturales. Una sociedad formada por ciudadanos que lo han tenido todo y que, a la mínima dificultad, en lugar de empatizar con el vecino, exige primero lo suyo, después lo suyo y, si queda algo, que sea para él.

Aún resuenan los golpes de las cacerolas en los barrios más elegantes de la capital, pidiendo libertad al son de palos de golf y escape de descapotable, una libertad que, al perecer, se limitaba a la de poder ir a echarse unos hoyos o pasear palmito con una bolsa de Gucci colgada del brazo. La expresión más pura y fidedigna de lo que viene siendo un niño enrabietado porque no le dejan encender la Play hasta que no haga los deberes.

Otro buen ejemplo de un berrinche es el de la crispación política que vivimos a diario. Niños maleducados que juegan a ser políticos y que rebaten argumentos a base de pataletas, golpes en los escaños, interrupciones sin fin y demás faltas de educación que un profesor de Primaria no consentiría en su aula. Todo por no ser quien manda, por no respetar lo que las urnas dictan, por querer ser califa en lugar del califa, por no poder satisfacer su deseo de fusilar a 26 millones de españoles, hijo de puta arriba o abajo.

Los podemos ver a diario a nuestro alrededor, llevando la mascarilla como un babero, o montando fiestas clandestinas porque ellos tienen derecho a divertirse, porque nadie puede quitarles la libertad de saltarse todas las normas, porque todo es una farsa orquestada a nivel mundial, aunque la salud de los demás esté en juego y te estén esperando una docena de miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, bloc de multas en ristre. Si para justificarlo hay que inventarse conspiraciones mundiales que involucren a Bill Gates, Soros, Sauron, los chis y a Magneto, pues se hace.

Incluso los hay que van más allá, recortando la libertad de los demás en público para hacer de su capa un sayo en lo privado, como el eurodiputado homófobo pillado in fraganti en una orgía gay en Bruselas. Este señor, de día, es un acérrimo impulsor de la prohibición del matrimonio homosexual, pero de noche, ya se sabe, todos los gatos son pardos, y en Bruselas, más. Este caballero es un claro ejemplo de que lo que ha de valer para los demás no tiene por qué valer para mí, porque yo lo valgo. Otro libertario.

En fin, estamos inmersos en una sociedad de falsos defensores de la libertad y el libre albedrío, de los derechos humanos, de la Constitución y demás zarandajas. No es cuestión de empatía, ni de “los españoles primero”, de paguitas o subvenciones porque van en contra del resto que trabaja denodadamente. Es simple y llanamente pataletas de una generación malcriada a la que un virus ha dejado sus vergüenzas al aire.

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