“Sea cual sea el tipo de negacionista, todos tienen algo en común, y es esa cerrazón mental que no abre ninguna llave que tenga que ver con la razón, la deducción o los argumentos

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


14/01/21. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre los negacionistas del Andalucismo: “Lo niegan todo, desde la existencia de Andalucía a su carácter nacional, por mucho que los papeles digan justamente lo contrario. A partir de ahí, construyen un mensaje en el que, en resumen, los Andalucistas somos...

...cuatro locos que siguen la doctrina de un demente convertido al Islam, melancólicos de los califas y los burkas, separatistas y otra serie de calificativos que no pueden provocar más que hilaridad”.

Negacionistas del Andalucismo

Se les llama negacionistas a todos aquellos que por diversas razones, niegan hechos que siempre hemos considerado reales, no ya como un acto de fe, sino porque la ciencia, la observación y la experimentación nos hacen ver que son realidades irrefutables, como la esfericidad de la Tierra, la llegada del hombre a la Luna, las virtudes de las vacunas o el advenimiento cíclico del último bochorno musical de Leticia Sabater.


Sea cual sea el tipo de negacionista, todos tienen algo en común, y es esa cerrazón mental que no abre ninguna llave que tenga que ver con la razón, la deducción o los argumentos. Se empecinan en sus postulados y cuando se ven rodeados de demostraciones y datos, recurren al realismo mágico y a todas las falacias que la Lógica señala como fallas de razonamiento.

Desde hace unos meses, se detecta un nuevo negacionista, al que yo llamo negacionista del Andalucismo. Lo niegan todo, desde la existencia de Andalucía a su carácter nacional, por mucho que los papeles digan justamente lo contrario. A partir de ahí, construyen un mensaje en el que, en resumen, los Andalucistas somos cuatro locos que siguen la doctrina de un demente convertido al Islam, melancólicos de los califas y los burkas, separatistas y otra serie de calificativos que no pueden provocar más que hilaridad.

A mí, particularmente, no me ofenden las etiquetas que puedan colgarme por mi forma de pensar, por parte de una gente que no se ha leído ni un párrafo completo de la obra de Infante, Lacomba, Aumente, etc. La ignorancia es muy atrevida y da pábulo a que cualquier indocumentado pueda opinar sobre cualquier cosa, como cuñado en tertulia dominguera. Tampoco me hieren los desprecios hacia nuestra lengua, nuestras costumbres o el sempiterno uso de tópicos que la realidad, tozuda como pocas, desmonta y derrumba.

Lo que me afrenta es ese ansia tutelar que les invade, ese papel que se asignan a sí mismos en el que se erigen en dueños de lo que somos, de lo que hemos sido o de lo que podemos llegar a ser. Nadie les ha pedido que vengan a decirnos qué podemos sentir, cómo nos vemos, en qué queremos convertirnos. Son los que vienen a enseñarnos a pescar, a hablar, a contarnos nuestra Historia, todo desde su atalaya mesetaria desde la que han dominado Andalucía como colonia económica y política.

No somos niños jugando en el patio del colegio del Estado, y no necesitamos tutores que nos lleven de la mano. Pasamos de la adolescencia a la edad adulta un 4 de Diciembre, y nos ganamos nuestra mayoría de edad a golpe de urna. Así que no nos hace falta que nadie venga a enseñarnos nada, cuando somos nosotros los que podemos dar lecciones.

¿De dónde proviene ese negacionismo? No es producto del azar, ni desde luego es bienintencionado, porque tiene asentadas sus raíces en todo el espectro político, desde la izquierda tradicional españolísima hasta la extrema derecha, pasando por el dúo que se viene alternando desde la Transición en el mandato, y por las nuevas formaciones políticas que llegaron para romper el bipartidismo. Sin embargo, lo que ha dinamitado la dinámica de alternancia son los partidos nacionalistas periféricos, necesarios e imprescindibles ante la fragmentación del voto y por las características especiales de las leyes electorales españolas.

Esto, y no otra, es la causa de este negacionista del Andalucismo: el temor de la aparición de una nueva fuerza que reste fuerza, aún más si cabe, a la bipolaridad socialistas-populares. Una nueva fuerza que, por las especiales condiciones de Andalucía, su alta población y representación en el Parlamento, puede volcar en beneficio de Andalucía el equilibrio actual. Porque 61 diputados son mucho arroz para tan poco pollo, y un partido soberanista andaluz que ocupara un porcentaje similar al que ocupan otros partidos nacionalistas en sus respectivas circunscripciones es un torpedo en la línea de flotación del status quo que la Transición dejó atado y bien atado.

El negacionismo del Andalucismo es miedo, sin más. Sin apellidos. Porque todos saben y son conscientes de que el sillón de Presidente del Gobierno pasa por ser un partido fuerte en Andalucía. Y una nueva fuerza de izquierdas, andalucista, es capaz de decidir quién se sienta en Moncloa. Porque todos saben que la izquierda españolista, que vive de milagro adherida a UP, puede verse abocada a celebrar sus congresos en el cubículo de un locutorio. Que la misma UP, tras sus devaneos, pifias y errores, tiene visos de pasar a tener el mismo papel aquí que el de un vegano en una charcutería. Que populares y adyacentes pueden volver a ser carne de oposición, y pelearse en quien ha de ser califa en lugar del califa.

Miedo. El cagómetro está encendido. Y lo que les queda.

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