“Lo que les preocupa es que ellos andan poniendo coronas a un escudo que nunca la ha tenido ni debe tenerla, dando medallas a una monarquía sin que se sepa el por qué, mientras que una nueva generación de andaluces se va sintiendo cada vez más liberada de estigmas del pasado

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


28/01/21. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre el acento andaluz: “Andalucía no necesita empoderarse. No necesita poderío. Ya lo tiene. Pero no lo sabe, o no es consciente de que lo tiene. La defensa del acento no debe basarse en el desprecio de los que escuchan demasiado lento para seguir...

...nuestro hablar rápido y ágil, es la obligación de hacer frente ante los que intentan suavizarlo, negarlo, borrarlo”.

El acento

No puedo más que quitarme el sombrero ante los responsables de la última campaña de marketing de Cruzcampo. Aparte de los avances técnicos utilizados, su éxito radica, sobre todo, en lo que dice y en cómo lo dice, en la potencia del discurso y el vehículo que usa para hacerlo llegar.


En estos tiempos en los que un supuesto comunicador puede permitirse el lujo de pedir a un andaluz que no se coma las eses, que la imagen de un ente eterno andaluz como es Lola Flores empodere y dé poderío a cada una de sus palabras, sin caer en los tópicos más rancios, es todo un lujo. La imagen recreada de la Faraona habla de tú a tú a una nueva generación de andaluces que han crecido creyendo que el Día de Andalucía se limitaba a comerse una tostada con aceite, que no saben nada de jornaleros ni señoritos a caballo, pero sí de madres echando más horas que las que tiene un reloj limpiando casas y repartidores de comida a domicilio por cuatro perras. Una generación abocada al abandono escolar, a la falta de oportunidades para emanciparse, a la gangrena de contratos leoninos que cotizan una miseria.

En su discurso, no se compara con nadie, ni usa el agravio comparativo para darle valor a lo andaluz. Porque no lo necesita. Andalucía no necesita empoderarse. No necesita poderío. Ya lo tiene. Pero no lo sabe, o no es consciente de que lo tiene. La defensa del acento no debe basarse en el desprecio de los que escuchan demasiado lento para seguir nuestro hablar rápido y ágil, es la obligación de hacer frente ante los que intentan suavizarlo, negarlo, borrarlo. Porque el acento no es sólo algo que tenga que ver con tu habla; es lo que has mamado en casa, el soniquete de un tambor en una marcha procesional, la letra de una comparsa, el nuevo flamenco y su fusión con otros ritmos que nacen en la calle. Porque la calle es parte de su casa, es su patio de recreo, otra aula de su escuela. No se puede separar lo que decimos del cómo lo decimos, del dónde lo decimos. Porque todo es un uno.

No me han extrañado las críticas de las fuerzas centralistas a izquierda y derecha del espectro político andaluz. Unos hablan de que si es una empresa holandesa, con esa cortedad de miras que da la soberbia, quedándose mirando el dedo en lugar de hacia donde señala. Los otros se quedan en que la técnica usada para realizar el spot es una poderosa herramienta para engañar a la población, un artificio para darle vida a los que ya no están. Como si Lola y su mensaje estuvieran muertos. Como si ellos no usaran todo lo usable para engañar a los ciudadanos, repitiendo hasta la saciedad falsedades con la insana intención de convertirlo en una verdad, aunque sea a empujones. A unos y otros los que les preocupa es ese repeluco que ha producido en los andaluces, ese pellizco que te hincha el pecho y te hace señalar a la tele, orgulloso de ser portador de ese acento, de haber mamado desde pequeño el poderío de todo lo que significa ser andaluz, de sentirte identificado, de saber que te hablan a ti en primera persona. Lo que les preocupa es que ellos andan poniendo coronas a un escudo que nunca la ha tenido ni debe tenerla, dando medallas a una monarquía sin que se sepa el por qué, mientras que una nueva generación de andaluces se va sintiendo cada vez más liberada de estigmas del pasado, de años de colonización educativa, una nueva generación de andaluces orgullosos de serlo, reivindicativos de su ser, que abren las ventanas para que se vaya el olor a rancio de la tauromaquia en las escuelas y del pseudo socialismo que siempre ha deseado convertir el andalucismo en la anécdota de un día festivo al año.

Cruzcampo, más que refrescar, ha venido a echar gasolina a una llama incipiente. Nadie podría haber elegido mejor el momento. Sólo falta que esa llama prenda y corra, que caliente las venas y que ese calor nos dé la energía para hacer frente a los que han gobernado aquí desde allí, manejando marionetas a larga distancia, una jauría de cobardes comandando legiones desde la tranquilidad de su salón, antesala de un despachito en una eléctrica.

Andalucía es Poderío. Sólo falta que el Poder sea andaluz.

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