“Volvamos a la infancia, y que por una vez y sin que sirva de precedente, aceptemos retroceder si con eso lo que hacemos es coger impulso”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


30/09/21. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre la empatía: “Creíamos en la Justicia y en su ceguera, en que los pobres, los desterrados, los indefensos y los débiles tenían la oportunidad de ganar, por más que fueran seres estrellados en lugar de con estrella. Creíamos que avanzábamos,...

...que hacíamos un mundo mejor y más justo, de iguales, sin tener en cuenta su color, su sexo o el de su pareja. Pero, en algún momento, perdimos la inocencia”.

La pérdida de la inocencia

Permítanme que hoy me ponga un tanto filosófico y melancólico a partes iguales, pensando en dónde y cuándo perdimos esa mirada inocente sobre la realidad, esa empatía hacia las causas perdidas, los débiles, los que se enfrentaban contra enemigos titánicos y salían vencedores, pese a todo.


Por mi edad, soy de esa generación que, para seguir una serie en televisión, tenía que esperar una semana a que llegara un nuevo capítulo. Recuerdo esa España de televisor gordo, tapete y flamenca, siguiendo las vicisitudes de Kunta Kinte, esclavo negro en campos de blanco algodón y amo blanco; por aquellos entonces, era raro tener un vecino de color, pero todos sufríamos con cada latigazo, cada cambio en la fortuna de un hombre arrancado de su tierra para ser tratado como mera mercancía. No sé cuándo la cosa se torció, y esos mismos pasaron a ser mirados de reojo, estigmatizados por su color, tratados como meras herramientas en explotaciones agrarias en condiciones infrahumanas.

Recuerdo a personajes como el de Sidney Poitier en “En el calor de la noche”, luchando contra los prejuicios raciales, o en “Adivina quién viene a cenar”, derrumbando el estereotipo de la bonita pareja blanca y el falso postureo de la clase media alta americana. Imagino que los habrá que en su momento se emocionaron con sus interpretaciones y ahora les daría una embolia si su hija les trae un novio de color a casa. O simplemente, tenerlo como vecino, temeroso de que le roben el trabajo y violen a sus mujeres e hijas.

¿En qué momento el niño que lloraba cuando la madre de Bambi era abatida por unos cazadores, se convirtió en un hombre maduro que apoya la introducción de la caza en los colegios? ¿Alguno de los que gritaba “Fuera sidosos de nuestros barrios” se emocionó viendo “Philadelphia”, o cambiaba de canal?

¿Cuántos de los que sufrían viendo a Jodie Foster siendo violada sobre una máquina de pinball en “Acusados”, sin que nadie la creyera en su relato por tener mala conducta y consumir drogas, que pasaba de víctima a acusada, provocadora e instigadora de la violencia de un grupo de hombres, repudiada por su propia familia, ahora hablan de feminazis y niegan la existencia de la violencia de género?

Creíamos en la Justicia y en su ceguera, en que los pobres, los desterrados, los indefensos y los débiles tenían la oportunidad de ganar, por más que fueran seres estrellados en lugar de con estrella. Creíamos que avanzábamos, que hacíamos un mundo mejor y más justo, de iguales, sin tener en cuenta su color, su sexo o el de su pareja. Pero, en algún momento, perdimos la inocencia, y la mirada de niño que no distingue se trocó en la de maduros de ojos aviesos, que observan con el rabillo del ojo, desconfiados y prejuiciosos. Todo lo que creímos avanzar se ha perdido, diluido como un azucarillo en una piscina olímpica. Hemos caído escaleras abajo, no hasta el punto de partida, sino, quizás, un par de plantas más abajo, a las puertas de un sótano oscuro, con olor a rancio y cerrado, a excrementos de rata y agua estancada.

Volvamos a la infancia, y que por una vez y sin que sirva de precedente, aceptemos retroceder si con eso lo que hacemos es coger impulso.

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