“No estoy de acuerdo en el hecho de colgarle al andalucismo la etiqueta de moda, puesto que, por definición, éstas son algo pasajero”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


04/11/21. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre el andalucismo: “No se puede llamar uno a sí mismo andalucista cuando lo público no es una prioridad sino un mal necesario y fácilmente recortable, cuando la dejadez sigue dejando a esta tierra a la cola en la mayoría de los indicadores...

...económicos y sociales, cuando la mirada que se recibe no es otra que la misma que nos vestía de colonia interior, cuando lo que obtenemos no son más que las migajas del señorito cortijero que deja caer la limosna esperando, además, la loa y la alabanza”.

Modas y modistillas

Las modas son esas costumbres que se imponen durante un intervalo de tiempo, usos que vuelven como en un día de la marmota, sin que, como Rajoy con la lluvia, nadie sepa por qué ni cómo.


Dicen algunos que el andalucismo está de moda, que vive un revival como el de los años 80, que vuelve a estar en boca de todos y que emerge de sus cenizas como Ave Fénix achicharrada por casi 40 años de manoseo cainita por parte del régimen socialista. Tan en el candelero se encuentra que todo el espectro político se apunta a la ola del verdiblanco en su afán de arañar votos de donde sea, confundidos, posiblemente, por la absurda y falsa creencia de que el ser andaluz y ser andalucista son hechos inseparables e intercambiables. Va a ser que no.

Hay algo en lo que no estoy de acuerdo, y es en el hecho de colgarle al andalucismo la etiqueta de moda, puesto que, por definición, éstas son algo pasajero, condenadas a irse tal y como llegaron y que no dejan tras de si un ropero con ropa llena de prendas imposibles de volver a usar. Como la herencia que nos legó el PSOE o la que nos va a dejar la coalición extremo centrista.

El andalucismo nunca se ha ido. Llegó para quedarse, pero años de demolición, deglución y digestión por parte de los partidos centralistas lo redujeron a la categoría de anécdota folklórica, de desayunos escolares a base de pan con aceite y homenajes impostados y fariseos. Días de abrazos a una bandera por parte de quienes no ven en ella más que una excusa para un festivo, y que después de soltarla la dejan manchada de lamparones jacobinos, de centralismo españolista y de olvido del desarrollo de una autonomía que aún anda en pañales, no por descuido, sino aposta.

No se puede llamar uno a sí mismo andalucista cuando lo público no es una prioridad sino un mal necesario y fácilmente recortable, cuando la dejadez sigue dejando a esta tierra a la cola en la mayoría de los indicadores económicos y sociales, cuando la mirada que se recibe no es otra que la misma que nos vestía de colonia interior, cuando lo que obtenemos no son más que las migajas del señorito cortijero que deja caer la limosna esperando, además, la loa y la alabanza. No se debe dar uno golpes de pecho cuando más de 60 marmotas duermen a diario a costa de nuestros votos con la cartera bien abrigada sin abrir la boca en defensa de sus representados.

No, el andalucismo no es una moda, de la misma manera que nunca lo será una llave inglesa, un trozo de pan o un libro. Porque lo que es necesario no puede venir para irse tal y como llegó, porque la herramienta que nos puede sacar del ostracismo no debe ser algo efímero sino una lluvia constante que moje las estructuras del Estado hasta empaparlas de acento andaluz, que termine por unirse al resto de nacionalismos periféricos que luchan por mantener al bipartidismo lejos de la posibilidad de volver a ser rodillo parlamentario.

Para las modistillas centralistas de toda la vida quizás lo sea, dispuestas a ponerse cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder, de vestirse con cualquier prenda con tal de ser mona vestida de seda, pero el andalucismo no es una moda. Es una necesidad. Un bien imprescindible. Hoy, tal y como ayer, más que nunca.

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