“Son estados catatónicos que vienen y van, ratos de oscuridad mental en el que los ciudadanos se convierten en geranios, incapaces de advertir lo que sucede ante sus narices”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


18/11/21. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre el bulo del hombre que había estado 35 años en coma: “Nadie se sentó y dedicó 15 minutos a pensar un poco. Nadie preguntó a los médicos y hospitales coruñeses si conocían el caso, nadie indagó en redes...

...sociales, en su entorno, nadie verificó ningún dato. En resumen, nadie hizo su trabajo”.

Comatosos

Hay hechos concretos que demuestran de manera ineludible el estado en el que se encuentran determinados oficios, profesiones o sectores, casos que ponen bien a las claras el estado actual de las cosas.


Uno de esos hechos fue la aparición en prensa del caso de Manel Monteagudo, pseudónimo del poeta gallego José Manuel Blanco Castro. Saltaron las agencias como si les hubieran metido un petardo por salva sea la parte cuando en su biografía se explicaba que el rapsoda había permanecido 35 años en estado de coma, “prácticamente vegetal”. Si a eso le añadimos que, según sus propias palabras, no se reconocía en el espejo, ni conocía a la que era su esposa ni a sus hijas, tenemos todos los ingredientes para una ensalada fácilmente vendible para todas las cabeceras periodísticas de este país.

Periodísticas. Casi nada al aparato. Tenían ante sí una de esas historias que permite llenar titulares, columnas, e incluso, retorciendo un poco el argumento, podría llegarse a encontrar algún elemento que permitiera echarle la culpa al Coletas o a Pedro Sánchez de su estado o su accidente. Que la realidad no te arruine una buena historia.

Quién podría imaginarse que, escarbando una mijita, casi con desdén, todo se pudiera desmontar con la facilidad con la que deshace un castillo de naipes. A todos les pasó desapercibido pequeños y casi imperceptibles detalles, como el hecho de que su historia cambiaba de una entrevista a otra, que se hubiera casado estando en coma, y que, incluso, en ese estado, hubiera sido capaz de concebir a dos hijas. Hombre, si partimos del hecho de que una paloma tiene el mismo poder fertilizante que un caballero con un preservativo hecho en punto de cruz, pues cualquier cosa vale. O quizás pensaron que acostarse con un hombre en coma tiene su punto.


Cuando la narración empieza a convertirse en guión de ciencia ficción, los medios señalan como culpable al poeta, que se arrepiente de lo sucedido y que reconoce que “se salió de madre”. Pero no es así. Nadie se sentó y dedicó 15 minutos a pensar un poco. Nadie preguntó a los médicos y hospitales coruñeses si conocían el caso, nadie indagó en redes sociales, en su entorno, nadie verificó ningún dato. En resumen, nadie hizo su trabajo.

Pero, en un país en el que alguien puede sacarse 12 asignaturas en meses, la misma cantidad que aprobó en 7 años, en el que altos cargos políticos ven sus garajes llenos de coches deportivos sin que ese detalle les llame la atención, o en el que un tesorero reparta sobres por los despachos de una sede sin que nadie lo advierta, todo es posible. Son estados catatónicos que vienen y van, ratos de oscuridad mental en el que los ciudadanos se convierten en geranios, incapaces de advertir lo que sucede ante sus narices. Una plaga que sacude el territorio patrio de norte a sur sin que nadie haga nada por ponerle freno. Ríanse del covid.

Sin ir más lejos, ahí tienen a 61 diputados andaluces electos en Madrid aquejados de los mismos síntomas, en estado semi-vegetativo y que sólo despiertan cuando su amo silba para que pulsen un botón. Y para poner el cazo una vez al mes, claro.

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