“No hay unidad del andalucismo cuando de ella forma parte la izquierda jacobina de toda la vida, cuando lo que se pretende es continuar usando el voto del andaluz para sus planes torticeros”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


07/04/22. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre la unidad: “Nadie quiere la unidad. Quieren el control, el mando, el volante. Confunden la unidad con la sumisión, con el uso y el manejo. Como un Halley que vuelve cada cuatro años a orbitar alrededor de las urnas, el mantra de la unidad sobrevuela...

...las formaciones políticas en pos de alcanzar el objetivo”.

¿La unidad de lo qué?

Todos reclaman la unidad. Es el mantra de moda en la política estatal: la unidad es lo importante, tenemos que encaminarnos hacia la unidad, juntos seremos más fuertes. Y como suele ser lo habitual en este tipo de frases repetidas hasta el infinito y volver, al final pierden el sentido y la veracidad, convirtiéndose en algo más falso que una foto de Casado en una granja rodeado de ovejas o que una baja laboral de Abascal.


Nadie quiere la unidad. Quieren el control, el mando, el volante. Confunden la unidad con la sumisión, con el uso y el manejo. Como un Halley que vuelve cada cuatro años a orbitar alrededor de las urnas, el mantra de la unidad sobrevuela las formaciones políticas en pos de alcanzar el objetivo.

Tenemos el ejemplo de la derecha, que da bandazos para recuperar lo que antes era una minoría callada y silenciosa, contenta hasta que un discurso demasiado blando para parte de sus votantes ha hecho que se escinda en dos partes: la derechita cobarde y la derecha que madruga pero no está de parte del currante que se levanta al amanecer para trabajar.

Por el otro lado, tenemos a la izquierda republicana que abraza a la corona, a la que pidió salir de la OTAN para luego abrazarla, a la que pasó de la pana al yate, a la que nos gobernó casi cuarenta años hasta convertir nuestras señas de identidad en poco más que un desayuno y chiquillos vestido de nazareno en el patio de los colegios. Los años de gobierno le han dado la habilidad de absorber y deglutir, como un agujero negro, a todo el que se acerca a su órbita, capaces de apuntarse los aciertos de otros y de lanzar sus errores a los hombros de cualquiera que ande lo suficientemente cerca.

Ahora, la moda ha llegado a las nuevas formaciones. Bueno, a las que quedan en pie, con el poder de convocatoria suficiente para llenar un taxi o las que andan cojeando malheridas, víctimas de los disparos en sus propios pies. La primera anda buscando a quien adherirse como un percebe a un rompeolas, y la segunda anda buscando en los partidos periféricos el oxígeno que el abrazo del oso socialista le quita.


Al mantra de la unidad se le ha añadido la palabra “andalucista”, un valor añadido en estos tiempos en los que el espíritu de finales de los 70 parece renacer de sus cenizas. Todos se apuntan a ese nuevo viejo valor, en busca del votante hastiado de programas vacíos, de falsas promesas y de seguir a la cola de cualquier lista que represente algo positivo para esta tierra. Falsos advenedizos que no buscan más que lo de siempre: el sillón en Madrid, desde donde Andalucía queda tan lejos que se les olvida hasta el acento.

Pero se les olvida algo muy importante. Ser andalucista no consiste en haber nacido aquí, o que quieras a tu tierra y a los tuyos. No basta con ponerse un pin con la verdiblanca un par de días al año, ni con mover los labios mientras suena el himno en una suerte de karaoke. No consiste en ir a la Feria o abrazar un varal para demostrar lo que te importan tus raíces.

Ser andalucista es ser de izquierdas, porque seguimos bajo el pie de señorito, que ha cambiado el caballo por una eléctrica. Pero, sobre todo, ser andalucista significa querer y creer en la soberanía estricta andaluza. Por sí y para sí. Sin intermediarios ni titiriteros que muevan los hilos desde más allá de Despeñaperros, usándonos como moneda de cambio o sucursales de una franquicia que se nos antoja lejana y extraña.

Busquemos la unidad del andalucismo, dicen. Construyamos puentes que nos unan, proclaman. Caminemos hacia la integración, pregonan. Pero no hay unidad del andalucismo cuando de ella forma parte la izquierda jacobina de toda la vida, cuando lo que se pretende es continuar usando el voto del andaluz para sus planes torticeros.

Mejor solos que mal acompañados. Soberanos de nuestro propio devenir. Sin tutelas. Quizás se tarde más, cueste más esfuerzo, pero la victoria sabe mejor cuando se logra por sí mismo.

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