“Un vidrio roto en un coche, una ventana rota en una casa, transmiten la idea subjetiva de que hay desinterés, de que nadie se preocupa. Es un símbolo de que se pueden romper las reglas, de que todo vale”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


09/06/22. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre la degeneración de la política: “Vivimos en una sociedad en la que se han admitido faltas y delitos por parte de distintos sectores de la sociedad, sin que hayan sido penalizados o, en el caso de que lo hayan sido, o han sido perdonados por la Administración...

...o los infractores han sido defendidos a ultranza por sus compañeros de bancada, cuando no aplaudidos”.

Ventanas Rotas

El otro día leí un delicioso hilo de Twitter en el que se contaba el experimento de una universidad americana. En dicho experimento, se dejaban dos coches de igual marca, modelo y color en dos barrios muy diferentes: uno de una zona pobre y otro de alto poder adquisitivo.


Al cabo de poco tiempo, el coche abandonado en la zona pobre fue vandalizado, destrozado, desmontado, destruido. En cambio, el del barrio rico permanecía intacto. De aquí se podría deducir que la pobreza induce a la delincuencia y al vandalismo. No se me adelanten.

En un momento dado, los investigadores rompieron un vidrio del auto abandonado en la zona rica. En poco tiempo, el resultado fue el mismo que el del barrio pobre, dejándolo prácticamente en el mismo estado. Entonces, ¿no es la pobreza el elemento que dispara la delincuencia? ¿Por qué el hecho de romper una ventana disparó la misma secuencia de acontecimientos que en el barrio pobre?

Un vidrio roto en un coche, una ventana rota en una casa, transmiten la idea subjetiva de que hay desinterés, de que nadie se preocupa. Es un símbolo de que se pueden romper las reglas, de que todo vale, de que nadie se va a inquietar si se saltan las reglas normales de convivencia que, hasta ese momento, nadie había pensado saltarse. Y cada nueva rotura, cada pedrada a los cristales de un coche o una casa, cada acto de vandalismo, reafirma esa opinión, en una cascada imparable que acaba con la destrucción total, con la barbarie, con la violencia sin límite.


De manera que la conclusión del experimento fue que las zonas en las que la suciedad, el desorden y la desidia son mayores, son, a su vez, donde mayores son los índices de delincuencia. Pero no nos quedemos aquí, vayamos un pasito más adelante.

Vivimos en una sociedad en la que se han admitido faltas y delitos por parte de distintos sectores de la sociedad, sin que hayan sido penalizados o, en el caso de que lo hayan sido, o han sido perdonados por la Administración o los infractores han sido defendidos a ultranza por sus compañeros de bancada, cuando no aplaudidos. Esto provoca una sensación de impunidad por parte del resto, de “no pasa nada”, que incita a repetir comportamientos, cada vez más graves. Con lo que al principio era algo puntual se convierte en lo habitual, en una sospecha continua de que se ha metido la mano en la caja, se ha favorecido a un pariente cercano, se ha prevaricado y obtenido beneficios de forma ilícita, una sospecha que las más de las veces suele ser cierta.

Nos dotamos de unas reglas de convivencia que todos aceptamos, unos consensos que consideramos asentados, admitidos por todo el espectro político patrio, hasta que alguien llegó y rompió una ventana. No pasó nada; nadie señaló a la mano que lanzó la piedra, se le rieron las gracias, no se le aisló y se señaló su vandalismo. Y tras esa ventana cayó otra, y otra, y lo que antes era una opinión común y generalizada se convirtió en una casa abandonada, destrozada, vandalizada, a la que no le queda una sola ventana con cristales, sus paredes manchadas con graffitis infames cuando no derruidas.

Con cada acto vandálico, el ejemplo ha ido cundiendo en el resto de la sociedad, calando la idea de que todo es aceptable porque nadie controla, nadie se ocupa de señalar al bárbaro, de apartarlo y de hacerle pagar los tiestos rotos. Si otros pueden, yo también. La ley del “y tú más”. Todos creen que pueden hacer lo mismo porque no pasa nada, y el frentismo, la violencia verbal y física, la ausencia de diálogo y la victoria del chantaje político sobre la negociación, de la fragmentación sobre el respeto al que piensa diferente, el aniquilamiento de derechos humanos, la reescritura de la Historia, se han hecho dueños del barrio, convirtiendo la convivencia en un equilibrista ebrio sobre un delgado hilo de alambre, a expensas de los vientos humeantes y oscuros que amenazan con derribarlo en una sociedad sin la red de los valores que tanto nos costó trenzar entre todos.

Esperemos que no acabe todo en una noche de cristales rotos.

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