“Ni siquiera los ruegos de su esposa, incansable hasta el desaliento, pues lleva desde los 70 pidiéndole a su marido que abandone la política, han podido torcer la férrea voluntad de nuestro prócer”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre. Por Francisco Palacios
Programador informático


29/09/22. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre: “No sabemos si lo hace por ser recordado como Tierno Galván, el alcalde de la movida, pero en versión malagueña, el alcalde de las movidas. Movida con la torre del puerto, con informes de ida y vuelta...

...de que se puede pero no, que causa impacto visual pero, como muy bien ha demostrado en infinidad de veces el panfletismo local, todo depende”.

El Alcalde Eterno

Parecía que sí, que lo dejaba, como  había prometido pero resulta que al final va a ser que no, que no se va. Ni siquiera los ruegos de su esposa, incansable hasta el desaliento, pues lleva desde los 70 pidiéndole a su marido que abandone la política, han podido torcer la férrea voluntad de nuestro prócer, el alcalde de esta nuestra ciudad, que va a terminar jubilando a Jordi Hurtado.


No sabemos si lo hace por ser recordado como Tierno Galván, el alcalde de la movida, pero en versión malagueña, el alcalde de las movidas. Movida con la torre del puerto, con informes de ida y vuelta de que se puede pero no, que causa impacto visual pero, como muy bien ha demostrado en infinidad de veces el panfletismo local, todo depende. Si miras hacia el lado contrario, no hay problema. Una torre que se emplazaría sobre un dique de Levante cubierto de moho y excremento de gaviota, el único ser viviente que tiene autorizado pasear sobre él.

Movida con la turistificación de la ciudad, dominada por un turismo de bocata y piso compartido, de juerga, borrachera y escandalera diaria. Un turismo que deja más suciedad y gasto que beneficio en la ciudad, sobre todo en su imagen, rebajada a sede de los próximos Campeonatos Británicos de Balconing y de la Plastic Paella Conference.

Movida diaria con la hostelería. Es curioso como progresa con el tiempo el discurso de este colectivo. Durante los peores días de la pandemia, rogaba a los malagueños a que nos dejáramos las perras en sus locales del centro histórico. Luego, cuando las ruedecitas de las Samsonite volvieron a dejarse oir por nuestras calles, esa petición de afecto incondicional murió, como mueren las promesas de amor eterno a una sueca a la altura de finales de Agosto. De ahí hemos pasado a amenazar con denunciar a los malagueños que se quejen por el ruido de las terrazas ilegales.


Porque esa es otra. Un malagueño puede cruzar desde el Palo hasta Teatinos, no ya saltando de árbol en árbol, sino de terraza en terraza, una parte de nuestro paisaje diario que ha ido creciendo hasta el punto de que podamos decir que las aceras son un trozo de pavimento que conecta dos terrazas, como las películas son esos molestos cortes entre los anuncios de Antena 3. Ahí se le ha escapado al alcalde y a su equipazo que lo permiten para que los malagueños tengamos donde practicar parkour.

Movida con la limpieza. Bueno, en este caso la movida es relativa, inversamente proporcional a los metros que separen tu calle del ecosistema de calle Larios y aledañas. Conforme uno se aleja de la principal arteria de la ciudad, pronto de nuevo iluminada como una pequeña Vigo, el carácter adhesivo de las aceras se va incrementando hasta el punto de poder traerte una losa pegada a las botas. Como era de suponer, toda la culpa es del malagueño, un ser que adora vivir nadando en su propia mugre. Y para demostrarlo, la concejala responsable de la cosa va a limpiar una calle y colocará cámaras para corroborar su hipótesis. Mira que se le pueden ocurrir ideas a cualquiera, entre ellas la descabellada y utópica de no limpiar una calle sino todas. Pero uno siempre se queda corto cuando se habla de los concejales de este nuestro Ayuntamiento.

No, señores panfleteros. No somos unos amargados, aguafiestas o malasombras. No queremos una ciudad sin ruidos, sin terrazas, sin gente. Sin Feria, sin Semana Santa o sin turismo. Lo que nos pasa es que somos capaces de percibir ese sutil punto medio entre el silencio absoluto y el no poder dormir. Entre la soledad de los días de confinamiento y el no poder caminar en una selva de mesas, sillas, sombrillas y guiris conduciendo un patinete eléctrico o una bicicleta mientras consulta un mapa de la ciudad. Entre una Semana Santa para todos y una celebración amurallada y cerrada para los que se lo pueden permitir. Entre una Feria de alegría, baile y diversión y otra de botellona consentida, desnaturalizada y huérfana de las señas de identidad que la hicieron famosa. Entre un turismo de calidad, museístico, cultural, de negocio y otro de despedida de soltero, orines en las esquinas y tufo a coma etílico.

En fin. Volverá a presentarse, porque la ciudadanía se lo pide. Porque el sentir de la calle se eleva como un grito sordo que sólo él puede oír. Volverán a repetirse, una tras otra, todas las movidas, e incluso es probable que surjan nuevas.

Como dice la canción de The Refrescos, “movida promovida por el ayuntamiento”.

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