“Se aplaude al pillo que elude pagar sus impuestos trasladando su domicilio adonde haga falta y se critica al que se queda, tachándolo de pardillo, de tonto que contribuye a mantener los servicios públicos”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


20/04/23. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre los pillos: “Lo peor de todo es el aplauso de todos aquellos que admiran al caradura de turno, los que vitorean al empresario que contrata por ocho horas diarias, paga cuatro y exige doce, los que admiran al rico con cuentas en todos los paraísos fiscales del globo...

...y señalan al mantero, víctima de las mafias que lo explotan y que vive de las cuatro perras que gana cada día”.

La cara dura

Dicen que este país es el del Lazarillo de Tormes, que todos llevamos un pícaro buscavidas dentro de nosotros, que en nuestro subconsciente siempre andamos pensando la manera de burlar la ley, de saltarse las normas, de engañar a todo el mundo y alardear de ello. Porque si no se hace alarde de lo bueno que es uno dando gato por liebre, no sirve de nada.


Se me viene a la cabeza el caso de esa estudiante de Medicina que, aprovechando la revisión de un examen, se dedica a cambiar las respuestas para conseguir lo que el estudio no le proporcionó. Lo que me sorprende del caso es que, preguntando a compañeros, todos se queden ojipláticos al enterarse de que semejante comportamiento le va a acarrear ocho meses de cárcel. Como si cambiar las respuestas fuera una chiquillada, o si sacarte la carrera de Medicina sin doblar el lomo ante los libros pudiera ser admisible. No sé que esperaban que le pasara, si se merecía un premio al estudiante con el rostro más parecido al cemento, una beca o una palmadita en la espalda, no te preocupes, que no tiene importancia.

Claro, estas cosas pasan en un país en el que los que hoy tienen una licenciatura, mañana tienen un curso CCC de guitarra. O nada de nada. Pasan en un estado en el que la responsabilidad de tus actos se defiende en las televisiones y no en los juzgados, donde se aplaude al pillo que elude pagar sus impuestos trasladando su domicilio adonde haga falta y se critica al que se queda, tachándolo de pardillo, de tonto que contribuye a mantener los servicios públicos en contra de los listos que no quieren pagar nada, pero que no sueltan la teta del Estado en cuanto la necesitan. Suceden en esta España de pillería y estraperlo, de no me cobres el IVA y de no hace falta que me hagas contrato.


Hemos institucionalizado el no pasa nada. Ahí tenemos a esos impresentables que reservan mesas en restaurantes, o hacen pedidos que luego no recogen. No tienen ni una pizca de empatía por  los establecimientos a los que se les ocasiona un gasto, para luego no tener ni siquiera la vergüenza de anular esa reserva o ese pedido. Porque lo que le pase a los demás no me afecta, que se fastidien, pero yo soy muy gracioso, o muy avispado. No, lo que eres es muy gilipollas.

Se jactan de tomar taxis y no pagarlos, de entrar en negocios y exigir un pago por no se sabe bien qué tipo de servicio que nadie ha pedido y que nadie ha contratado, alentado por una cohorte de palmeros que, encima, contribuyen con sus loas a que estos impresentables vivan del cuento y de las cuentas de gente que lucha por mantener a flote sus negocios.

Lo peor de todo es el aplauso de todos aquellos que admiran al caradura de turno, los que vitorean al empresario que contrata por ocho horas diarias, paga cuatro y exige doce, los que admiran al rico con cuentas en todos los paraísos fiscales del globo y señalan al mantero, víctima de las mafias que lo explotan y que vive de las cuatro perras que gana cada día. Los que lamen con febril ansia la entrepierna del poderoso, esperando que dicho servicio de limpieza les sirva para conseguir una dádiva, cuando ignoran que lo único que van a lograr es la mirada de desprecio del que se siente por encima del bien y del mal.

Luego nos quejamos...

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