“Un enorme espacio habitado por personas que viven, trabajan y sueñan, que les importa Madrid tres pimientos pero que tienen que soportar ese supremacismo irradiador que intenta que todo el Estado es Madrid, y Madrid es todo el Estado”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


26/10/23. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre los ‘palmeros nacionalistas madrileño’: “Madrid no es ya España. Es el mundo. Concentra y resume todas las experiencias que cualquier ser humano pueda querer sentir en sus propias carnes. Olvídense de Paris, el Louvre o la Torre Eiffel. Nada de viajar miles...

...de kilómetros para embriagarse del arte florentino, pasear por la Quinta Avenida, navegar entre fiordos o tomar el sol en una playa caribeña de aguas color esmeralda”.

Lo mejor de lo mejor

A ver, que es muy fácil de entender. No es que los madrileños nos caigan mal al resto del Universo conocido porque sí, porque nos hemos levantado con el pie cambiado o por una envidia insana. Es que se lo ganan a pulso. Quizás no directamente, pero la manada de palmeros nacionalistas madrileños y sobones de todo lo que huela a poltrona y a poder, adulando, inventando y tergiversando a diario, hace mella.


Partamos de un hecho empírico: más allá de los límites de la comunidad madrileña, hay vida. Sí, es cierto, aunque a algunos les sorprenda. Un enorme espacio habitado por personas que viven, trabajan y sueñan, que les importa Madrid tres pimientos pero que tienen que soportar ese supremacismo irradiador que intenta que todo el Estado es Madrid, y Madrid es todo el Estado. Porque en Madrid es donde se hacen las mejores ensaimadas. Las mejores paellas salen de los fogones de restaurantes madrileños. El pulpo a la gallega no sería nada si no fuera porque Madrid le ha dado sentido a su existencia. Y si seguimos con la lista de ejemplos, no paramos. Desde el salmorejo al pan tomaca, Madrid es la mejor en todo.

No entiendo ese intento de desnaturalizar y absorber lo mejor de cada una de las esquinas de este Estado para convertirlo en propio. Es un atropello y un robo diario de las señas de identidad de cualquier ciudad o comunidad autónoma. Lo que les lleva a situaciones tan absurdas como la de reclamar la cuna del flamenco para sí. Como si no conociéramos al Niño de Vallecas, la Paquera de Serrrano, la Perla de Chamberí o las hermanas Fernanda y Bernarda de Móstoles. De ridículo es hasta cómico, aunque maldita la gracia que hace. Lo peor de todo es esa legión de madrileños auto convencidos de que todo eso es cierto, porque aparece en la revista Cities of the World o en el suplemento dominical del Arkansas Post, de que todo eso es una verdad inmutable porque el político de turno lo repite y lo aplaude.


Hace unos días, vi en una red social el titular de un medio de tirada nacional, en el que se leía que se podía viajar al Cañón del Colorado sin salir de Madrid. Pensé en un principio, inocente de mí, que se trataba del anuncio de algún espectáculo multimedia inmersivo o algo por el estilo. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Un licenciado en Historia nos cuenta que existe, a una hora de Madrid, un paraje que, no es que ya sólo pueda parecerse al Cañón del Colorado, sino que es aún mejor. Así, sin anestesia local o general.

Madrid no es ya España. Es el mundo. Concentra y resume todas las experiencias que cualquier ser humano pueda querer sentir en sus propias carnes. Olvídense de Paris, el Louvre o la Torre Eiffel. Nada de viajar miles de kilómetros para embriagarse del arte florentino, pasear por la Quinta Avenida, navegar entre fiordos o tomar el sol en una playa caribeña de aguas color esmeralda. Todo eso lo podrán encontrar en Madrid, a poco que se esfuercen en buscarlo. De lo que no presumen es de sus residencias de ancianos. Curioso.

Esto no tiene explicación, o si la tiene, no sé cómo encontrarla. Porque ya se sabe que las mejores explicaciones, las de Madrid.

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