“Siete locas, siete imprudentes, siete insensatas, siete iluminadas para quienes escribir es toda la vida”, dice Lydie Salvayre. Son Emily Brontë, Djuna Barnes, Sylvia Plath, Colette, Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf e Ingeborg Bachmann

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

04/02/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com del libro Siete mujeres, de Lydie Salvayre: “Quizá lo más interesante de este libro sea cómo consigue Lydie Salvayre (nacida Arjona) estar presente no solo como una narradora, sino como una emocionada intérprete de lo que cuenta: los muchos detalles de las historias...


...de esas magníficas autoras con los que Salvayre se siente concernida en su vida, en su experiencia lectora de gran intensidad”.

Siete locas

Lydie Salvayre (1948), distinguida con el Premio Goncourt 2014 por su novela Pas pleurer (enseguida traducida -noblesse oblige- al español, No llorar), es una muy conocida y prestigiada escritora, autora de más de veinte títulos (novelas y obras teatrales, sobre todo) y traducida a una veintena de lenguas, a pesar de que empezó a publicar relativamente tarde, a partir de 1990. Doctorada en Medicina, antes de dedicarse a escribir había ejercido la psiquiatría largos años. Nacida de un andaluz y una catalana, una pareja de refugiados republicanos, creció, como dice ella, en una “isla de España en Francia”. Los orígenes familiares y las circunstancias históricas de la guerra civil española serán motivos sustanciales en su escritura: de hecho, su galardonada novela No llorar tiene como partida Les grandes cimetières sous la lune (1938) de Georges Bernanos (muerto en 1948), escritor católico que denunció en su libro los crímenes franquistas en la isla de Mallorca, una obra que en España durante la larga dictadura no pudo ser leída y, ya en la democracia, no se quiso leer.


Un año antes de su Goncourt había publicado Siete mujeres, una serie de siete deliciosos ensayos sobre siete locas, siete monstruos de la literatura universal: Emily Brontë, Djuna Barnes, Sylvia Plath, Colette, Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf e Ingeborg Bachmann. Quizá lo más interesante de este libro sea cómo consigue Lydie Salvayre (nacida Arjona) estar presente no solo como una narradora, sino como una emocionada intérprete de lo que cuenta: los muchos detalles de las historias de esas magníficas autoras con los que Salvayre se siente concernida en su vida, en su experiencia lectora de gran intensidad. Por ejemplo, en su ensayo sobre la Brontë, acude a su adolescencia, cuando leía Cumbres borrascosas:

Heathcliff apasionado, excesivo, sexy a muerte (en mis imaginaciones lúbricas le presto los rasgos de Laurent Terzieff, mi ídolo del momento), que con una sola mirada hace que las mujeres se vuelvan catalépticas (James Dean no tiene nada que hacer) y a cuyo lado todos los personajes novelescos hechos de pasta blanda, como hay tantos, resultan insustanciales.
Heathcliff intransigente, como yo, me digo. Solitario, como yo, me digo. Duro ante el dolor, como yo. Orgulloso, como yo. Con una sensibilidad tan viva que puede parecer arrogancia. Como yo, como yo.
Heathcliff soy yo. Su naturaleza es la mía. Revelación.
De resultas me peino de cualquier manera.
Pongo mala cara.
Traumatizo a mis compañeras de clase declarando que Gilbert Cesbron es una mierda.

Las veintitantas páginas dedicadas al mundo de Djuna Barnes valen por todo un volumen sobre la Generación Perdida: al finalizar, las volví a leer de cabo a rabo para poder llorar y reír otra vez con esa tormentosa peripecia en el París de entreguerras que Salvayre convierte en un patio de Monipodio, donde Djuna, “la mujer menos burguesa del mundo”, cuenta con sostenedoras como Peggy Guggenheim y con admiradores como T. S. Elliot, quien la consideraba el genio más grande de su tiempo.


El bellísimo y triste texto en el que consigue encerrar y hacernos entender el mundo de la triste y bella Sylvia Plath no tiene desperdicio. Salvayre trata de comprender a ese atormentado ser y su aquilatada obra poética: “Que los más bellos poemas de Plath hayan nacido en ese estado de extremo sufrimiento, en esa cabeza pisoteada, destrozada, con los nervios de punta, es algo que no deja de asombrarme”. Y alude a explicaciones de Nietzsche y de Hölderlin, y también a esta de Proust: “Se puede decir que las obras, como sucede en los pozos artesianos, suben tanto más arriba cuanto más profundamente el sufrimiento ha horadado el corazón”.


Admira Salvayre el ritmo -tan hermoso, tan imprevisible-, la voz inimitable de Virginia Woolf (y de Sylvia Plath y de Marina Tsvietáieva). Es difícil escapar a la fascinación de la escritura sobre estas siete mujeres… Para aclarar cómo ha llegado a descubrir a Ingeborg Bachmann, a través de Thomas Bernhard, Salvayre anota entre paréntesis unas líneas que valen por una microteoría del lector como biblioteca:

(ya que un autor amado nos lleva hacia los libros que ama, que a su vez nos llevan a otros libros amados, y así interminablemente hasta el final de la vida, formando ese libro inmenso, inagotable, siempre inacabado, que está en nosotros como un corazón vivo, inmaterial pero vivo)

En una entrevista Salvayre reflexionaba sobre el hecho de que, incluso dentro de una sola lengua, todos estamos hechos de una infinidad de lenguas: la que se habla en la intimidad, la que utilizamos en público, aquella en la que hablamos con los niños, la del debate político… Ese mestizaje nos protege de la pureza nacionalista. Habiendo crecido en ese espacio extraterritorial entre la lengua de casa (un francés vulgar mezclado con español) y la de la escuela (francés formal, académico), la Salvayre escritora de éxito se confiesa hija de ambas modalidades:

J’ai grandi dans une Espagne en France. Il fallait faire une acrobatie, qui a été magnifique et qui me fait écrire comme j’écris aujourd’hui, entre cette Espagne intime, gueularde, vulgaire, magnifique, de la maison et des repas dominicaux, et la France de l’école, du français pur, correct, grammatical… Je n’ai pas cessé de me nourrir, au fond, de ces deux influences.

Pero tampoco se recata, como buena psiquiatra, en admitir cómo sufrió y sintió vergüenza en el uso por su madre del frañol [francés mezclado con español], a tal punto que hasta hoy no ha superado la angustia de hablar en público. Esta y otras muchas circunstancias personales, íntimas, autobiográficas son las que la escritora va derramando en estos siete estupendos ensayos que, por otra parte, también vale cada uno de ellos por un pequeño e intenso tratado sobre la autora estudiada, donde abundan los inteligentes juicios literarios sobre la literatura contemporánea más apasionante. Son detalles, apuntes al paso, breves excursos, que sazonan un libro tan sabroso e instructivo como divertido, tan bien escrito como mejor traducido. Un libro para disfrutarlo siete veces.


Nota (una receta médica). Una de las dolencias que padezco es la del vértigo de las listas (descrita por el profesor Umberto Eco), así que no puedo dejar de pasar la ocasión de ofrecer una mínima lista de médicos metidos a escritores. No voy a recoger a los antiguos (como François Rabelais o Thomas Browne) ni a los que desertaron de sus estudios médicos (tipo James Joyce, André Breton, Bertolt Brecht, Louis Aragon, Paul Celan o Henrik Ibsen), pero sí a unos cuantos contemporáneos: Lydie Salvayre, Pío Baroja, Archibald Joseph Cronin, Alfred Döblin, Antonio Lobo Antunes, Oliver Sacks, Carlo Levi, William Carlos Williams, Luis Martín Santos, Nawal El Saadawi, Manuel Acuña, William Somerset Maugham, Robin Cook, Mariano Azuela, Arthur Schnitzler, Enrique González Martínez, Mijail Bulgakov, Miguel Torga, Anton Chejov, Tomás Morales, Michael Crichton, José Carlos Somoza, Arthur Conan Doyle, Joao Guimaraes Rosa, Axel Munthe, Felipe Trigo, Louis Ferdinand Céline…

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta