“Nuestras urbes -la leal Málaga no es una excepción-, como decía, son levíticas en sus monumentos y en su callejero, incluso ahora que ha habido un cierto aggiornamento, una incierta limpieza de huellas franquistas: quien tuvo, retuvo”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

25/02/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre las diferentes prioridades a la hora de dar nombre a las calles de ciudades: “Les invito a descubrir las majestuosas avenidas, los regios bulevares, las anchurosas vías que ostentan los nombres de Luchino Visconti, Concha Méndez, Pardo Bazán o Pérez Galdós...

...en nuestra muy hospitalaria ciudad. Las calles más cultas, literarias y musicales, el paseante habrá de buscarlas en el universitario barrio de Teatinos, donde se homenajea incluso a los clásicos griegos, o aventurarse más allá, por los polígonos industriales…”.

Leer la ciudad (II)

También los historiadores, más decididamente que los fraguadores de ficciones y poemas, han sabido leer el paisaje urbano de nuestra siempre denodada ciudad. El Limonar, con sus casas y chalets vinculados a la memoria histórica de una capital maltratada por la vorágine de la guerra civil y arrumbados ya, a pesar de los hercúleos esfuerzos de la municipalidad por rescatar y mantener para la memoria ciudadana tales lugares, es otro punto fuerte de la mitología urbana, que siempre conservaremos gracias a un conjunto de extranjeros enamorados, a los que el tándem traductor Enrique Girón/Andrés Arenas nos acercaron en sus buenas versiones de Gamel Woolsey, Gerald Brenan, Sir Peter Chalmers-Mitchell, Marjorie Grice-Hutchinson e Isabel Oyarzábal Smith (esta última, malagueña de nacimiento y mexicana de adopción).


En la plaza de Torrijos, al comienzo del Parque, enfrentado a la estatua de Cánovas del Castillo, hay un busto de Rubén Darío, uno de los ilustres viajeros por Málaga que tuvo ojos y oídos bien abiertos para admirar a los pescadores sacando el copo, lamentarse del espantoso sacrificio del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, cantar la magia del pasado arábigo de la ciudad, asombrarse del lujo comercial de la calle Larios, recorrerse la marcha flamenca de los cafés cantantes y -también- percibir la realidad (olfato que siempre les faltó a los canovistas de pro):

Lo pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de enfermedad [...] Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en el pueblo […] Se siente una invasión de protestas anárquicas que va de la ciudad a la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por conservar su influencia […] (Tierras solares, Revista de Archivos, Madrid, 1904).


Cuando viví en Hungría, una de las cosas que pasé a admirar de aquel país era su aquilatado homenaje a los poetas y artistas magiares. Quien camine por Budapest asistirá, en el nombre de sus calles y plazas, en las estatuas, a la lectura de un repertorio de literatura húngara. Mi asombro quizá estaba motivado por provenir yo de un país cuyas ciudades rebosan abrumadoramente de estatuas y nombres de santos, políticos y generales. El tiovivo de la Historia modula el callejero urbano con mano de alfarero ebrio. No me resisto aquí a intentar un breve apunte sobre una de mis muchas veces pateadas vías de Budapest: me refiero a uno de los más bellos bulevares del mundo, la avenida Andrássy. Inaugurada el 20 de agosto de 1876 con la denominación de Sugárút (Bulevar), en 1885 recibió su nombre en honor del primer ministro Gyula Andrássy. Una tradición romántica quiere que este conde Andrássy haya sido amante de la emperatriz Isabel de Baviera, la malhadada Sissi. A lo largo de sus 2310 metros hay varias hermosas plazas. Una de ella es Oktogon, que pasó a denominarse Mussolini tér (1936-1943), para volver a llamarse Oktogon hasta que en 1950 la rebautizaron como November 7 tér (plaza 7 de Noviembre) y recuperar finalmente su nombre original en 1990. En otro tramo de la Andrássy está una monumental glorieta, dedicada a cuatro héroes húngaros de la época otomana, que cambió su nombre de Körönd por el de Hitler tér (plaza Hitler) entre 1938 y 1945, retomó después su nombre primero y desde 1971 se convirtió en Kodály körönd (glorieta Kodály) en memoria del músico Zoltán Kodály. Tras el periodo nazi vino el soviético y fue inevitable que el espléndido bulevar de mis amores se rebautizara Sztálin út (avenida Stalin) en 1949. La historia de Hungría ha sido trágicamente (re)movida y la revolución de 1956 cambió el nombre del padrecito por el de Magyar Ifjúság útja (avenida de la Juventud Húngara). Al año siguiente las autoridades comunistas la llamaron Népköztársaság útja (avenida de la República Popular). A partir de 1990 recuperó su primera denominación, que es como se la conoce hoy: Andrássy út.


Nuestras urbes -la leal Málaga no es una excepción-, como decía, son levíticas en sus monumentos y en su callejero, incluso ahora que ha habido un cierto aggiornamento, una incierta limpieza de huellas franquistas: quien tuvo, retuvo. Y, muy de vez en cuando, algunas gotitas de arte y literatura en el mar de heroicas y benditas figuras que atestigüen el descarado poderío del poder. Les invito a descubrir las majestuosas avenidas, los regios bulevares, las anchurosas vías que ostentan los nombres de Luchino Visconti, Concha Méndez, Pardo Bazán o Pérez Galdós en nuestra muy hospitalaria ciudad. Las calles más cultas, literarias y musicales, el paseante habrá de buscarlas en el universitario barrio de Teatinos, donde se homenajea incluso a los clásicos griegos, o aventurarse más allá, por los polígonos industriales… Y es que nuestra benéfica ciudad, tan malaguita ella, ha sentido debilidad permanente, cuando ha tenido que bautizar calles, por los toreros, los clérigos y los próceres -políticos, empresarios y guerreros-. Mi cuate Pepe Proudhon me comenta que todo eso son cuentos chinos, que esos hijos de la gran chingada ganaron y ya está, y que si hubieran ganado los suyos pues en vez de avenida Carlos de Haya se tendría avenida de Buenaventura Durruti y déjese de más vainas.

Hay un oasis literario en el centro de la muy ilustre ciudad de Málaga, donde pasear e imaginar una verdadera novela de aventuras: el Cementerio Inglés, que acoge las cenizas de, entre otros, Jorge Guillén, Gerald Brenan, Gamel Woolsey, Marjorie Grice-Hutchinson y Miguel Romero Esteo. Este pequeño cementerio anglicano compite literariamente con el ya clausurado de San Miguel, en el que, con los elegantes mausoleos de las familias más reputadas de nuestra muy noble ciudad, se codean las sepulturas, nichos y panteones de músicos, pintores y escritores (de estos últimos, Jane Bowles, Alfonso Canales, Narciso Díaz de Escovar, Salvador González Anaya, Modesto Laza Palacios, Salvador Rueda, Arturo Reyes).

[Continuará…]

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta