“El turismo funerario es, sin duda, un capítulo importante para los lectores de ciudades: ver dónde y cómo están enterrados tus escritores favoritos es un placer solo comparable al de curiosear los domicilios que habitaron realmente, no donde parece o dicen que residieron”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

03/03/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre ciudades y escritores, esta vez centrándose en las casas en las que vivieron y los cementerios donde fueron enterrados: “En el verano de 2007 en que recorríamos el sur de Francia, en Sète, mientras les canturreaba canciones de Brassens, hice a mi familia...

...ascender hasta el cementerio marino donde descansa Paul Valéry. La sensación de aquella planicie azul y su cielo despejado la evoco a menudo, cada vez que paseo a mi perra por el parque del Morlaco y avisto la bahía de Málaga”.

Leer la ciudad (y III)

El turismo funerario es, sin duda, un capítulo importante para los lectores de ciudades: ver dónde y cómo están enterrados tus escritores favoritos es un placer solo comparable al de curiosear los domicilios que habitaron realmente, no donde parece o dicen que residieron. Muchas veces los mismos autores se metieron a arquitectos o se hicieron construir esas casas (Neruda, la Sebastiana y la de Isla Negra; Curzio Malaparte, la de Capri; Rafael Alberti, la de Punta del Este; las suyas D’Annunzio, Wittgenstein, Heidegger…). No me tengo más que por medianamente fetichista, pero si tengo ocasión suelo acercarme a algunos de estos monumentos propagandísticos. Hay ciudades que son el ámbito entero de sus escritores: Lisboa, por ejemplo, para Pessoa, Granada para García Lorca y Ángel Ganivet, o Dublín para James Joyce, y su encanto está difuminado por muchos espacios. En otras poblaciones, en cambio, hay que afinar más y proceder a una visita de un punto, donde muchas veces el turismo de masas quizá te dé con las puertas en las narices, como me ocurrió con Kafka y su calleja en el barrio del Castillo en Praga; en tres ocasiones diferentes no pude ni siquiera acceder a la pequeña calle debido a la afluencia de la masa dizque lectora. La casa museo de Dostoievski en San Petersburgo, que visité en agosto de 2018, en cambio, no albergaba en ese momento más que dos o tres visitantes, lo que constituyó una experiencia tranquila de escudriño de objetos y habitaciones de clase media que nada te sugieren de aquel sufridor y epiléptico, el gran Fiódor.


Estas botas son para escribir


En dos diferentes viajes a Escocia y a Rusia tuve sendas impresiones duraderas, aunque mínimas en su humildad, provocadas por un calzado y por una atmósfera de negrura: me estoy refiriendo, la primera, hace tres años, al Writer’s Museum de Edimburgo (dedicado al trío Walter Scott, Robert Burns y Robert Louis Stevenson), donde se exhiben, dentro de una vitrina, las botas del autor de La isla del tesoro, unos humildes cueros que arroparon sus pies, que rápidamente consideré como los instrumentos con que se escribe la mejor literatura en cualquier parte; y la otra, hace veinte años, mientras recorría el museo de Mayakovsky en Moscú, alucinado por la estética futurista, entre el negro absoluto de las salas y el rojo furioso de la cartelería, el museo más antiburgués y que mejor honraba la memoria del poeta suicida, que confesó en su poema de despedida:

El barco del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana.

En el verano de 2007 en que recorríamos el sur de Francia, en Sète, mientras les canturreaba canciones de Brassens, hice a mi familia ascender hasta el cementerio marino donde descansa Paul Valéry. La sensación de aquella planicie azul y su cielo despejado la evoco a menudo, cada vez que paseo a mi perra por el parque del Morlaco y avisto la bahía de Málaga. En otro verano parisino fatigamos el cementerio del Père Lachaise, quizá el más literario del mundo, para fotografiarme junto a lo del divino Oscar Wilde, cuyo túmulo ha sido, según leo, encorsetado con una mampara de cristal contra la tribu de los besucones.

El poeta esperando el metro

Contaré ahora la visita que, por iniciativa de mi amigo Ismael Díaz Bermejo, giramos a la tumba de Luis Cernuda, el frío, el raro poeta. Tras comprar un ramito de violetas a la misma entrada del Panteón Jardín de Coyoacán, preguntamos por la ubicación de la sepultura de nuestro escritor al funcionario de la recepción, quien, con la dulzura que caracteriza al mexicano, inquirió, este, por favor, nombre completo y fecha exacta de la inhumación. En aquel tiempo aún no disponíamos de internet en el móvil y no nos quedó otra que telefonear a Sevilla a otro amigo común, cernudiano y memorioso, Jorge Jiménez Barrientos, para que nos ilustrara, y una vez conseguidos los datos, que Luis Cernuda se llamaba Luis Cernuda Bidón y que nos abandonó un 5 de noviembre de 1963, el amable empleado abrió uno de sus libros gordotes y nos encarriló con toda cortesía hacia -tomen nota- Providencia/Sector C/Fila 4/Fosa 48. La lápida que cubría la tumba estaba rota y un ramalazo de tristeza nos acongojó durante un momento. Mi amigo Ismael no estuvo satisfecho con nuestro rendido homenaje floral y quiso ir y ver la casa donde murió Cernuda, que era la casa de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, allí mismo, en Coyoacán, y en el momento de llegar al mero portón, este comenzó a abrirse para dejar paso a un coche que salía conducido por una dama, ante la que nos identificamos. La señora dio marcha atrás y nos invitó a pasar. Pasamos así una velada inolvidable con Paloma Altolaguirre, que aportó detalles de la vida de Cernuda, de las relaciones de este con Concha Méndez y sus hijos, de sus ritos y costumbres y las circunstancias de su final, además de mostrarnos los libros de su papá y muchas pinturas de José Moreno Villa y de ella misma. Poco tiempo después de este encuentro, la embajada de España en México intervino para que se repusiera una lápida nueva en la tumba de Luis Cernuda.

Un embajador en la librería

La semana pasada estuve en Nápoles y tendré que volver para remontar la colina de Posillipo, contemplar la bahía, esa vista admirable que calma el dolor (según quiere decir su nombre griego), donde están las tumbas de Virgilio y de Leopardi… En una villa de ese paraje se alojó después de salir de la cárcel Oscar Wilde con su amada rana Bosie, a quien le recitó unos versos que todavía no existían:

Unos cuerpos son como flores,
otros como puñales,
otros como cintas de agua;
pero todos, temprano o tarde,
serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta