“Es difícil, al leer estas páginas, dejar de pensar en lo importante que han sido los poetas para determinadas pueblos y naciones. Ya lo dejó dicho Robert Graves en un discurso a los poetas húngaros refiriéndose a Irlanda, Gales y Hungría, “tres países europeos donde en todas partes se honra y no se ridiculiza el nombre del poeta””

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

28/05/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre poetas soviéticos: “Simonov tampoco fue generoso en la amistad: su alejamiento del poeta Lugovskoi (había sido evacuado del frente tras sufrir un colapso nervioso: salvar al soldado Lugovskoi), por considerarlo un cobarde, define ya la...

...figura militarista, estalinista hasta las cachas, de Simonov. En una descarada transformación se dejó bigotón, se peinaba hacia atrás y se retrataba con una pipa en la boca. Todo para parecerse a su amado líder”.

Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)

Mi amigo José Mª González-Carriedo lee mucho y bien, y no se le conoce que escriba: ahí debe de residir la causa del buen karma que acarrea hace largos años. Tampoco es hombre que se amilane ante mamotretos de mil páginas: de hecho, ambos pertenecemos al club “Los benévolos” (en homenaje a la intensa novela de Jonathan Littell). Pues este cuate, el verano antepasado, me suministró un ensayo histórico muy entrado en páginas que -tropezaré en el lugar común confesándolo-, cual novelón, se lee de un tirón. Quien se atreva a incursionar en los cientos de historias que airea este libro podrá comprobar que uno se hunde enseguida en un cenagal de maldad, genocidio y sufrimiento, en ese tiempo terrible de guerra entre 1941 y 1945 (cuando se concedieron once millones de condecoraciones a soldados soviéticos), en ese tiempo invivible del Gulag (donde se teñían de rojo las bufandas con la sangre de los mosquitos), en ese tiempo del padrecito Stalin y sus grandes purgas de los años treinta.



Uno de los personajazos de esta obra, deconstruido por la pluma inmisericorde del historiador Orlando Figes, es un héroe estalinista que ascendió hasta los cielos de la poesía soviética con este conocidísimo poema compuesto en 1941 y titulado “Espérame (y regresaré)”:

Espérame, y regresaré,
pero espera con toda tu fuerza,
espera cuando caiga la tristeza
con sus lluvias amarillas,
espera cuando azote la nevada,
espera en el calor,
espera cuando ya no espere nadie
y con el pasado hayan olvidado.
Espera cuando no haya carta
de lugares distantes,
espera cuando todos los que hayan esperado
se cansen de seguir esperando.

Espérame, y regresaré,
no aceptes lo que dicen
los que dicen que debes olvidar,
insistiendo en que es lo mejor.
Aunque mi hijo y mi madre
crean que ya no estoy,
aunque mis amigos se cansen de esperar,
sentados junto al fuego para beber
un trago amargo,
para que mi alma descanse en paz…
espera. No te apresures a ir con ellos
y brindar por mí.

Espérame, y regresaré,
para contradecir todas las muertes.
Deja que los que no esperaron
digan: “Tuvo suerte”.
No pueden entender
los que no esperaron
que en el ardor de la batalla,
por seguir esperando aquí,
fuiste tú quien me salvó.
Solo tú y yo sabremos
por qué sobreviví…
Solo porque tú sabes esperar
como no espera nadie más.[1]

El autor del poema (aún hoy sigue siendo uno de los más famosos y recitados en lengua rusa), corresponsal de guerra, Héroe Socialista del Trabajo y supercondecorado, era Konstantin [Kirill] Simonov (1915-1979). Se trata, sin duda, de una magnífica composición del subgénero de “carta del soldado a la novia”. Pero a veces, la expresión del sentimiento puede ir unida al canalla redomado. No diré tanto: según sus amantes, Konstantin se sentía atraído por las mujeres con uniforme militar. Le gustaba mantener relaciones sexuales sobre una bandera nazi que había traído del frente. Se casó con la actriz Valentina Serova, a quien iba dirigido el poema en cuestión. La actriz Tatiana Okunevskaia lo retrata en sus memorias como “el más desagradable, grosero y rudo, carente de gracia, sucio y descuidado”. Ambas amigas, Valentina y Tatiana, fueron mujeres de intensas y variadas liaisons, algunas dangereuses. Tatiana (que había tenido alguna aventura con Josip Tito) estaba casada con el escritor y amigo de Simonov, Boris Gorbatov, y denunció (escribió, mejor dicho, mucho más tarde) haber sido repetidamente violada en 1947 por Laurenti Beria, el capo de la NKVD. Simonov tampoco fue generoso en la amistad: su alejamiento del poeta Lugovskoi (había sido evacuado del frente tras sufrir un colapso nervioso: salvar al soldado Lugovskoi), por considerarlo un cobarde, define ya la figura militarista, estalinista hasta las cachas, de Simonov. En una descarada transformación se dejó bigotón, se peinaba hacia atrás y se retrataba con una pipa en la boca. Todo para parecerse a su amado líder.


Es difícil, al leer estas páginas, dejar de pensar en lo importante que han sido los poetas para determinadas pueblos y naciones. Ya lo dejó dicho Robert Graves en un discurso a los poetas húngaros refiriéndose a Irlanda, Gales y Hungría, “tres países europeos donde en todas partes se honra y no se ridiculiza el nombre del poeta”. Creo que Rusia no le va a la zaga en esta veneración por sus bardos. De hecho, si usted pregunta por este poema a cualquier ruso, verá que aún lo siguen admirando. Y no solo los rusos: el lector curioso podrá escucharlo recitado en inglés por la mismísima voz de alguien tan poco sospechoso de sovietismo como sir Laurence Olivier (aquí: https://youtu.be/XvlarBDkpho).

No creo que hayan existido en ningún lugar buenos tiempos para la lírica. Si acaso, la estación propicia para el disfrute poético aflora en la adolescencia y juventud de los lectores. Una amada joven, muy lorquiana ella, me descubrió en un hermoso día lleno de amor y cine el poemario Entre la ciudad sí y la ciudad no de Evgueni Evtuchenko (entonces todavía vivo) y me lo recitaba rebién. Como además laboraba los veranos en una librería de Pamplona, me fue regalando las obras de los autores que nos unieron en aquellos días de esplendor en la yerba: eran casi todos árabes (como el sirio Nizar Qabbani) y rusos, en aquellas ediciones negras de Visor diseñadas por Alberto Corazón. Poco después nos hicimos adictos al grandilocuente Neruda (de la tribu admirada de los pablos: Iglesias, Picasso, Casals…), al modernísimo Vladimir Vladimirovich Maiakovski y, cómo no, a don Rafael Alberti. Todos ellos estuvieron bastante cómodos con el gran timonel Stalin, alguno como pez en el agua, otros como funcionarios imperiales e, incluso, hubo quien no lo pudo soportar y tomó la salida del suicidio. A muchos hay que contabilizarlos entre esos siete millones de ejecutados en las purgas de 1934 a 1941.

[Continuará]

[1] A. Todd y M. Hayward (eds.), Twentieth Century Russian Poetry, Londres, 1993, pp. 623-624, trad. por L. Yakovleva. La traducción al español es de Mirta Rosenberg y aparece en las pp. 548-550 de Orlando Figes, Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin [The Whisperers, 2007], Edhasa, Argentina 2009, España 2017.

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:

- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta