“El destino del suicidio, la desaparición, el asesinato, la ejecución, el gulag o el exilio llevó a cabo una criba de la que puede ser llamada con toda propiedad la generación suprimida””

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

04/06/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre los poetas soviéticos que sufrieron la ira de Stalin : “Ósip Mandelshtam (1891-1938), “una llaga judía en el cuerpo puro de la poesía rusa” -según calificación de un descerebrado nacionalista ruso-, fue otro de los grandísimos poetas rusos, muerto por tifus...

...en el Gulag, condenado porque compuso un famoso “Epigrama contra Stalin” en noviembre de 1933, uno de los mejores poemas políticos que se hayan escrito nunca”.

Querido Stalin (II. Los poetas contra Stalin)

Entre los preclaros poetas de la época estaliniana, el sistema trató de hacerle la vida difícil al premio nobel de 1958 Boris Pasternak (1890-1960); también se empeñó en hacérsela imposible a Anna Ajmátova (1889-1966), calificada en 1946 por un ideólogo del régimen como “una representante del pantano literario reaccionario apolítico”, y cuyo primer marido, el poeta ruso Nikolái Gumiliov (1886-1921) fue fusilado acusado de colaborar en una “conspiración monárquica”; y alcanzaron a hacérsela invivible a la gran Marina Tsvietáieva (1892-1941), que acabó ahorcándose. La nómina es extensa (por no hablar de otras ramas artísticas o científicas): el destino del suicidio, la desaparición, el asesinato, la ejecución, el gulag o el exilio llevó a cabo una criba de la que puede ser llamada con toda propiedad la generación suprimida (slain generation). A nadie se le ahorró la tortura y el balazo, ya fuera un periodista de renombre como Isaak Bábel (1894-1940), un dramaturgo excepcional como Meyerhold (1874-1940) o uno de los suyos, como el lúcido político, filósofo y economista Nikolái Bujarin (1888-1938), a quien de paso en el “juicio” se le ahorró ningún insulto (antisoviético, derechista, trotskista, espía, terrorista, enemigo del pueblo, antibolchevique, infiltrado de la Guardia Blanca, hipócrita, oportunista, impostor, alimaña, traidor a la patria, renegado, lacayo fascista, bastardo de zorro y cerdo…).


Ósip Mandelshtam (1891-1938), “una llaga judía en el cuerpo puro de la poesía rusa” -según calificación de un descerebrado nacionalista ruso-, fue otro de los grandísimos poetas rusos, muerto por tifus en el Gulag, condenado porque compuso un famoso “Epigrama contra Stalin” en noviembre de 1933, uno de los mejores poemas políticos que se hayan escrito nunca. Si quieren desvelar los pormenores que encierran estos dieciséis versos, consulten el comentario de un gran conocedor del idioma ruso, José Manuel Prieto (Letras Libres, 31 mayo 2009, https://www.letraslibres.com/mexico/sobre-un-poema-osip-mandelstam):

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
solo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
[al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Quizá fuese Serguéi Esenin (1895-1925) la señal, o el síntoma, de lo que estaba ocurriendo y de que, como pensamos los optimistas, todo podía ir a peor. Pero antes de referir qué pasó con el guapo y joven Serguéi, asistamos a una escena que retrata toda una época, aunque parece de ayer. La cuenta el escritor Máximo Gorki (1868-1936), que fue amigo de Gumiliov y siempre mantuvo una relación de amor/odio con Lenin y Stalin (hay una versión que afirma que Gorki fue asesinado por un agente del NKVD). La velada de 1921 (o 1922, no estoy seguro) transcurre en Berlín en casa de Alekséi Nikoláievich Tolstói (1883-1945), un escritor que emigró tras la revolución de 1917, aunque después volvería y colaboraría en obras literarias para mayor gloria del dios Stalin. Entre los invitados, además de Gorki, están la celebérrima bailarina californiana Isadora Duncan y su marido, el no menos popular poeta ruso Esenin. Ante el recitado del rapsoda ruso, a todos, incluido a quien lo cuenta, se les saltan las lágrimas (¿qué les había dicho del sentimentalismo y los canallas?). Sin duda, Serguéi es un gran lírico, el último poeta del campo… Pero antes de deshacerse, conmovido, en elogios sobre el genio recitante de Esenin, Gorki ha contemplado la danza cerebral de la Duncan “entrada en años y en carnes, con una cara roja, fea” y no se recata en escribir:


La danza parecía describir la lucha entre el peso de la edad de Duncan con el esfuerzo de su cuerpo mimado por la fama y por el amor. En estas palabras no hay ninguna ofensa a aquella mujer, solo constatan que la vejez es una maldición.


La “vieja” Duncan, icono de la danza moderna y alternativa, tenía 44 años, en tanto que el “joven” Gorki gozaba de sus 53. Seguramente que en esas palabras no exentas de crueldad misógina del reputado escritor pesaba el escándalo que suponía ver a Duncan casada con su admirado Esenin, 17 años menor que ella.

El excéntrico y bendito poeta (ya divorciado de la Duncan y muy tocado por el alcoholismo y la golfemia), venteaba, como todos los poetas de verdad, el futuro y se salió de él ahorcándose del tubo de la calefacción de su cuarto en el hotel Angleterre de Leningrado el 28 de diciembre de 1925. Antes se cortó las venas para escribir con sangre su último poema:

Hasta luego querida, hasta luego.
Dulce mía, te llevo en el pecho.
Esta despedida inaplazable
nos promete un encuentro en el futuro.

Hasta luego, querida, sin manos, sin palabras,
no te aflijas, no entristezcas las cejas.
En esta vida no es nuevo morir,
pero vivir tampoco es más nuevo.

Por esas raras simetrías del azar, dos años más tarde moriría Isadora Duncan en un accidente en Niza: el largo fular que envolvía su cuello se enredó en los radios de la rueda del coche y la estranguló.


A la muerte de Esenin, otro gran poeta -quizá el más grande que dio Rusia al vanguardismo literario y el cantor más original de la Revolución-, Vladimir Maiakovski, le dedicó un poema, donde no obviaba la ironía, incluso la burla, hacia su colega suicida. Su sarcástica elegía termina con estos dos versos, que se miraban en el espejo de los dos últimos versos del desventurado Serguéi:

En esta vida,

                        morir es cosa fácil.

Hacer vida,

                        es mucho más difícil.


El arte futurista y profundamente revolucionario de Maiakovski nunca sería apreciado por los burócratas del Kremlin. Ni siquiera un gran lector como parece que fue Trotski se percató del genio de Maiakovski, al que no dudó en criticarle su desmesura, su personalismo: su desviación, en suma. Si a Esenin, poeta mujik, la revolución le había robado el campo (que era todo su mundo), a Maiakovski, poeta urbano y vanguardista “más pulcro que el añil veneciano” (le robo este verso), le robaron la revolución. Y eso no lo iba a tolerar un poeta tan excesivo como él: se suicidó de un disparo en el corazón el 14 de abril de 1930. Dos días antes escribió una nota de despedida, que acabó así:

Como suele decirse,

                                   ‘el incidente ha concluido’,

‘la barca del amor

     se estrelló contra la vida cotidiana’.

Estoy a mano con la vida

                                         y es inútil recordar

dolores,

               desgracias

                                     y ofensas mutuas.

                                                                       Sed felices.

 Y enseguida añadió en una posdata: “En mi mesa hay 2.000 rublos, envíenlos al erario público. Lo demás cobradlo en las ediciones del Estado”. Genio y figura.

[Continuará]

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:

- 28/05/20 Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)
- 13/05/20 Diarios del Sáhara
- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta