“Margarete Buber-Neumann (1901-1989) que, casada con el comunista alemán Heinz Neumann, recalaron por un tiempo en la España de la guerra civil. Cuando regresaron a la URSS, su marido fue ejecutado, pero con ella rizaron el rizo: condenada en un campo de concentración fue entregada posteriormente a la Gestapo, que la confinó en el campo de Ravensbrück”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

10/06/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta nos habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre mujeres singulares que estuvieron en España: “Esta fascinante mujer dejó un puñado de excelentes poemas, pero además Ariadna Efron fue quien veló por la salvaguardia de la memoria y la obra poética de su madre, Marina Tsvietáieva. Pertenece a ese grupo de...

...mujeres clave para el mantenimiento de la cadena de cultura y vida que casi siempre se encargan de romper hombres y regímenes poderosos”.

Querido Stalin (y III. Las mujeres de Stalin en España)

El escritor Predrag Matvejevic cuenta en su Entre asilo y exilio (epistolario oriental) que Yevgueni I. Zamiatin (1884-1937) había advertido: “Tengo miedo de que la literatura rusa no tenga más que un solo futuro: su pasado”. Zamiatin aseguró su pase a la posteridad al escribir Nosotros, rápidamente prohibida en la URSS, una novela pionera del género distópico en la que se inspiraron para las suyas Aldous Huxley y George Orwell.


Matvejevic era un gran conocedor del mundo de la disidencia y de la diáspora soviética y atesoraba detalles preci(o)sos en sus escritos, datos que fue tomando de primera mano a lo largo de los años y de sus viajes por la URSS. Así, pudo dar noticia de una de las hijas de la desdichada Marina Tsvietáieva: Ariadna Efron (1912-1975), que pasó en el gulag dieciséis años. La hermana de Ariadna, de tres años, había muerto de hambre; el padre, Serguéi Efron, fue ejecutado, tras ser reclutado como agente de la NKVD; su madre -como ya se dijo- se suicidó; y su hermano, el joven Gueorgui, murió con 19 años en la segunda guerra mundial. Una familia desgraciada a la manera de todas: las familias felices -si es que las había- serían felices cada una a su manera. Pero antes de todo eso, me interesa el apunte de Matvejevic: “Ariadna participó en la guerra civil española al lado de la República”. No he conseguido confirmarlo en otras fuentes, aunque supongo que Ariadna, escritora e ilustradora, que trabajó durante su estancia en Francia (1925-1937) para varios medios (Russie d’Aujourd’hui, France-URSS, Pour-Vous, Nash Soviet) acudiría como corresponsal a España durante un corto tiempo: a principios de 1937 había regresado a Moscú, donde escribía para la Revue de Moscou. Además de traducir al francés a los poetas rusos (entre ellos, a Maiakovski), también vertió al ruso a muchos franceses (Baudelaire, Verlaine, Gauthier…). Afortunadamente ha sobrevivido su impagable epistolario con Boris Pasternak, quien le enviaba al gulag capítulos de El doctor Zhivago que Ariadna comentaba con desparpajo. Su madre, la Tsvietáieva, anduvo enamorada de Pasternak, pero nunca se atrevió a remitirle “las cartas llenas de velada pasión” que su querida Alia (Ariadna) se cruzaba ahora con él. Leyendo una de estas misivas, exclama Matvejevic: “¡Qué bella puede llegar a ser la infelicidad!”. Ariadna se casó con el periodista y traductor Samuel Davidovich Gurevich (1904-1951), ejecutado en las purgas estalinistas.


Esta fascinante mujer dejó un puñado de excelentes poemas, pero además Ariadna Efron fue quien veló por la salvaguardia de la memoria y la obra poética de su madre, Marina Tsvietáieva. Pertenece a ese grupo de mujeres clave para el mantenimiento de la cadena de cultura y vida que casi siempre se encargan de romper hombres y regímenes poderosos. También era de estas Nadezhda [Hazin] Mandelshtam (1899-1980), quien afirmó que “el miedo es más fuerte que el amor y los celos”: llegó a memorizar casi toda la obra de su marido, que de otra manera se hubiera perdido, y alcanzó a escribir unas memorias tituladas Contra toda esperanza (nadezhda significa en ruso ‘esperanza’), en las que cuenta la destrucción de los grandes poetas rusos del siglo XX. Además de su misión contra los bomberos de ese mundo feliz, Nadezhda vivió fugitiva largos años: “todo intelectual auténtico es un poco judío”, decía.

Estas memorias fueron traducidas al español por Lydia Kúper (1914-2011), una judía polaca que estudiaba en Madrid y se alojaba en la Residencia de Estudiantes. Tras casarse en 1935 con el vallisoletano Gabriel León Trilla (que hablaba francés, ruso, inglés y alemán), también traductor y catedrático de instituto y uno de los fundadores del PCE, Lydia Kúper trabajaría como intérprete de ruso durante la guerra civil para el Estado Mayor de la República. Tras la guerra, el elegante, alegre y culto antifranquista Gabriel León Trilla se exilió en Francia, aunque regresó a España en 1945, donde fue asesinado por orden de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo, manos alargadas de Stalin. Mientras tanto, Lydia Kúper viviría su exilio en la URSS hasta 1957, en que consiguió regresar a España para dedicarse a la traducción literaria de autores como Dostoievski, Goncharov, Makarenko, Mandelshtam, Pasternak, Pushkin o Tolstói.


El escritor Ignacio Martínez de Pisón en su hermoso, terrible libro Enterrar a los muertos recuperó el asesinato y desaparición, a manos de la siniestra NKVD soviética en los primeros meses de la guerra civil española, del intelectual republicano José Robles, traductor de John Dos Passos, una historia que contamina a varios intelectuales españoles, vinculados a los exterminadores estalinistas. En España, al parecer, solo hubo un puñado de agentes del NKVD al mando del camarada Orlov, pero fueron muy eficaces en la tortura, asesinato y desaparición de personas incómodas para el estalinismo, tal como hicieron con el político y traductor Andreu Nin (1892-1937), fundador del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que había vivido en Moscú y trabajado para dos de los grandes líderes bolcheviques, Bujarin y Trotski, también asesinados en su momento: las órdenes del matarife Stalin alcanzaban lo mismo a Barcelona que a México.

Otra mujer fascinante fue la escritora alemana María Osten [María Gresshöner, 1918-1942], perteneciente a la generación literaria de Joseph Roth y Anna Seghers. Estuvo en España junto a su compañero Mijail Koltsov (1898-1940), corresponsal de Pravda y agente de Stalin en España. María Osten también publicaría en la revista republicana El Mono Azul (dirigida por María Teresa León y Rafael Alberti) un reportaje titulado “Niños españoles” (16 de octubre de 1936). Cuando fueron llamados a Moscú, aunque María fue aconsejada por sus amigos Malraux y Koestler sobre la conveniencia de no regresar a la URSS, fueron ejecutados.

María Osten había sido amante, durante algún tiempo, del dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956), con el que se carteó hasta el final. Quizá fuese ella la que suministrara noticias sobre la entrada de las tropas franquistas en Málaga, en febrero de 1937, y el genocidio de la carretera de Málaga a Almería, por donde huía la población civil masacrada por la aviación y el cañoneo del ejército golpista. Este trágico suceso es conocido como la Desbandá. Brecht estrenó en Paris el 16 de octubre de 1937 la obra Los fusiles de la señora Carrar, donde recogía este episodio. Ahora ya sabemos que Brecht contó con colaboradoras en la escritura de su teatro y de su poesía: siempre dijo que escribía por amor, más bien al amor de la pluma de esas mujeres, aunque las firmara como propias. Muchas de sus obras -quizá todas- se deben exclusiva o parcialmente a sus amantes secretarias. Precisamente es el caso del drama Los fusiles de la señora Carrar, escrito en colaboración con otra mujer de grandísimo interés, la escritora, actriz y traductora (inglés, francés, ruso, sueco, danés…) Margarete Steffin (1908-1941) que murió de tuberculosis en Moscú, en tanto Brecht sería muy probablemente liquidado por la Stasi de Berlín Este mucho más tarde. Brecht supo tener siempre a su alrededor a una mujer muy apañada, diestra y generosa con la máquina, como otros intelectuales y escritores: Gregorio Martínez Sierra tuvo a María de la O Lejárraga, Juan Ramón Jiménez a Zenobia Camprubí, Mijáil Bulgakov a Yelena Shílovskaia, Robert Capa a Gerda Taro…


Esta Margarete, que no llegó a estar en España (sino a través del drama referido), me lleva a otra: Margarete Buber-Neumann (1901-1989) que, casada con el comunista alemán Heinz Neumann, recalaron por un tiempo en la España de la guerra civil. Cuando regresaron a la URSS, su marido fue ejecutado, pero con ella rizaron el rizo: condenada en un campo de concentración fue entregada posteriormente a la Gestapo, que la confinó en el campo de Ravensbrück. Allí amistó con otra mujeraza, la periodista y traductora checa Milena Jesenská (1896-1944), conocida por la relación epistolar que mantuvo con su paisano Franz Kafka. Milena no llegó a sobrevivir, pero Margarete, que contó su peripecia en Prisionera de Hitler y Stalin, le dedicó una biografia (Milena).

Había un chiste que circulaba por Moscú en la época. Dos hombres se encuentran en la calle y, hablando sobre la guerra civil en España, comentan:
-Viste que cayó Teruel.
-¿Qué? ¿Y su mujer también?
-No. Teruel es una ciudad.
-¡Dios mío, ahora arrestan a ciudades enteras!

PD. Improbable lector, te debo una explicación. Cuando empecé este artículo titulado “Querido Stalin” tenía la intención de escribir sobre Andréi Sájarov, Aleksandr Solzhenitsyn (¡la matraca iluminista que nos dio en la televisión de entonces!), Václav Havel, Milan Kundera, Joseph Brodsky, Sándor Márai y otros disidentes. Ya había escrito unas mil palabras y supe que solo quería hablar de mi admirado Maiakovski. Luego, me convencí de que lo que realmente me interesaban eran las dos fotoperiodistas más importantes -para mis ojos- de la guerra civil española: la alemana Gerda Taro (muerta en el frente a los 26 años aplastada por un tanque) y la húngara Kati Horna (que acabaría en México haciendo un trío amical y artístico con Remedios Varo y Leonora Carrington). Había que poner fin a un artículo desbocado -que amenazaba con morirse de ensayo o de algo más insufrible- y acabar con un chiste, por ejemplo, pero contado en un susurro.

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:

- 04/06/20 Querido Stalin (II. Los poetas contra Stalin)
- 28/05/20 Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)
- 13/05/20 Diarios del Sáhara
- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta