“Cada uno de estos encuentros está lleno, por un lado, de espléndidos retratos de artistas triunfadoras y, por otro, de expresivas revelaciones de la escritora: su actitud de acercamiento leal consigue crear la atmósfera amistosa proclive a la confesión”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

01/07/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta escribe en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com el segundo artículo sobre la escritora Carmen de Burgos, también conocida como Colombine: “A lo largo de todas esas entrevistas, a menudo, las artistas se quejan del maltrato por parte de la prensa. La conversación amable, la afinidad que desarrolla la entrevistadora, esa...

...especie de indagación empática, también era rara y no muy vista para la época, pero no para la pluma y la voz de una mujer periodista que ejercía hace más de cien años la sororidad”.

Colombine entrevistadora (y II. Sororidad)

El segundo tomito, también titulado Confesiones de artistas, es más variado: aparece dividido en cinco secciones: bailarinas españolas, artistas españolas de varietés, cantantes extranjeras, actrices extranjeras y artistas extranjeras de varietés. El elenco es todavía más interesante, aunque casi todas son mujeres enigmáticas, viajeras, políglotas, activas, libres, polifacéticas (cantan, bailan, escriben, pintan…), de sexualidad ajena a las normas burguesas, cosmopolitas, modernísimas, iconos de la cultura de su tiempo: fueron absolutamente vanguardistas y no solo en el arte, sino en sus vidas.


Tórtola Valencia aparece en esta entrevista como una reina de Saba, en un decorado orientalista. Tiene poderes: “Si me pongo un collar de perlas enfermas, estas recobran la vida, el brillo y la lozanía”. Relata una anécdota en la que involucra a su amigo el príncipe Francisco José de Baviera, quien trató de matarla en Munich (los nobles austro-húngaros tan románticos y letales como siempre). La interviú resulta boicoteada por la aparición de otra pareja amiga de la bailarina: los dandis Antonio de Hoyos, marqués de Vinent, y José Zamora, a los que ha dedicado artículos y ensayos estupendos Luis Antonio de Villena. No me resisto a citar una frase genial que escribió en un catálogo en 1970 poco antes de morir el figurinista José Zamora: “Creo firmemente que Pirri, El Cordobés, Manolo Escobar y Alfonso Paso son las personalidades que nos merecemos”. Han pasado 50 años: cambie los nombres (no las profesiones) y tendrá una frase genial de hoy mismo.

Pepita Sevilla, conocida como la diosa del placer, se queja de haber sido procesada por escándalo público por el marqués de Vadillo y de sentirse perseguida por los gobernadores de Maura.


Para la granaína Consuelo Tamayo la Tortajada, su favorito en música es Chopín y en literatura Lamartine y Musset. La cubana Chelito -diminutivo de Consuelo- se dedicó al cuplé por necesidad: debido a la muerte de su padre, un teniente coronel de la guardia civil, ella se convirtió en el sostén de su familia. La delicada Fornarina confiesa que quiso llamarse Flor de té. Colombine resume a estas tres Consuelos en “una trinidad espléndida y armónica: Consuelo, Fornarina, la gracia rubia y esbelta; Consuelo, Tortajada, la gracia árabe y exuberante; y la Chelito, la gracia menuda y penetrante”.

Cada uno de estos encuentros está lleno, por un lado, de espléndidos retratos de artistas triunfadoras y, por otro, de expresivas revelaciones de la escritora: su actitud de acercamiento leal consigue crear la atmósfera amistosa proclive a la confesión. Uno debe resistir a la tentación de demorarse en cada uno de ellos. No tiene desperdicio su entrevista con una de las más grandes guitarristas del flamenco español, Adela Cubas, cuya historia ha sido recientemente rescatada por una historiadora sevillana. La sinceridad y la gracia de esta instrumentista no enturbia un juicio clarísimo sobre el machismo imperante en la escena y en el cante a principios del siglo XX.


Entre esta alucinante tropa está María Kousnezoff, apodada la pantera negra, una rusa con alma española, a la que le encanta el maestro Serrano. Es plasmada así por Colombine: “María Kousnezoff es un retrato perfecto tallado fastuosamente y con un hermoso dorado a fuego. Contemplamos en ella la distinción, la inquietud, la voluptuosidad por las cosas, la idea entrañable que tiene de su arte”. A la veneciana María Ivanisi es Wagner quien la vuelve loca. La bella tiple húngara Stefi Csillag (políglota, pintora, música, culta) siente debilidad por Mascagni, Wagner, Lehar, Puccini, D’Annunzio…

También hay páginas dedicadas a las portuguesas Lucinda Simoes y Palmyra Torres; a las italianas Francesca Bertini, Olimpia D’Avigny y Eleonora Duse, la de las bellas manos; a las francesas Jeanne Desclos y Sara Bernhardt, la única, la inmortal. Pero me voy a referir, antes de terminar este repaso, a dos entrevistas que tienen interés añadido porque Colombine acude acompañada. Esta circunstancia nos ofrece la ocasión para indagar sobre dos grandes amigas: es sabido que Carmen de Burgos cultivó su relación, en el plano internacional, con mujeres feministas de gran valía intelectual y pública.


La primera de ellas se produjo en el encuentro con la bailarina norteamericana Loïe Fuller (1862-1928), un icono de la danza en la belle époque, sobre quien se realizó recientemente una película no mala, dirigida por Stéphanie di Giusto, La danseuse (2016). A esta cita acudió Carmen de Burgos acompañada de su amiga [Zoila] Aurora Cáceres (1877-1958), notable escritora feminista peruana, autora de la novela La rosa muerta (1914), que había estado casada con el escritor modernista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y con el que ajustó cuentas en Mi vida con Enrique Gómez Carrillo (1929). Este escritor, diplomático y dandy bohemio (si se me permite el oxímoron) alcanzó a matrimoniar con tres mujeres impresionantes: Aurora Cáceres, Raquel Meller y Consuelo Suncín. Esta última, al enviudar de Gómez Carrillo, muerto de un derrame cerebral a los 54 años, se casó con Antoine de Saint-Exupéry. Consuelo Suncín escribiría unas Mémoires de la rose (2000), donde daba cuenta de la tormentosa relación con su piloto de guerra (y de amor), que no se publicaron hasta después de su muerte. También Gómez Carrillo, gran exotista y viajero, gustó de las bailarinas y actrices (y de las geishas), y lo contó en un libro de 1905, Entre encajes, prologado por Max Nordau e ilustrado por D. O. Widhopff. Es interesante contraponer este libro al de Colombine: el del guatemalteco es elegante y cerebral en sus juicios sobre las troteras y danzaderas, el de nuestra autora va directo al corazón.

La segunda visita que quisiera destacar por la personalidad de la amiga que acompañaba a Colombine es la que giraron a Georgette Leblanc (1869-1941), otra mujer inagotable, cantante, actriz y escritora, que estuvo emparejada durante más de dos décadas con el dramaturgo simbolista Maurice Maeterlinck, cuya vida en común relató más tarde en un libro autobiográfico (Souvenirs, 1931). Al acabar Georgette Leblanc esta relación, inició su convivencia con la influyente editora estadounidense Margaret Anderson (quien dio a conocer en su revista a multitud de escritores modernos: Joyce, T. S. Elliot, Pound, Crane, etc.). A la entrevista con Georgette Leblanc, como decía, acudió Colombine en compañía de su amiga Renée Lafont (1877-1936), hispanista francesa, escritora y traductora de Enrique Gómez Carrillo, Vicente Blasco Ibáñez, Juan Valera… También tradujo El demonio de la voluptuosidad de Alberto Insúa, con el que mantuvo una amitié amoureuse. Esta amiga de España acudió al comienzo de la guerra civil, como reportera del periódico socialista Le Populaire, al frente de Córdoba, donde fue detenida y fusilada el 1 de septiembre por las tropas golpistas.


A lo largo de todas esas entrevistas, a menudo, las artistas se quejan del maltrato por parte de la prensa. La conversación amable, la afinidad que desarrolla la entrevistadora, esa especie de indagación empática, también era rara y no muy vista para la época, pero no para la pluma y la voz de una mujer periodista que ejercía hace más de cien años la sororidad. Hay un momento en que Colombine denuncia:

Al lado de toda mujer que vale, de toda mujer artista, hay siempre un semillero de leyendas absurdas, de calumnias, de hechos desfigurados y falseados, algunos inventados a sabiendas, que es imposible rectificar.


En el último capítulo de este libro, el titulado “Las damas liliputienses”, Colombine da otra lección de periodismo. Una entrevista a un grupo de enanos y enanas, que hubiera podido devenir una pieza de literatura friki, se convierte en un acercamiento absolutamente serio a la intimidad de esas siete damitas y sus caballeros. Sin embargo, al despedirse, reconoce que al verlos en el escenario vuelve a imaginarlos como muñecos. Por eso ahora, al despedirse, necesita tocar las manecitas de Teresa [una de las liliputienses] “para sentir la realidad de la carne y mirarle los ojos para sentir la realidad de su alma”.


Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 25/06/20 Colombine entrevistadora (I. Lo que leen las artistas)
- 10/06/20 Querido Stalin (y III. Las mujeres de Stalin en España)
- 04/06/20 Querido Stalin (II. Los poetas contra Stalin)
- 28/05/20 Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)
- 13/05/20 Diarios del Sáhara
- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta