“En Noruega recorre dos rutas de los fiordos, de septiembre a abril (cuando los accesos por carretera son difíciles), la biblioteca flotante Epos, que visita más de 250 comunidades ofreciendo 6.000 libros y otras actividades de animación cultural”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

09/09/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta escribe en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre bibliotecas marinas: “Todo crucero que se precie debe contar con bibliotecas más o menos elegantes y bien dotadas, aunque el raro placer de leer no (pre)ocupa a las masas cruceristas, sospecho. El Queen Mary II, por ejemplo, uno de los más grandes y lujosos, inaugurado...

...en el 2004 y que realiza veinte trayectos al año entre Southampton y Nueva York, alberga una gran biblioteca con 8.000 volúmenes en diferentes lenguas”.

Los libros del naufragio (I. De bibliobuques y libros viajeros)

Durante un par de años estuve leyendo y reseñando libros de tema marino. Lo mismo me entretuvieron historias de la piratería que novelas del mar, sesudos ensayos navales que ligera poesía de circunstancia marinera: fui un bateau ivre adormecido por el ensueño náutico unas veces y, otras, alborotado por olas abrumantes, estuve a punto de morir en una balsa. Debo aclarar que uno se marea en una bañera, pero me manejo regularmente en el viaje de papel. Mientras fatigaba estos libros, quise olvidar las varias decenas de volúmenes de temática marina que aún me aguardaban en la mesilla, orillar el mar de los libros (o, mejor, el mar en los libros) para ponerme a vislumbrar los libros en el mar, los mamotretos que viajaban en los barcos, los libros leídos por el capitán Acab (si es que leía algo más que la Biblia), en la seguridad de que esa biblioteca era más menuda o quizá, al contacto con el agua salada, se desleiría como el hielo picado en el tequila de un sabroso margarita.


El silencio blanco que disfrutaron los aventureros árticos y antárticos hubo de favorecer el ensueño, la quimera y, acaso, la lectura. En mi errática pesquisa averiguo que en la expedición Ross-Crozier (1845), el HMS Terror y el HMS Erebus llevaban a bordo una biblioteca con novelas de Charles Dickens. Roald Admunsen afirma que su barco, el Fram, iba provisto de una biblioteca de 3.000 libros. También Frank A. Worsley cuenta en su obra La aventura antártica del Endurance que sir Ernest Shackleton prefirió llevarse un libro y dejar, a cambio, unas monedas de oro, obligado a dejar atrás cualquier peso adicional: ¡mi oro por un libro!


Recuerdo un artículo de Alberto Manguel titulado “La biblioteca del capitán Nemo”, que nos adentraba, en un delicioso juego metaliterario, en la biblioteca del Nautilus, donde repasa algunos de los 12.000 volúmenes de Nemo, antes de saltar a la biblioteca de Julio Verne en Amiens, descrita por Marie A. Belloc en la entrevista que le hizo a Verne y publicada en 1895 por la revista londinense The Strand: allí están otra vez los mismos autores (Homero, Virgilio, Montaigne, Shakespeare, Dickens, Scott…), los mismos libros que leía Nemo que leía Verne que leía Manguel que leo yo que lee usted. No puedo evitar, mientras escribo, ponerles cara a dos Nemo de mi infancia, el barbado James Mason de 20.000 leguas de viaje submarino y el Herbert Lom de La isla misteriosa.

En el hundimiento del Titanic (1912) hubo, entre otros miles, dos objetos valiosos que se perdieron: el lienzo La circassienne au bain de Blondel y un ejemplar de las Rubaiyat del poeta persa Omar Jeyam ilustrado por el pintor simbolista Elihu Vedder (1836-1923). “Su encuadernación estaba decorada por no menos de 1.500 piedras preciosas y perlas, engarzadas separadamente en oro”, comenta Fernando José García Echegoyen en su Titanic. Historias para después de un naufragio. Mi humilde colección de ediciones de las Rubaiyat no vale entera lo que una página de esa edición ahogada en el Titanic. El bibliófilo Harry Elkins Widener, heredero de una acaudalada familia usamericana, también murió en el hundimiento del Titanic: se dice que una segunda edición de los Essais de Francis Bacon (1561-1626) quedó en su camarote y que trató de recuperar en el último momento, por lo que no llegó a alcanzar un bote salvavidas.


Entre los medios utilizados para acercar el libro al lector son conocidos la bibliomula, el carromato, el bibliobús, el bibliotren, el bibliocamello (en el desierto de Gobi de Mongolia), la bibliobicicleta, la bibliomoto, etc. A esta variedad pertenece también el bibliobuque. Mencionaré tres casos: en la ciudad costera de Sanya, en la provincia meridional china de Hainan, un grupo de pescadores ha reconvertido barcos pesqueros en bibliotecas públicas flotantes, la primera de ellas en la isla de Ximaozhou; en período estival funciona en el lago Phalen de St. Paul (Minnesota) The Floating Library, que dispone incluso de un catálogo en línea; también en Noruega recorre dos rutas de los fiordos, de septiembre a abril (cuando los accesos por carretera son difíciles), la biblioteca flotante Epos, que visita más de 250 comunidades ofreciendo 6.000 libros y otras actividades de animación cultural.

Un caso parecido, aunque con un descarado interés de adoctrinamiento, es el de la curiosa ONG cristiana Gute Bücher für Alle [Buenos Libros para Todos], propietaria del gran bibliobuque Doulos que recorre cientos de puertos de todo el planeta, con ayuda de voluntarios, promoviendo la lectura buena y ofreciendo material educativo. No es la única: otra librería flotante, desde 1989, el Logos II (luego Logos Hope), perteneciente a la evangelista Educational Book Exhibits Ltd, recorre los puertos del mundo vendiendo libros de temática religiosa.


Por supuesto, todo crucero que se precie debe contar con bibliotecas más o menos elegantes y bien dotadas, aunque el raro placer de leer no (pre)ocupa a las masas cruceristas, sospecho. El Queen Mary II, por ejemplo, uno de los más grandes y lujosos, inaugurado en el 2004 y que realiza veinte trayectos al año entre Southampton y Nueva York, alberga una gran biblioteca con 8.000 volúmenes en diferentes lenguas.

Thomas Mann criticó la costumbre de llevarse como lectura de viaje lo que se llama literatura de entretenimiento, a la que no dudó en calificar de “tonterías para pasar el tiempo” y “la más aburrida del mundo”, al tiempo que aconsejaba no bajar la guardia en las costumbres espirituales. Todo eso lo opina en un jugoso ensayo, disfrazado de diario de viaje, titulado Meerfahrt mit Don Quijote, traducido al español en diferentes ediciones como Travesía con don Quijote, A bordo con don Quijote y Viaje por mar con don Quijote. Así pues, el matrimonio Thomas y Katia Mann se embarcó el 19 de mayo de 1934 en Boulogne-sur-Mer en la elegante primera clase del Volendam de la Holland-America Line, para hacer la travesía de diez días hasta Nueva Amsterdam (NY).


Thomas Mann había llevado consigo los cuatro tomitos anaranjados de la traducción de Don Quijote al alemán del romántico Ludwig Tieck, quien -afirma Mann- “ha dado al Don Quijote su segundo lado exacto, el alemán”. Dejo a los innumerables donquijotólogos el disfrute y despiece del análisis que hace en esos diez días Thomas Mann de la obra de Cervantes. Lo que más saboreé yo fueron los comentarios sobre la vida a bordo: los judíos emigrantes que van en tercera, los juegos, una anécdota sobre lo poco marinero que era Goncharov, la mujer que cuida a un par de niños mientras lee, el matrimonio de edad avanzada que también se la pasa leyendo, un escritor huraño que come solo (y lee al mismo tiempo). Qué sintomático que don Thomas no dedique ni una línea a lo que lee su compañera de viaje, Katherina Pringsheim, una mujer cultísima, su Katia.

[Continuará]

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 01/07/20 Colombine entrevistadora (y II. Sororidad)
- 25/06/20 Colombine entrevistadora (I. Lo que leen las artistas)
- 10/06/20 Querido Stalin (y III. Las mujeres de Stalin en España)
- 04/06/20 Querido Stalin (II. Los poetas contra Stalin)
- 28/05/20 Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)
- 13/05/20 Diarios del Sáhara
- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta