“Miles de libros hubieron de desaparecer: todo libro embarcado es un candidato al naufragio, pero todo libro viajero es una promesa de vida futura”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

23/09/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta habla en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre las lecturas de los conquistadores españoles que hacían las Américas: “El estudio de la documentación y los registros marítimos, como apuntaba antes, permite a Leonard trazar un panorama de las relaciones entre los conquistadores (y sus descendientes) y los libros de ficción que...

...condicionaron sus mentalidades y sus actos. Es muy posible que, igual que don Alonso Quijano, los conquistadores del siglo XVI enloquecieran por sus demasiadas lecturas de libros de caballería”.

Los libros del naufragio (III. Los libros del conquistador)

Una de las rutas históricamente más expuestas al naufragio de los libros es la que ha sido estudiada en Los libros del conquistador, un tratado muy erudito, publicado originalmente en 1949 y traducido al español diez años más tarde, que me atrevo a recomendar sin reservas, del sabio hispanista usamericano Irving Albert Leonard (1896-1996). Cuatrocientos años antes que Thomas Mann, pero en la misma ruta atlántica que conectaba Europa con las Américas, hubo muchos viajeros lectores de la primera edición española de Don Quijote. Cuando las flotas arribaban al puerto americano, habían de someterse a los trámites de las autoridades aduaneras y a las del Santo Oficio. El procedimiento inquisitorial era el siguiente: subía un visitador a bordo con un notario y se reunían con el maestre, el piloto y uno o dos pasajeros (o tripulantes si no había pasajeros); y a continuación los sometía a todos a un interrogatorio de ocho preguntas. Las dos primeras eran sobre el navío y su ruta; las cinco siguientes eran relativas a prácticas religiosas y a la eventual -e improbable- presencia de judíos, moriscos o herejes (protestantes) entre el pasaje; finalmente, la octava pregunta era: “Item, qué libros traen registrados, de dónde vienen, quién los trae a cargo y a qué personas vienen dirigidos”.

El registro por escrito de estos interrogatorios nos permite saber, entre otros mil detalles, quiénes fueron los primeros lectores de la obra de Don Quijote arribados a América. Según Leonard pudieron ser el notario Alonso de Dassa, originario de Monte Molina, que tenía “más o menos” treinta años y venía en la nao La Encarnación; el sevillano Gaspar de Maya, de cincuenta años, capitán de la misma embarcación; Juan Ruiz Gallardo, de veintiséis años de edad, originario de Ayamonte, que venía en el Nuestra Señora de los Remedios; el sevillano Alonso López de Arze, de veinticinco años, que venía en el San Cristóbal. Los cuatro declararon, en septiembre de 1605, al visitador del Santo Oficio que traían para su entretenimiento un Quijote. Estos lectores y sus compañeros de viaje debieron aportar los primeros ejemplares a la Nueva España.

Una de las preguntas que intenta responder la pesquisa de Leonard es: ¿qué leían los conquistadores? Mucho sabemos del tráfico de libros en esa etapa debido a una familia alemana: el tipógrafo Jacobo Cromberger estableció la imprenta en Sevilla en 1500 y el emperador Carlos V le concedió el monopolio del comercio de libros con México en 1525. Asimismo, su hijo Juan Cromberger estableció la primera imprenta en México en 1539: a su muerte en 1540 se hizo un inventario que es un documento impresionante, por el volumen y por la diversidad de títulos, para hacernos una idea cabal del gusto lector de los conquistadores por esas fechas. Se deshace así uno de los tópicos acerca de la pretendida prohibición de exportar a las colonias obras de ficción. Apunta Leonard:
Todo lo dicho prueba hasta la saciedad que las obras literarias de ficción acompañaron al conquistador desde sus primeras aventuras, o le siguieron muy de cerca conforme realizaba sus increíbles gestas; y así inspiraron sus acciones, le dieron solaz cuando descansaba y fueron un bálsamo para sus sueños frustrados.

El estudio de la documentación y los registros marítimos, como apuntaba antes, permite a Leonard trazar un panorama de las relaciones entre los conquistadores (y sus descendientes) y los libros de ficción que condicionaron sus mentalidades y sus actos. Es muy posible que, igual que don Alonso Quijano, los conquistadores del siglo XVI enloquecieran por sus demasiadas lecturas de libros de caballería: no les ocurrió a sus vecinos del norte, que solo leyeron la Biblia. A pesar de los decretos reales que prohibían la exportación a las Indias de libros profanos (las mentirosas historias de Amadís), ni la Inquisición ni la Casa de Contratación impidieron que se extendiera la literatura de imaginación por el Nuevo Mundo: “[…] todos los reglamentos que gobernaban tanto el comercio como la navegación entre España y sus colonias eran prácticamente letra muerta”. Aunque la crítica contra esta literatura mentirosa fue iniciada por los moralistas de la época y respaldada por la legislación real, a la hora de la verdad ni siquiera la censura de la policía inquisitorial quiso hacer mucho: debían de aplicar ya esa actitud tan española de “acato, pero no cumplo”. En cualquier caso, la imaginación de los hombres de acción resultó tocada por la persistencia de mitos librescos como la Fuente de la Juventud, las Siete Ciudades Encantadas, El Dorado, las Amazonas, etc.

Entre 1504 y 1555 partieron de Sevilla y otros puertos 2.805 naos para América. Una parte del cargamento de esas naves eran libros: en algunos casos bastante considerable, como el de un pasajero de 1601 que iba a Portobelo y llevaba 10.000 volúmenes. Miles de libros hubieron de desaparecer: todo libro embarcado es un candidato al naufragio, pero todo libro viajero es una promesa de vida futura. La vida sobre un barco de la época debía de ser bastante incierta, pero quienes se aventuraban a cruzar el océano debían de estar hechos de una pasta bien animosa. En el benemérito libro del profesor Leonard hay un capítulo muy divertido titulado “Naves y libros”, en el que detalla mil pormenores sobre la dieta y la vida cotidiana a bordo de unas naves donde la suciedad, el aburrimiento y la incomodidad debían ser circunstancias muy duras de sobrellevar. Entre los alimentos que se consumían a bordo, muy tasados, estaban: pan, frijoles, garbanzos, carne salada, tocino, queso, bacalao, arroz, harina, galleta, aceitunas, avellanas, pasas, almendras, higos secos, dátiles, carne de membrillo, vino, aceite, vinagre, cebollas, ajo, perejil, especias (canela, clavo, mostaza, pimienta, azafrán) y animales vivos que se consumían durante el viaje (ovejas, cerdos, aves). El espíritu se nutría con un repertorio también variado de diversiones: cantar al son de la guitarra, nadar (durante los recalmones), peleas de gallos, parodias de corridas de toros, representaciones teatrales improvisadas, conversación, rezos y misas, bailes, juegos (a escondidas) de naipes y dados. Y la lectura, tanto individual como en voz alta dentro de un corro.


De la amplia documentación que investigó durante años, el profesor Leonard recoge una pequeña muestra de nueve documentos que nos brinda en un apéndice de su libro. Son listas de libros, pagarés y recibos expendidos por notarios públicos sobre el contenido de las ventas y envíos de libros. De los autores, títulos, fechas y número de ejemplares se deducen interesantes conclusiones, como ya apunté antes: sobre las modas lectoras, sobre el gran consumo de literatura eclesiástica, sobre la falsa idea de que en las colonias se impuso duras restricciones a la circulación y lectura de libros, sobre el encarecimiento del libro y sobre el decaimiento del gusto por los libros de caballerías, coincidente con la aparición del Quijote (1605) y el Guzmán de Alfarache (1599 y 1604) del sevillano Mateo Alemán, que fueron los dos títulos de mayor éxito durante mucho tiempo y que, de hecho, marca un cambio decisivo en los gustos, exactamente igual que ocurrió en la madre patria. Leyendo esos documentos se nos hace claro que ni en las fronteras más remotas se privaron los lectores de la mejor y más representativa literatura de la metrópoli. Aludiré brevemente a tres de ellos.

El comerciante mexicano Alonso Losa formalizó ante notario un pedido (22/12/1576) al librero sevillano Diego de Mexía de 1.190 volúmenes, al precio de “2065 pesos de oro a ocho reales de plata por peso”. En este listado se mencionan los títulos, el precio de cada obra, la clase de pastas (terciopelo, piel de becerro, tabla o cartón), en ocasiones el tamaño (folio, cuarto u octavo) y a veces el lugar de publicación (aparecen incluso Lyon, París, Roma y Amberes). El 60% era literatura eclesiástica y obras de filosofía, teología, ciencia, jurisprudencia y derecho. Pero los demás títulos revelaban que el gusto exquisito del Renacimiento español se había extendido a los hijos y nietos de los conquistadores: Salustio, Justino, Julio César, Cicerón, Virgilio, Ovidio, Marcial, Apuleyo, Séneca, Erasmo. Y, entre los castellanos: Marqués de Santillana, Jorge Manrique, La Celestina, Fray Antonio de Guevara, Don Quijote, Lazarillo de Tormes, Jorge de Montemayor, Antonio de Nebrija, Fray Luis de Granada…

De una biblioteca personal, llevada a Manila en 1583 y cuyo listado se presentó a los inquisidores de México para su aprobación, podemos deducir que “las minorías que arribaron a las Américas pisando los talones de los conquistadores tenían una calidad intelectual notable”. En esta “Lista de libros que Trebiña llevó a Manila” están Garcilaso, Manrique, Huarte de San Juan, Piccolomini, Ausias March, Guevara, Lope de Rueda, Juan Manuel, Montemayor, Ariosto, Apuleyo, Kempis, Sannazaro…

A veces algunas cajas de libros naufragaban parcialmente. En uno de los documentos, el recibo que Miguel Méndez firma en Lima el 5 de junio de 1606 sobre las 45 cajas de libros que le entrega el joven librero de México Juan de Sarriá, se expresa esta queja: “[…] no venir Las dhas caxas de los rreynos de españa bien acondicionadas y Paresse abersse mojado agunas de puertobelo a panama [...] Y de todas Las dichas caxas se saco cantidad De libros que sse auian moxado […]”.

[Continuará]

Puede leer aquí anteriores entregas de Miguel A. Moreta-Lara:
- 16/09/20 Los libros del naufragio (II. La biblioteca robada a Muley Zidán)
- 09/09/20 Los libros del naufragio (I. De bibliobuques y libros viajeros)
- 01/07/20 Colombine entrevistadora (y II. Sororidad)
- 25/06/20 Colombine entrevistadora (I. Lo que leen las artistas)
- 10/06/20 Querido Stalin (y III. Las mujeres de Stalin en España)
- 04/06/20 Querido Stalin (II. Los poetas contra Stalin)
- 28/05/20 Querido Stalin (I. Los poetas de Stalin)
- 13/05/20 Diarios del Sáhara
- 29/04/20 El narrador loco de El-Gamoun (Así hablaba Al-Buhali)
- 15/04/20 Ocios de la pluma del saboyano
- 02/04/20 La arabofilia feminista de Pilar Salamanca
- 17/03/20 Vida y viaje
- 03/03/20 Leer la ciudad (y III)
- 25/02/20 Leer la ciudad (II)
- 18/02/20 Leer la ciudad (I)
- 04/02/20 Siete locas
- 21/01/20 Por el camino de las grullas
- 07/01/20 Mujerería y letras
- 17/12/19 Kilito, el último morisco
- 04/12/19 Elogio del libro gordo
- 19/11/19 Tú a Reno (Nevada) y yo a New York
- 05/11/19 Quiero a una bollera de presidenta