“Una caterva de hombres y mujeres tuvo al tálamo como el fértil y lujurioso terreno para la lectura y la escritura”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

28/10/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana habla sobre la cama: “Uno es más humilde -o más zote- y piensa que los zapatos, la cuchara o el libro han contribuido a la felicidad de mis congéneres en mayor grado que la televisión, el móvil o el ordenador (en uno estoy escribiendo ahorita). Pero si me tengo que...

...quedar con un solo objeto, no lo dudo: el invento más maravilloso, producto y efecto de una larga evolución, ha sido la cama”.

Camas: la escritura rampante

Uno de los grandes inventos de la humanidad ha sido la fregona, creación al parecer española (como otras muchas: la baraja, el futbolín, la tortilla, el botijo, la guitarra, el chupachús, la navaja, el porrón, el submarino, el helicóptero, el talgo…). Ustedes dirán que la penicilina, la bombilla, el internet, la píldora o las cerillas han mejorado notablemente el mundo. Incluso hay quien opina que la pólvora, el avión y el kaláshnikov son el no va más. Uno es más humilde -o más zote- y piensa que los zapatos, la cuchara o el libro han contribuido a la felicidad de mis congéneres en mayor grado que la televisión, el móvil o el ordenador (en uno estoy escribiendo ahorita). Pero si me tengo que quedar con un solo objeto, no lo dudo: el invento más maravilloso, producto y efecto de una larga evolución, ha sido la cama.


Y eso a pesar de la frase que se le atribuye a García Márquez: “ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía”. Quizá estuviera pensando Gabo en un tipo especial de cama, la camasutra, erotismos de camas redondas y desayunos reconstituyentes sobre unas sábanas arrugadas. La tristeza se debe unas veces a la ausencia de la persona amada y otras al término de la lid amorosa. Es una viejísima figura literaria la que culminó en aquellos endecasílabos de don Luis de Góngora:

bien previno la hija de la espuma
a batallas de amor, campos de pluma.

La cama como blando campo para el amor y como cielo estelado de nuestros sueños es solo un dominio de la triada camera: los otros dos se refieren al lugar donde veías la primera luz y en donde te cerraban los ojos por última vez, aunque eso sucedía antes de que el hospital se convirtiera en uno de los centros de la vida urbana. Soy tan antiguo que alcancé a ver cómo mis hermanos pequeños nacieron en una cama del hogar y de niño velé a parientes muertos en las suyas. También, entre los ritos escolares de esa época, asistí al del muerto expósito en la ancha cama matrimonial de sus padres, ante la que desfilábamos con el maestro todos los compañeros del alumno muerto por leucemia. Eran tiempos, como decía Maria Aurèlia Capmany, “color de gos com fuig”.


Pero si hay una cama que puede representar como ninguna otra la enfermedad y el dolor, el desgarro y el sufrir, esa es una que se exhibe en La Casa Azul de Coyoacán, el lecho donde padecía Frida Kahlo, donde se miraba padecer en el espejo del dosel para pintarse muriendo en cada uno de sus autorretratos viscerales, remando en un mar amargo, insoportable e infinito.

Si en el caso de la artista mexicana la cama era el lugar sacrificial para una creación pictórica de pesadilla, equivalente al ámbito de la enfermedad que aprisionó a muchos escritores (Orwell, Stevenson, Scott Fitzgerald…), por el contrario, una caterva de hombres y mujeres tuvo al tálamo como el fértil y lujurioso terreno para la lectura y la escritura. Marcel Proust escribía siempre sentado en el catre, sirviéndose de sus rodillas como escritorio. Quevedo también escribía encamado: llegó a concebir una larga mesa con cuatro ruedas que, como las modernas mesitas de hospital, se encastraban en la cama. Sin llegar a la invención quevediana, Valle-Inclán y Unamuno también diseñaron, respectivamente, un tablero y un atril para escribir en horizontal. El mismo gusto por encamarse a la hora de escribir manifestaron sentir y practicar con enorme placer Oscar Wilde, Vicente Aleixandre, Paul Bowles, Colette, Mark Twain, Ingeborg Bachmann, Edith Wharton, Truman Capote, Voltaire…


Otros escritores, en cambio, escribían mientras caminaban: Mandelstam, Bruce Chatwin, Rosa Montero, Gonzalo Torrente Ballester, Jaime Gil de Biedma (de pie, en la barra del bar)… Luego están los que escriben sentados, pero en un café: Claudio Magris, Lampedusa, Hemingway, Larra, González Ruano, Gómez de la Serna, Sartre… Incluso hay quienes escribían de pie, como George Sand, Pessoa, Philip Roth, Virginia Woolf, Nabokov, John Dos Passos o Dickens. Estos últimos lo hacían sobre una repisa, la nevera o se mandaban construir un pupitre a su altura.

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, remedando a aquel barón rampante de la inolvidable novela de Italo Calvino, un día trepó no a un árbol sino a su lecho para ya nunca más bajarse, un retiro de largos años en los que se dedicó, carne de depresión o quizá lucidez, a amontonar puchos y libros leídos, además de escribir y beber whisky. La viuda de Onetti declara que es una leyenda: múltiples fotos y testigos la contradicen, sin embargo. Este síndrome de la reclusión voluntaria en la cama también acometió a una de las más grandes escritoras catalanas, Caterina Albert (más conocida por su seudónimo Víctor Català) en sus últimos diez años de vida.


El triestino Bobi Bazlen, asesor de varias editoriales, un raro escritor y lector apabullante, traductor al italiano -y descubridor, por tanto- de, entre otros, Freud, Musil, Kafka o Jung, era de los que practicaban la lectura horizontal. Esto -considero yo- es lo corriente, al menos uno suele leer echado antes de dormir, en mitad del sueño y al despertar, y me parece extraño lo que me comentaba mi amiga Blanca Fernández, una gran lectriz: que ella nunca lee en la cama, pero no acabo de creérmelo, porque el fulgor de la cama, en los aledaños del sueño, es el territorio de los relatos, también los infantiles, los que los adultos leen, escenifican o narran de memoria a los niños, que muchas veces exigen que le vuelvan a contar el mismo cuento otra vez. Y nadie, me digo, puede ser inmune al vicio de unir esos dos fuegos: el de las sábanas y la calentura mágica que presta la leyenda de un libro.

Lydie Salvayre, la novelista autora del magnífico ensayo Siete mujeres, recuerda en una entrevista que, siendo niña, le gustaba hacer los deberes en la mesa de la cocina, mientras su madre faenaba. Aunque confiesa que le da igual escribir en el retiro del campo o en medio de la agitación de un café (el ruido mejora la frase que estás escribiendo, dice), asegura que normalmente se instala en la cama para escribir con su ordenador sobre las rodillas (“pour moi, le travail est lié à la volupté, jamais à la besogne”), al tiempo que denigra los escritorios por considerar que representan todo lo contrario a la literatura: el escritorio (“bureau”) está asociado a lo administrativo, a la burocracia, a las posaderas sobre una silla. Una buena interpretación politicoliteraria que corrige todo lo que pensaba uno sobre la búsqueda del cálido seno materno, la pereza y el amor de mi edredón favorito.


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