“En la línea del maestro de Hollywood habría que reivindicar como lo más erótico del cuerpo otra parte que los poetas nunca obviaron: la mano”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

11/11/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre las manos y el amor: “La sexualización de las manos cortadas es recurrente en un trío de amigos artistas de la generación del 27: el cineasta Luis Buñuel (que jugaría con una de estas manos decapitadas en su película surrealista Un chien andalou), el pintor...

...Salvador Dalí (con “La main coupée”) y el poeta García Lorca (con sus dibujos y su romance “El martirio de Santa Olalla”)”.

Tu delicada mano silente

Andreas Capellanus (o André Chapellain), que vivió hace algo más de ocho siglos, es el autor de un tratado en latín sobre el amor (De amore), cuyas ideas tuvieron una gran vigencia en la Edad Media. Para este tratadista, el amor es un proceso que se inicia a través de los ojos: un objeto se hace deseable a través de la mirada. Lo tenía tan claro que negaba que los ciegos, por ejemplo, pudieran sentir amor. No afirmaba nada que no estuviera ya en los autores clásicos grecolatinos (Cicerón, Ovidio, Aristóteles…). Entre los enamoradizos trovadores se puso de moda otra forma de enamorarse: el amor ex auditu, enamorarse de oídas; es decir, bastaba oír que contaban de alguien maravillas para caer en trance erótico más o menos fulminante. Este tipo de enamoramiento se consideraba superior y más puro que el amor de visu. Los estudiosos han señalado su origen árabe (se refieren casos en El collar de la paloma, de Ibn Hazm de Córdoba) y también de la Patrística cristiana: incluso llegó a establecerse que la concepción de María tuvo lugar en el tránsito auricular. En el Evangelio armenio de la infancia se puede leer: «No bien hubo pronunciado la Virgen con toda humildad estas palabras, cuando el Verbo de Dios penetró en ella por la oreja, y la naturaleza íntima de su cuerpo, con todos sus sentidos, fue santificada y purificada como el oro en el crisol». Con estos antecedentes se llegaría al Barroco, cuando todo el mundo, envenenado de doctrina, descreía de los ojos (el engaño a los ojos, las apariencias engañosas, no creas lo que ves, etc.), abdicaba de la experiencia y empezaba a confiar en las milongas de oídas: más o menos como ahora ocurre en amplias capas de población. Pero regresemos a los caminos del amor.


La vía fragante del amor (pongamos amor ex odore), que uno sepa, no ha sido muy tratada, pero me constan algunos ejemplos, y uno muy cercano de un pariente canalla que, a causa de su sensitiva nariz, se desenamoró de una novia francesa que nos tenía enamoriscados a todos los sobrinos. Ya que he abierto la caja de los tratadistas medievales, traeré a colación al sabio valenciano Arnau de Vilanova (1240-1311), que escribió un librito sobre vinos (De vinis) y en él señalaba que, si deseas buenos vinos, tengas en cuenta las cinco F: “fortia, formosa, fragantia, frigida, frisca”. De aquellos olores, estos sabores. El inquieto Gino Paoli lo supo cantar como nadie:

Sapore di sale,
sapore di mare,
che hai sulla pelle,
che hai sulle labbra […]
sapore di te.

Decía Woody Allen que el cerebro era su segundo órgano favorito, quizá en desacuerdo con los peritos que aseguran la prevalencia del más sexi de los órganos. En la línea del maestro de Hollywood habría que reivindicar como lo más erótico del cuerpo otra parte que los poetas nunca obviaron: la mano. No me resisto a traerles aquí un poema que dice más de lo que yo pudiera sugerir sobre el erotismo manual. Se titula “Mano entregada” y lo escribió nuestro nobel Vicente Aleixandre (1898-1984) en su Historia del corazón (1954):

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce que sí se empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz
poseyéndole.
Por eso, cuando acaricio tu mano sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese leve contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.



Hace años leí en Las fuentes de lo imaginario (FCE, 1976) de Jean Chateau varias páginas dedicadas a las metáforas de la mano (“pedir la mano de una mujer”, “la poderosa mano de la justicia”, entre otras). Venía a decir este ensayista que las operaciones realizadas con la mano son femeninas, sutiles, especializadas, delicadas. La mano es un instrumento privilegiado de la inteligencia y un instrumento de comunicación (caricia, apretón de manos, saludo, estrechar la mano, mano tendida). También la urbanidad de las manos es importante en el desarrollo educacional y cognitivo de la infancia, por no referirnos a la inteligencia manual técnica de sordomudos, pintores, músicos y muchos otros oficios. Pero si algo expresa mejor la potencialidad de la mano en su poderío de puño que agavilla el cuerpo amado, en su destreza de pinza acariciadora y en su finura de cuenco recogedor es la poesía, como la de Aleixandre o la del poema de Ana María Navales (1939-2009), recogido en su libro Los labios de la luna (1989):


Tu mano recoge de mi piel el tiempo,
incansable borra todo viejo amor
y regresa de la caricia como una alondra
que se debate en lo oscuro
sin encontrar la luz de la mañana.
Después, serena mi cabello
en algún odio enmarañado
y llama a esa niña que enciende sus ojos
con tu boca y reza silencios
cuando los labios se acercan a tu nombre.

Si la tierna mano del amante, como la del alfarero, crea el mundo, la ausencia de una mano es el desamor, el vacío y la muerte. Diríamos muerte por intactibilidad, grado cero de caricias, don’t touch. En la oscarizada película Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946) del talentoso William Wyler (1902-1981) un soldado mutilado se representó a sí mismo: Harold Russell (1914-2002), quien había perdido las manos al manipular un cohete defectuoso durante la Segunda Guerra Mundial. Homer Parrish regresa a casa y va a cumplir el voto de casarse con su novia. Todo lo que enseña el filme (y, sobre todo, lo que no muestra) acerca de lo que hace Harold/Homer al manipular los ganchos que han sustituido a sus manos tiene una trascendencia erótica, de ahí su desesperación ante el próximo enlace.


La sexualización de las manos cortadas es recurrente en un trío de amigos artistas de la generación del 27: el cineasta Luis Buñuel (que jugaría con una de estas manos decapitadas en su película surrealista Un chien andalou), el pintor Salvador Dalí (con “La main coupée”) y el poeta García Lorca (con sus dibujos y su romance “El martirio de Santa Olalla”). De este último poema son estos versos:

Su sexo tiembla enredado
como un pájaro en las zarzas.
Por el suelo, ya sin norma,
brincan sus manos cortadas
que aún pueden cruzarse en tenue
oración decapitada.



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