“Otro tabú que es posible detectar en la obra de Isabel Oyarzábal es el de la religión (…) Aún hay hoy quienes se cuestionan si la republicana Isabel Oyarzábal era o no creyente”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

09/12/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe un segundo artículo sobre la malagueña Isabel Oyarzábal: “En varios lugares de la obra de Isabel Oyarzábal hay un tratamiento trascendente de la maternidad y en su vida expresó opiniones y llevó a cabo actuaciones precursoras sobre la familia (como el de...

...las enfermedades venéreas en El sembrador sembró la semilla), pero el tema sexual constituye una zona oscurecida en su obra memorialística”.

Los silencios de Isabel Oyarzábal

Para el póquer oyarzabalino:
Andrés, Aurora, Enrique y Víctor.

De la larga marcha de las escritoras por el desierto de la anonimia, pasando por la seudonimia masculinizadora (George Eliot, Fernán Caballero, George Sand, Víctor Català, Felipe Centeno/Ariel, Gabriel Luna, Isak Dinesen: todos alias de caballeros que celaban mujeres) y por el robo o cesión de autoría a nombre de sus parejas fantasmas (María Lejárraga, Zenobia Camprubí, Colette, las secretarias de Bertolt Brecht…), hay todavía mucho por contar. Isabel Oyarzábal (Ella -pronunciado Ela- en la intimidad) también tiene su pequeña historia de silencios en cuanto a la manera de firmar sus escritos. En su debut como actriz en la compañía teatral Palencia-Tubau -sus suegros-, con la obra Pepita Tudó tomó el sobrenombre de “Isabel Aranguren”. Para signar sus muchas colaboraciones periodísticas utilizaba el seudónimo de “Beatriz Galindo”. Uno de sus primeros libros (El alma del niño, 1921) lo firma con su apellido de nacimiento, “Isabel de Oyarzábal” [sic, con esa “de”]. Pero muy pronto empezará a utilizar el nombre de matrimonio (apellido propio más el del cónyuge precedido de “de”), un uso social de la época (todavía lo era para la generación de mis padres), pero reduciendo el suyo a solo la inicial: “Isabel O. de Palencia” (El sembrador sembró la semilla, 1923). A partir de ahí, en todas sus obras aparecerá como “Isabel de Palencia” (El traje regional de España, 1926; I must have Liberty, 1940; Juan: Son of the Fisherman, 1940; Saint Anthony's Pig, 1940; Diálogos con el dolor, 1944; Smouldering Freedom, 1945; Alexandra Kollontay, 1947; Del diario comer, 1951; En mi hambre mando yo, 1959). Curiosa insistencia antifeminista en una preposición tan posesiva como esa “de” (genitivo de pertenencia o posesión, le decíamos en la escuela): hoy se consideraría violencia de género ocultar a la mujer en “novia de”, “esposa de”, “hermana de” o “hija de”.


También se produce otro “apagado”, otro silencio en la autoría de una obra comprometedora y sospechosa para la moral de esos años: de los Estudios de psicología sexual del pionero sexólogo Havelock Ellis, publicados por la editorial Reus (Madrid, 1912-1913) en 7 tomitos, tradujo Isabel Oyarzábal los volúmenes quinto (La selección sexual en el hombre) y sexto (El sexo en relación con la sociedad). Pero los firma Ceferino Palencia y Tubau. Si tenemos en cuenta lo escandaloso de la investigación de H. Ellis para la pacata sociedad española de entonces, podemos presumir que la firma del marido en este caso no fue apropiadora sino protectora y, con seguridad, consensuada. La timidez silenciosa de la Oyarzábal respondía también a la inmadurez en este terreno de la mujer española, tal como apunta en sus memorias: “Havelock Ellis me abrió los ojos rápidamente ante todos estos fenómenos hasta tal punto que durante meses tuve pesadillas”.

En varios lugares de la obra de Isabel Oyarzábal hay un tratamiento trascendente de la maternidad y en su vida expresó opiniones y llevó a cabo actuaciones precursoras sobre la familia (como el de las enfermedades venéreas en El sembrador sembró la semilla), pero el tema sexual constituye una zona oscurecida en su obra memorialística. También, en cuanto a las relaciones con su marido Ceferino Palencia Cefe tras la infidelidad sufrida -a cuyo relato dedica un capítulo de las memorias- y la consecuente ruptura de la confianza, mantiene un relativo silencio: aunque aquella dolorosa traición afectó profundamente a Isabel, el matrimonio no se deshizo. Sin embargo, los comentarios en sordina relativos a Ceferino Palencia a lo largo de sus memorias tejen una tela de sospechosa indiferencia, de cariñosa ambivalencia, de latente animosidad. En cualquier caso, no estaría de más un acercamiento a esta figura ensombrecida por la poderosa presencia de Isabel Oyarzábal. El abogado, pintor, crítico, traductor, político y diplomático Ceferino Palencia Álvarez-Tubau (1882-1963) tradujo obras del inglés y del francés (Alfred Capús, Xavier de Maistre, Conan Doyle) y ejerció la abogacía antes de intentar sobresalir en el ejercicio artístico: consiguió un premio nacional de pintura en 1920, otro de grabado en 1924 y un accésit en el concurso nacional de literatura en 1935 con un trabajo titulado El romanticismo español. Incluso llegó a realizar varias exposiciones de sus cuadros, una de ellas en Nueva York, aunque parece que fluctuó siempre entre el diletantismo y el profesionalismo (como apunta Carlos Martínez, Crónica de una emigración, 1959). Durante la República y la guerra civil fue gobernador en varias provincias (Almería, Zamora, Guadalajara, Teruel) y ministro plenipotenciario en los Países Bálticos. Sus logros más consistentes los alcanzará en el exilio, ya como mexicano nacionalizado, donde ostentó la vicepresidencia del Ateneo Español de México, institución emblemática cuya fundación impulsó en 1949. Aparte de su obra pictórica, su prestigio como crítico de referencia lo ameritan su dedicación a la prensa (en el diario Novedades), su labor docente (en la UNAM y en el INBA) y una serie de monografías publicadas, entre ellas Biografía de Picasso (1942), España vista por los españoles (1947), El arte de Tamayo (1950), Arte contemporáneo de México (1951), Giménez Botey (1957), México inspirador (1962).


Otro tabú que es posible detectar en la obra de Isabel Oyarzábal es el de la religión. Annie Smith, la madre, era de confesión anglicana (luego convertida) y, aunque debemos suponer un ambiente de tolerancia en la familia, la niña Isabel fue enviada a educarse en un internado de monjas católicas por siete años, una dura experiencia, tal como anota en sus memorias. Pero, en general, en el discurso memorialístico de la escritora malagueña hay un amable silencio sobre la cuestión religiosa, que tanto debate hubo de suscitar entonces. No ocurre lo mismo en su obra literaria (novela y diálogos), donde late una suave y respetuosa filosofía cristianizante, en la que cumple una función obsesiva el dolor como signo de madurez. En un texto aún inédito (Ameyali) es muy visible una especie de franciscanismo panteísta, un cristianismo con aroma búdico y animalista. Aún hay hoy quienes se cuestionan si la republicana Isabel Oyarzábal era o no creyente.


Finalmente, quiero aludir a uno de los mutismos más evidentes en Oyarzábal. Durante los años veinte y treinta del siglo XX la revolución rusa supuso una de las mayores esperanzas de cambio para millones de seres humanos. Un aluvión de libros en España saludó esos aires que anunciaban al nuevo hombre y a la nueva mujer. Los intelectuales, los escritores, los artistas viajaron para comprobar en directo la buena nueva bolchevique. Acudieron, entre otros, Jean-Paul Sartre, André Gide, André Malraux, George Orwell, Arthur Koestler, John Dos Passos, Bernard Shaw, H. G. Wells, Panait Istrati, Henri Barbusse, Stefan Zweig, Pablo Neruda (“Moscú es para mí una fiesta”) y muchos, muchos españoles (Pedro Garfias, Max Aub, Rafael Alberti, María Teresa León, Fernando de los Ríos, Manuel Chaves Nogales, Ángel Pestaña, Josep Pla, Ramón J. Sender, Miguel Hernández…). A su retorno, a algunos de ellos se les habían caído los palos del sombrajo y así lo dijeron y escribieron. Especialmente duros fueron los años treinta, cuando las purgas estalinistas pusieron a morir de hambruna, por deportación o fusilamiento a millones de personas (incluso, o sobre todo, si eran revolucionarios). El compromiso político de Isabel Oyarzábal, exiliada desde 1939 en México, y desgranando lo mejor de su escritura en tres magníficos libros, donde la memoria lo es todo (Hambre de libertad, 1940; Rescoldos de libertad, 1945; y Alejandra Kollontai, 1947), la conduce a una zona de silencio y penumbra: ni una alusión en los dos primeros libros, a pesar de que los testimonios del gulag eran abrumadores y de dominio público, a pesar de encontrarse en México, donde las alargadas manos del padrecito Stalin habían hecho asesinar al fugitivo León Trotski, a pesar de su permanente relación amistosa con los Araquistáin y con Julio Álvarez del Vayo (conocedor, como ministro de Estado y como socialista muy cercano al PC, todo lo que se cocía en torno al comunismo soviético). Pues bien, solo en la tercera de las obras, la biografía de su amiga Alejandra Kollontai, hay un pequeño capítulo (el titulado “Un tema muy debatido”), donde Isabel Oyarzábal se permite apenas tres páginas para ventilar el asunto, dedicando unas palabras deleznables y ominosas para las víctimas (a las que moteja de quintacolumnistas) y un juicio exculpatorio y vergonzante para los miserables verdugos, a los que compadece:

Ni entonces ni en ninguna otra ocasión mostró Alejandra la más mínima duda o desacuerdo con las resoluciones de su Gobierno. Hablaba de Stalin, Molotov y Litvinov con profunda admiración, y noté que ella era consciente del sufrimiento que para ellos supondría todo aquel asunto.

[Continuará]


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