“Está claro que Isabel Oyarzábal optó por transitar otros caminos, pero el arte (su marido es pintor o lo intenta) siempre será un imán para ella y, en cuanto puede, acude a los lugares donde se reúnen los artistas”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

30/12/20. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe su tercer y último artículo sobre las amigas de la malagueña Isabel Oyarzábal: “Tanto disfrutaba Isabel Oyarzábal de sus estancias en USA y encuentros con los amigos que en su libro de memorias de 1945 -Rescoldos de libertad- llegó a escribir que “por la posibilidad...

...de ver a amigos que tanto quería como Bertha Gunterman, Mildred Adams, Helen Irwin Rosenfels, los Hader, Margaret Cuthbert y otros muchos, merecía la pena vivir””.

Las amigas de Isabel Oyarzábal (y 3)

Para el póquer oyarzabalino:
Andrés, Aurora, Enrique y Víctor.

Tanto disfrutaba Isabel Oyarzábal de sus estancias en USA y encuentros con los amigos que en su libro de memorias de 1945 -Rescoldos de libertad- llegó a escribir que “por la posibilidad de ver a amigos que tanto quería como Bertha Gunterman, Mildred Adams, Helen Irwin Rosenfels, los Hader, Margaret Cuthbert y otros muchos, merecía la pena vivir”. La hispanista Mildred Adams (1894-1980) era una periodista y traductora que participó en la ayuda a los refugiados republicanos españoles. Amiga de Federico García Lorca, al que había tratado en Nueva York (1929-1930), le dedicaría una biografía (García Lorca: dramaturgo y poeta, 1977). Igualmente tradujo ocho volúmenes de las obras de Ortega y Gasset. El poeta granadino también había amistado en su estadía neoyorquina con el influyente editor y crítico Henry Herschel Brickell (1889-1952), quien mantendría a su vez una larga amistad con Isabel Oyarzábal. Margaret Cuthbert (1887-1968) fue una pionera de la radio, donde desarrolló multitud de programas para mujeres y niños. Su compañera de vida fue la educadora, diseñadora y editora Alice Blinn (1889-1982).


En esos constantes viajes a USA acepta las invitaciones de Irita Van Doren (1891-1966), la editora y crítica del New York Herald Tribune, para participar en los almuerzos “Libro y autor”. En su exilio (que, para ella, ya sería definitivo) retoma también “amigos de los viejos tiempos en Madrid”, como Jay Allen y Ruth. Esta pareja formaba parte -según Oyarzábal- de los “muchos amigos distinguidos que España tiene en Estados Unidos, que son también amigos personales nuestros” y, enseguida, cita a “mi querido Sherwood Anderson” y a Freda Kirchwey (1893-1976). Esta periodista estuvo muy comprometida con todas las causas progresistas hasta el final de su vida: feminista y antifranquista, antinazi y prosoviética (aunque no dudó en criticar la invasión rusa de Finlandia).


Hay un aspecto muy importante de las interrelaciones amicales de Isabel Oyárzabal y es su gusto, su vinculación, su vocación por el arte. En sus viajes juveniles a Escocia e Inglaterra, fascinada por el teatro, habla con la mítica actriz Ellen Terry (1847-1928) y es invitada en Londres a la casa de Anna Pávlova (1881-1931), donde la malagueña le da unas clases de castañuelas a la rusa. Recordemos que es el deseo de ser actriz lo que la saca de sus casillas y la impulsa a abandonar la aldea por la corte para probarse en la compañía Palencia-Tubau. Aunque pronto renuncia al teatro profesional, continúa colaborando en los teatros experimentales (El mirlo blanco, El cántaro roto, El caracol), donde se relacionará con los hermanos Baroja, Rivas Cherif y Valle-Inclán. Está claro que Isabel Oyarzábal optó por transitar otros caminos, pero el arte (su marido es pintor o lo intenta) siempre será un imán para ella y, en cuanto puede, acude a los lugares donde se reúnen los artistas: la nómina de actrices, músicos, escritores, bailarinas y pintores con quienes contactó y maduró amistad en Málaga, Madrid, Londres, París, Ginebra, Estocolmo, Nueva York o Ciudad de México es abrumadora. En su última etapa, en un texto todavía inédito (Ameyali), al mencionar a sus amigos, a los que acoge como invitados en su casa o en el ranchito familiar, se amontonan los nombres del arte: el pintor Rufino Tamayo; la actriz ruso-mexicana Tamara Garina (1901-1979); la actriz portorriqueña Blanca de Castejón (1906-1969); la actriz teatral María Douglas (1922-1973), que consiguió su consagración con Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, dirigida por Seki Sano y coprotagonizada por Wolf Ruvinskis, uno de los malotes más glamurosos del cine mexicano; Luis Buñuel y Jeanne Rucar de Buñuel (1908-1994), gimnasta olímpica y actriz, autora de Memorias de una mujer sin piano (transcritas por Marisol Martín del Campo), donde retrata el feroz machismo del gran cineasta; la violonchelista Olga Zilboorg (1933-2017); Mario Moreno Cantinflas; Frida Kahlo (1907-1954) y Diego Rivera. Anteriormente, en la segunda parte de sus memorias, ya había recordado a amigos viejos y nuevos: el polifacético artista Miguel Covarrubias y la fotógrafa y pintora californiana Rosa Rolanda de Covarrubias (1895-1970), también conocida como Rosemonde Cowan Ruelas, célebre bailarina en Broadway y coreógrafa más tarde (fue retratada por Diego Rivera y Man Ray); la cancionera jalisciense Lucha Reyes (1906-1944), que haciendo honor a uno de sus más sonados éxitos -“La tequilera”- se dejó consumir por la botella; Malú Cabrera (1904-1989) o Malú Block, cofundadora del teatro experimental Ulises en la Ciudad de México (1927), un proyecto del grupo Los Contemporáneos que tendrá una gran influencia en el teatro moderno mexicano; la feminista cofundadora del Lyceum Club María Martos Arregui O’Neill (1888-1981), más conocida como María de Baeza (por su marido, el escritor Ricardo Baeza), amigas desde la época de Madrid. Entre las amigas diplomáticas y políticas, confiesa frecuentar a Amalia González Caballero (1898-1986), o Amalia de Castillo Ledón -como escribe Isabel-, una de las primeras embajadoras mexicanas, activa feminista y dramaturga, tres ocupaciones que la hermanaban con la Oyarzábal.


Si tuviera que identificar con algunos rasgos comunes a todas las personas con las que, de una manera más o menos profunda, se relacionó -y eligió relacionarse- Isabel Oyarzábal, y de las que he ofrecido un ramillete en los últimos tres artículos, debería concluir en, al menos, cinco características sobresalientes, aunque no excluyentes: mujer, feminista, de izquierdas, artista y periodista. Pero hay otras afinidades: estas damas son precursoras, pioneras y las primeras en varios campos y afanes (en las ciencias, en el parlamento, en la diplomacia); llevan adelante varias y diferentes iniciativas, profesiones y proyectos (¡qué feliz y frenético empleo del tiempo!); practican el asociacionismo y las fundaciones (ligas, ateneos, clubs, partidos, grupos, escuelas, periódicos); tejen relaciones numerosas de amistad y sororidad duraderas en el tiempo y a pesar de la lejanía espacial; defienden los derechos humanos, laborales y políticos de la mujer y del niño; promueven el pacifismo y el ecologismo; reivindican los derechos sexuales y viven abiertamente la diversidad sexual (orgullo que mostraron hace ya cien años). En definitiva: laboraron para la vida, para el amor y para la igualdad. Lucharon por ellas y para todos. Todo eso les debemos. Quizá toda la energía inteligente y la positividad que desarrollaron las mantuvo tan íntegras hasta su hermosa longevidad, hasta su ejemplar y feliz pervivencia.

Puede leer aquí los anteriores artículos de Miguel A. Moreta Lara