“He olvidado de la novela que escribí hasta el título, tampoco recuerdo el tema de la tesis doctoral que leí (o que se me apareció) y todavía tengo que redactar cinco columnas temblorosas para cumplir con el poeta profesor”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

13/01/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe un relato onírico: “Como en un abrir y cerrar de ojos, en un pispás, visto y no visto, en un santiamén, aquí te pillo aquí te mato, deprisa deprisa, como una centella, de golpe y porrazo, al punto, dicho y hecho, en menos que canta un gallo, más rápido que...

...Speedy Gonzales y el Correcaminos compitiendo entre sí, he escrito esta columna, decido meterme de corrido con las otras seis”.

Sonambulías de Norah B.

Me llama, justo cuando me estoy quedando sopa por las altas barandas, el profesor Fruiguera, poeta que admiro pero que nunca me ha llamado, para contarme que se va de vacaciones y quiere que me ocupe durante siete días de la columna que publica en un ilegible periódico sureño, por lo que me encarga dos cosas: que, luego luego, envíe la primera entrega y que lo haga sin firmar.


(Aquí un paréntesis, porque en ese instante me regodeo en el asunto del anonimato que tanto me gusta y decido escribir una novela y firmarla con el nombre de una mujer muy conocida, pero cambio el nombre con una clave que solo yo puedo descifrar, aunque mantengo el género -femenino, por supuesto-, dejando un rastro de lágrimas. Este paréntesis no dura ni el fulgor de un segundo en el presueño, pero la novela ya está lista, la consigo escribir en ese soplo: ahora no la cuento por si me pongo un día de estos a ello. Una sombra, una alucinación más bien, de relojes que se derriten y farolillos temblones de hojalata moruna, me aconsejan y decidimos, después de desechar títulos como La novela sopicaldo, La novela gazpachuela, La novela knörr y La novela bouvril, que vamos a llamarla La novela instantánea).

En una caída de párpados estilo Rodolfo Valentino -en el adormecimiento se escribe, ya lo he dicho, más vertiginoso que Quicksilver- borroneo la columna: en ella cuento, transmutado en el profesor Fruiguera, que Norah B., novia de un mocito exalumno mío (yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa sino Fruiguera, no aviso más) de la UMA que había abandonado la carrera para ir a hacer las Indias a Hungría, es una joven budapestina graduada en Literatura Hispánica por la universidad Eötvös Loránd y va a proponerme que le dirija una tesis sobre Manuel Puig. Cuando me entrevisto con esta bella e inteligente muchacha, una niña amarga con ojos de fría plata, y le muestro mis ejemplares de las obras del argentino, no sé cómo, pero me acaba liando para que le preste cuatro de ellas, todas primeras ediciones y autografiadas por mi querido Manolo: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969), The Buenos Aires Affair (1973) y El beso de la mujer araña (1976). Un ligero barrunto se me prende al lateral izquierdo del diafragma, cortándome la respiración (que recupero embaulándome unos buchitos de pacharán), al tiempo que una voz me susurra -muy queda- al oído derecho: colegui, esta mala pécora, que te ha enrollado con el psicoanálisis verde de Lacan aplicado a la narrativa de Puig, nunca, convéncete, nunca (te lo aseguro por la sagrada tierra de Tara, pisha) te va a devolver tus cuatro joyas. En cuanto comienzo a leer la tesis de Norah B. (en la duermevela la tesis se remata en el mismo lapso que la novela) me percato de que ha fusilado ideas y páginas enteras de la tesis de mi amigo Moumen Essoufi, profesor en la universidad Mohammed I de Uxda. Me digo que esto lo tengo que contar al pormenor en un reportaje titulado De Uxda a Budapest, pasando por Frigiliana.


Como en un abrir y cerrar de ojos, en un pispás, visto y no visto, en un santiamén, aquí te pillo aquí te mato, deprisa deprisa, como una centella, de golpe y porrazo, al punto, dicho y hecho, en menos que canta un gallo, más rápido que Speedy Gonzales y el Correcaminos compitiendo entre sí, he escrito esta columna, decido meterme de corrido con las otras seis. La siguiente es sobre mi exalumno, que también era un perro verde, igual que su lacaniana pareja, la madre que la parió. Cuando estoy garrapateando esta columna dedicada a ese crack malacitano, de repente, tengo la visión clarísima de lo que voy a tratar en las otras cinco: serán una serie titulada Mis raras. Los raros de Rubén Darío y Los raros de Pere Gimferrer me están mirando, aunque el género es el género: de hecho, entre la veintena que exhibe Darío no hay ninguna mujer, y entre los más de ochenta de Gimferrer apenas aparecen seis mujeres. Pe…, pe…, pero don Pere afirma algo muy iluminador: “Raro es lo mal leído o mal comprendido o mal difundido”. O sea, todas las escritoras. Por eso es que yo escribiré Mis raras y no Las raras (que serían todas).


Cuando despierto o creo despertar, el panorama es desolador en esta noche íntima como la plaza del Carbón en madrugada de pandemia: he olvidado de la novela que escribí hasta el título, tampoco recuerdo el tema de la tesis doctoral que leí (o que se me apareció) y todavía tengo que redactar cinco columnas temblorosas para cumplir con el poeta profesor, antes de que se le ocurra llamarme y yo acabe de dejar de soñar en la mar amarga, que yo, compare, quiero dormir decentemente en mi cama.


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