Julio Sesto, un olvidado escritor gallegomexicano, levantó acta de los bohemios de la muerte, un museo de sombras mexicanas, esos cuates que -cuando no estaban de parranda- trataron de vivir del cuento, o sea, de la pluma, el pincel o la partitura

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

27/01/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre Julio Sesto: “Fue uno de esos gallegos inquietos, que después de algunos ires y venires americanos, acabó residenciándose en México, donde ejerció la carpintería, la escritura y la docencia. Periodista, escritor y poeta de fino oído romántico y afilada...

...pluma modernista nos dejó, antes de suicidarse, unos libros que aún hoy se leen con placer, a pesar del regusto cursilón”.

El aquelarre mexicano (I)

Julio [Manuel Vicente] Sesto (1879-1960) fue uno de esos gallegos inquietos, que después de algunos ires y venires americanos, acabó residenciándose en México, donde ejerció la carpintería, la escritura y la docencia. Periodista, escritor y poeta de fino oído romántico y afilada pluma modernista nos dejó, antes de suicidarse, unos libros que aún hoy se leen con placer, a pesar del regusto cursilón. Algunos de sus títulos fueron los poemarios Azulejos (1915), Cactus (1920), Cálices (1940), Alboradas (1958); las novelas Las abandonadas (1908), Cómo ardían los muertos (1914), La tórtola del Ajusco (1915), La casa de las bugambilias (1916), La ciudad de los palacios (1917), ¡Mamacita linda! (1927), La emperatriz morena (1934), La reina de Acapulco (1935), La sangre de España (1937); los ensayos El México de Porfirio Díaz (1909), Psicología amorosa (1927), Historia del pensamiento mexicano (1942), Historia pasional del amor (1959); y el libro de cuentos Las abejas del rosal (1928).


Muchos de ellos gozaron de bastante éxito y fueron editados varias veces. Quizá el más singular (y divertido) sea La bohemia de la muerte: biografía y anecdotario pintoresco de cien mexicanos célebres en el arte, muertos en la pobreza y el abandono, y estudio crítico de sus obras, donde nos ha dejado un retrato inestimable de un centenar de músicos, pintores, poetas y periodistas que vivieron, armados con su arte entre aristocrático y anarcoide, en torno a la revolución mexicana de 1910, y que persiguieron entre muchos tragos un final casi siempre temprano o alevoso. La publicación es de 1929, aunque tuvo una segunda edición en 1958 (que es la que manejo) y apareció otra en 2014.

El estilo narrativo de Julio Sesto tiene chispa de champaña, navaja para la ironía y brillo de bohemia zarrapastrosa y genial. Extraeré algunos ejemplos de su manera de acercarse a estos bohemios de la muerte, a este museo de sombras, a esos cuates que -cuando no estaban dados a la parranda y a la noche-, trataban de vivir del cuento, o sea, de la pluma, del pincel o de la partitura.

Abundio Martínez (1875-1914) fue el compositor del popularísimo vals “En alta mar”, que compitió con otra genial creación: el vals “Sobre las olas” del bohemio violinista Juventino Rosas (1868-1894). Ambas composiciones causaron furor en Europa por millones de copias, aunque los autores se vieran abocados a morir en la miseria. Sesto presenta al primero de estos con el retrato físico de un hombre refeo, que remata con esta vuelta de tuerca: “era esbelto de cuerpo, elegante en la línea y rítmico en el andar. Aquel cuerpo bien merecía otra cara”. Entre otras, también le dedica esta reflexión:


Ni Rusia, que produce bohemios de lo más extraños; ni la tierra zíngara, donde está enclavada Bohemia con sus violinistas de Praga y sus orquestas que ambulan por París; ni Francia, que da artistas que desprecian la vida con la filosofía de su arte; ni Inglaterra, que produjo a Wilde, ni España que da golfos líricos, ni Portugal que da poetas mártires […] nadie, ningún país ha producido un bohemio tan hondo, tan complejo, tan grande y tan desconcertante como Abundio Martínez […] (p. 61).

El periodista José Rafael Rubio, alias Rejúpiter, escribió contra el régimen huertista, lo que le valió el exilio a USA. De él dice Sesto que “su paladar dionisíaco era tan exquisito como su gusto literario”: solo tomaba coñac, ajenjo y champaña. Y en otro momento añade: “Cuando nació, sus ojos ya eran de sátiro”.

Angel T. Montalvo “era de aquellos periodistas un tanto mugrositos siglo XIX […] había sido elegante, pero cuando yo lo conocí, ya era un exhombre -que dijo Gorki […] aspecto de degenerado sin serlo […] era un chiquillo con cuerpo de cacahuetero vestido de catrín”. Este Montalvito mantenía a sus compinches toda la noche atentos a sus historias, ya que era un genial “contador de cuentos de curas y rancheros”.

Otro representante de la bohemia mexicana menos turbia fue el escultor Jesús F. Contreras (1866-1902) autor de una de las más reconocidas esculturas de México, “Malgré tout”, donde se percibe la influencia de los escultores franceses con los que estudió en sus años juveniles en París. Amado Nervo cuenta que el artista realizó su excepcional obra tras habérsele amputado un brazo, pero la fecha de la obra es anterior. Esta circunstancia del artista manco nos lleva a otra escena que relata Julio Sesto con gran regocijo y que podríamos titular “reunión de mancos”. Es la que se produjo con motivo de la celebración del centenario de la Independencia mexicana, al coincidir en el palco presidencial tres magníficos mancos: el entonces presidente, el general Álvaro Obregón (1880-1928), y sus dos invitados, el español Valle-Inclán y el veracruzano Salvador Díaz Mirón (1853-1928), el astro de la poesía mexicana, al que Julio Sesto pone a la altura de Hugo y Shakespeare, además de dedicarle más páginas que a ningún otro: este exquisito matemático, latinista, helenista, capaz de recitar en sus lenguas a Carducci, a lord Byron o a Víctor Hugo, también era un temible gallito de pelea y de pistola tan fácil que a lo largo de su airada vida se llevó a varios oponentes por delante.


Del modernista José María Sierra, célebre por el poema “La misa negra” (título que había copiado del de otra escandalosa composición del gran Juan José Tablada), comenta: “Es anterior a mi época. Es de cuando se morían a montones los intelectuales de México, bajo un desprecio social y gubernamental que da ira el recordarlo”.

Pero también sabía fustigar don Julio Sesto, como este latigazo que suministró al reconocido poeta modernista, Amado Nervo (1870-1919): “Ya se sabe que murió muy bien, vivió siempre muy bien y fue una pose literaria todo el dolor de su vida insincera y ególatra”.

[Continuará]

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